Mi madre había encargado unas flores para nuestros difuntos, distribuidos en dos cementerios distintos: mis abuelos paternos y mi tío J. en uno, y mis abuelos maternos, en otro cementerio.
No había nadie y hoy el sol hacía brillar los nombres de las tumbas.
No me gustan los cementerios, pero voy un día al año, y soy consciente de que ahí hay una parte de nosotros, que no estaríamos aquí sin ellos...

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