
El domingo llegará el silencio. Después de un largo mes donde había gente por todos los sitios, donde miles de pueblos de nuestro país estaban en fiestas, donde hemos comido y bebido sin control, ya acaba el mes.
Pese a que este mes tengo un exceso de trabajo, también es cierto que cuando acaba me entra una especie de melancolía. Adoro marchar a las tres a mi pueblo y quedar con toda la gente que está de vacaciones, olvidarnos de las horas en la piscina o en cualquier cafetería, y es que las tardes de verano son tan largas que dan para mucho.
Lo cierto es que no me gusta el invierno, así que cuando el verano llega a su fin siempre me entra esa especie de nostalgia. Claro que para mí el verano acaba con las fiestas de Logroño, la tercera semana de septiembre, sólo que los últimos días de agosto tienen ese contraste de vida y silencio. De repente dejas de escuchar gente y niños para encontrarte con un radical silencio.
De todas formas, el año que viene me consta que viviré el mes de agosto de otra manera, lo veré con otros ojos porque estaré en medio de algunas de las actividades culturales que celebra una de las asociaciones. Que no es lo mismo verlo desde fuera que desde dentro. El grupo que conforma la junta de la asociación es un grupo de gente con quienes me llevo bien. Ya el primer día me autoasigné el título de secretaria y de secretaria sigo, pero ya con toda la documentación firmada. Serán dos años, pero lo cojo con ganas.
El domingo será uno de esos días para cantar aquella canción del Dúo Dinámico, El final del verano.
Aunque eso sólo lo digo porque la mayoría de la gente se marcha a sus casas.
En cuanto a mí... no cogeré vacaciones en el mes de agosto, porque en principio no me resulta posible por temas laborales, pero también porque huyo de las aglomeraciones. En agosto, vayas donde vayas, siempre hay gente en todos los sitios. Así que en septiembre, cuando todo el mundo sufre del síndrome posvacacional, yo me dedico a relajarme entre mostos y aceitunas en el pueblo, generalmente hablando en otros idiomas con peregrinos llegados desde cualquier punto del planeta. Y, por supuesto, con un buen libro...
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