jueves, marzo 23, 2017

Novelas del pasado: Viaje a la Alcarria

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Camilo José Cela no era uno de los escritores que me entusiasmaran especialmente, sobre todo después de haber tenido que leer (o "malleer") La Colmena en COU. Pero Viaje a la Alcarria me entusiasmó, viví cada lugar que visitaba el narrador como si realmente los visitara yo misma. Me llamó la atención el color que dotaba a cada uno de los pueblos de una España muy nuestra que se acercaba mucho a la Ruta del Quijote en tierras manchegas.
El viajero se propone hacer un viaje y planea la mejor manera de hacerlo. En el primer capítulo nos muestra al futuro viajero en su casa rodeado de mapas.
El viajero sale de su casa de Madrid y se deja imbuir por todos los detalles de una capital que poco a poco va dejando atrás. Sube al tren y nos describe todo tipo de personas que utilizan el ferrocarril: campesinos, soldados, guardias civiles, etc. El viajero entabla conversación con otro viajero mientras ve pasar las diferentes ciudades: Torrejón, Alcalá, Azuqueca, hasta que por fin llega a Guadalajara, donde el viajero se apea y recorre la ciudad; allí se encuentra con personajes muy diversos y se aprovisiona de lo que necesitará en su viaje.
Cuando sale de Guadalajara por el camino de Zaragoza irá acompañado de Armando, un chico, que le acompañará en el primer trayecto de su viaje. Se encuentra con gentes amables y cordiales. Llega a Tarecena, donde compra vino y sigue caminando; entabla amistad con un carrero que le lleva hasta Torija, donde el viajero descansa en un parador. Coge después el camino de Brihuega, y se encuentra con un hombre y su mula y su antipática mujer. El viajero decide tomar un atajo para llegar rápidamente a Brihuega.
El viajero se hospeda en una fonda donde conocerá Merche, una jovial camarera. En el pueblo el viajero se encuentra escenas muy pintorescas, como las mozas lavando. El pueblo le parece hermoso, al igual que sus chicas.
El viajero se detiene en una tienda a comprar donde se encuentra al pintoresco Julio Vacas, un hombre con aires de poeta que le regala dos libros. Tras separarse del finalmente "pesado" Julio Vacas, visita el bonito jardín de la ciudad.
El viajero prosigue río Tajuña arriba parándose a observar y descansar cuando se encuentra con un hombre que le acompañará hasta Cifuentes. Allí el viajero saluda a un antiguo amigo que le habla sobre su pueblo, su antigüedad, sus características y geografía, mientras caminan por sus calles. El viajero se encuentra con un niño enfermo y su madre y conoce al cura, que rescató el púlpito de su iglesia en Madrid. Allí también visita la sinagoga.
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Cueva de Gárgoles de Abajo

El viajero sigue hasta Trillo y en el camino se une a un buhonero que tenía pata de palo, don Estanislao de Kastka Rodríguez y Rodríguez. Comen juntos y llegan a Gárgoles, un pueblo con cuevas reestructuradas como vivienda. El viajero come en el parador ante la atenta mirada de algunos de sus pobladores, y prosigue hasta Trillo, que es un bonito lugar donde encuentra gente agradable. El pueblo es célebre por haber sido aquejado de lepra y a la vez famoso por sus curativas Termas de Carlos III. En la posada, el viajero se encuentra con dos comerciantes. 
Parece ser que el viajero (Cela) es un hombre de pocas palabras, pero entabla amistad con todo el mundo, influido por el carácter sociable y amistoso de los alcarrreños.
El viajero reanuda la marcha junto al hijo de la posadera, Quico, como guía a través de las Tetas de Viana. Quico le explica lo que ven, le ayuda a tomar atajos, y nunca cesa la conversación. Llegan a Viana de Mondéjar. Después de comer Quico regresa a la posada. El viajero llega hambriento al pueblo de La Puerta, dedicado al carbón vegetal y a la huerta; es un pueblo pobre y sólo el hospitalario alcalde le da de comer algo al viajero. Se hospeda en la posada riendo a carcajadas con dos mujeres del lugar.
Al día siguiente sale con otro hombre en un carro que ha contratado hacia Budia. El carretero es un buen conocedor de la zona. Éste es el primer momento del libro en que Camilo José Cela introduce su nombre, identificándose como el viajero. Tras una lluvia torrencial llegan muy tarde a Budia, no encuentra posada ni cena, aunque su amigo Martín le procura ambas cosas. Al día siguiente el viajero visita al padre de un amigo, don Severiano Domínguez Alonso, médico del lugar, que le recibe en su casa y le habla de Budia.
El viajero prosigue su camino en busca del pueblo de Durón y en el camino se encuentra con Roque, otro personaje con quien entabla amistad. Llega hasta Durón y le llama la atención lo simpáticos que son en el pueblo. Sale de Durón en dirección a Pareja y el viajero se encuentra con dos guardias civiles que le acompañan un trecho y le indican el camino a seguir. Como Pareja queda lejos el viajero se echa un rato en la cuneta del camino. Reanuda su viaje de noche hasta que llega a Pareja. Le sorprende el dinamismo del pueblo con sus mujeres lavando, los niños corriendo... Entra en la fonda del pueblo a desayunar y allí encuentra un buhonero que vende coplas. Al viajero Pareja le parece un pueblo muy acogedor. Se queda dormido y, tras un inusitado malentendido con las posaderas Elena y María, se ve obligado a abandonar la fonda y dormir en un tejar.
El viajero sale hacia Casasana por un precario camino y con un calor asfixiante. En Casasana pregunta por la madre del de Durón, Carmen Gabarda, que le acoge. Casasana es un pueblo eminentemente ganadero. Allí el viajero visita su maltrecha pero limpia escuela. Sale de Casasana con ayuda de un joven con caballería que le llevará el equipaje hasta Sacedón. Pasan por Córcoles, aunque no llegan a entrar. Continúa el viaje hablando con Felipe el Sastre.
En Sacedón se encuentra con la gente que vuelve de trabajar el campo. Allí se encuentra a los jóvenes jugando en el frontón y los viejos mirando. Sacedón tiene bastante actividad, a pesar de las horas. Es un pueblo dinámico adonde llega un variopinto autobús. El viajero se vuelve a encontrar con Martín en la posada.
El viajero sale de Sacedón al día siguiente en autobús, que le lleva al empalme de Tendilla. El trayecto transcurre entre diferentes anécdotas: unas criadas que cantan, la gente habla sobre los pantanos que se están haciendo, el de Entrepeñas y el de Guadiela. El viajero observa el paisaje. En Tendilla tiene un olivar Pío Baroja. En el parador de Tendilla sale a recibirle una agresiva perra que trata de morder al viajero y que éste rechaza de una patada. La señora del lugar le echa del parador de un modo amenazante. El viajero encuentra una fonda regentada por una amable mujer, pero allí también le agrede un ganso. Después de la comida, el viajero espera al autobús que le llevará hasta Pastrana.
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Plaza de Pastrana

Casi es de noche cuando el viajero llega a Pastrana, donde busca una posada. Llega a una plaza donde hay varios personajes: guardias civiles, muchachas, niños...; el alcalde, don Mónico Fernández Toledano, con el que el viajero entabla amistad y juntos van al casino donde el alcalde le presenta a don Paco, el médico.
El viajero visita la villa y le da la impresión de encontrarse en una ciudad medieval. Tiene un maltrecho palacio que se ha reaprovechado para el comercio de trigo. Visita la plaza de los Cuatro Caños, la iglesia, el convento. Tras la visita, don Paco le lleva en coche hasta Zorita de los Canes, donde las gentes son todas rubias de ojos azules, y al anochecer vuelven al casino de Pastrana.

LA ESPAÑA DEL ESTRAPERLO.- El libro se contextualiza en la posguerra española, concretamente en el año 1946. Es una época de miseria, de aislamiento internacional, del "estraperlo" o mercado negro debido en su mayor causa al intervencionismo extralimitado del estado, sobre todo en la agricultura, que con la creación del Servicio Nacional del Trigo (S.N.T.) en plena Guerra Civil, controlaba todas las facetas de la producción, comercialización y consumo de trigo, fijaba precios, comarcalizaba zonas trigueras, ordenaba a los agricultores para la entrega de trigo, controlaba el cumplimientos de las fábricas de harina de adquirir el grano en los silos estatales, registros de productores, transacciones al exterior, etc. Esta práctica por parte del Estado, contraria a la lógica económica, impulsó la actividad ilegal, que era sancionada. La política del gobierno no contemplaba la existencia de malas cosechas y las alzas de precios consiguiente. Los resultados fueron muy negativos para la mayor parte del pueblo, sometido al régimen de racionamiento por medio de las llamadas "Cartillas o Cupones de Racionamiento", que no sólo eran alimenticias sino que también se racionaban el tabaco o la gasolina.
El precio fijo fue contestado por el agricultor con una reducción de la producción y bajo rendimiento, una forma generalizada de resistencia pasiva contra la que no valían amenazas sancionadoras. La producción de los distintos cereales disminuyó respecto a los niveles de preguerra. El suministro de alimentos llegó a ser tan crítico que hubo de recurrirse a las importaciones para mantener un nivel mínimo de racionamiento.
Agricultores y consumidores optaron por los intercambios ilegales, consolidándose así un mercado negro o "estraperlo", que llegó a ser de más envergadura que el mercado oficial. Entre 1939 y 1950, el mercado negro comercializó un 56,7% del trigo, frente al 43,3% del mercado oficial. Se generalizó así la figura del estraperlista; algunos de ellos amasaron importantes fortunas, sobre todo los grandes propietarios trigueros, los intermediarios y los propios interventores. Los intereses de estos grupos atrasaron la liberalización de la economía, iniciada a partir de 1951, gracias a las medidas impuestas por el nuevo ministro de Agricultura, Rafael Cavestany.
La política intervencionista y proteccionista fue responsable de la desaceleración e incluso reducción del ritmo de crecimiento industrial. Las medidas autárquicas favorecieron un atraso manifiesto en relación con los países capitalistas de Europa. No obstante, la intervención proporcionó dos mecanismos de acumulación. Por un lado, los bajos precios de los productos agrarios favorecieron un nivel mínimo de racionamiento de los obreros industriales, haciendo más liviana la pérdida del poder adquisitivo de los salarios en los años cuarenta. Por otro lado, la evolución de los precios agrícolas gracias a la economía "paralela" a la oficial permitió una formación de capital en el sector agrario, tutelado por la intervención del Estado que salvaguardaba los privilegios de grandes propietarios aumentando las concesiones de abonos y maquinaria. Al mismo tiempo se observan reajustes en la propiedad de la tierra: nuevos nombres se integran al colectivo de grandes propietarios.

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