
Hace muchos años leí La conjura de los necios de John Kennedy Toole, que ganó a título póstumo el Premio Pulitzer por esta novela en el año 1981. Tengo un buen recuerdo de aquella novela y, sobre todo, de su extraordinario protagonista: Ignatius J. Reilly. Con este personaje atípico, el lector puede tener dos sentimientos controvertidos: odiarle muchísimo o congraciarse con él y sentir admiración. Es relativamente sencillo caer en el segundo sentimiento, aunque hay cosas que hace Ignatius que en realidad producen un brutal rechazo, pero sobre todo nos hace reír. Y es que éste es un libro para reír.
Ignatius J. Reilly es un ser inadaptado y anacrónico que sueña con que el modo de vida medieval, así como su moral, reinen de nuevo en el mundo. Para ello y con la intención de ser escuchado en un mundo en el que el que es, en realidad, un incomprendido, rellena de su puño y letra cientos de cuadernos en los que plasma su visión del mundo. Mientras llena estos cuadernos, los va desperdigando por su habitación, con la esperanza de ordenarlos algún día y así crear su ambiciosa obra maestra. Mientras, la diosa Fortuna, en contra de su voluntad, lo sume en ese mundo capitalista que él tanto odia y se ve obligado a someterse a lo que él considera una forma de esclavitud: el trabajo. Resignado, se compara a sí mismo con Boecio (quien aceptó sin queja alguna su propia ejecución) y sale a buscar un empleo. Su actividad laboral y vital es el hilo que une y da sentido a toda la obra y lo que permite conocer a otros personajes, igual de estrambóticos y entrañables que Ignatius.
Lejos de las meras e hilarantes anécdotas que el protagonista va generando, la novela trasciende para convertirse en un despiadado retrato, dotado de un realismo extremo, del género humano y sus miserias. Plagada de piedad y comprensión, a la vez que de amargura y resignación, la obra esconde una dura crítica a la sociedad en la que vivimos, una sociedad egoísta y cruel. Tal y como indica Percy en el prólogo, a pesar de las carcajadas que le proporcionó la novela, no pudo dejar de sentir, al mismo tiempo, cierta tristeza, por un lado, motivada por el trasfondo dramático de la novela y, por otro, por la tragedia del propio autor, que se suicidó con poco más de treinta años, sin llegar a ver nunca publicada su novela, su obra maestra, y que con su muerte le negó al mundo la posibilidad de seguir disfrutando de su pluma.
El autor jamás vio publicada su obra. Al parecer, envió el original de la novela a varias editoriales que la rechazaron. En Simon and Schuster parece que al principio se entusiasmaron por el libro, pero terminaron rehusándola, indicando que no trataba nada en concreto. Poco tiempo después, el autor decidió quitarse la vida.
Su madre, al encontrar el manuscrito varios años después, lo llevó a distintas editoriales. Volvieron a rechazarla en varias ocasiones. Empeñada en su publicación, ya que pensaba que la novela tenía una calidad notable, se puso en contacto con el escritor Walker Percy para que la leyera y consiguiera su publicación. Percy cuenta en el prólogo que al principio recelaba de leerla, pero cuando aceptó hacerlo, quedó maravillado con una novela tan buena, convirtiéndose décadas después en uno de los libros internacionalmente conocidos y de gran éxito.
Se ha comentado que la novela esconde una gran parte de la biografía de John Kennedy Toole, ya que refleja parte de sus vivencias. Toole trabajó en una tienda de ropa mientras estudiaba, conoció bien el barrio francés de Nueva Orléans, en el que una vez ayudó a un amigo a vender comida en un puesto ambulante, y vivió con su madre largo tiempo, incluso después de haber acabado la Universidad. Además, Ignatius escribía sin parar con la esperanza de crear una obra maestra que cambiase la realidad (como hacía el autor). Por ello, no es difícil pensar que Ignatius J. Reilly es una caricatura del propio autor.

Estatua de Ignatius J. Reilly en Nueva Orléans
"Una gorra de cazador verde apretaba la cima de una cabeza que era como un globo carnoso. Las orejeras verdes, llenas de unas grandes orejas y pelo sin cortar y de las finas cerdas que brotaban de las mismas orejas, sobresalían a ambos lados como señales de giro que indicasen dos direcciones a la vez. Los labios, gordos y bembones, brotaban protuberantes bajo el tupido bigote negro y se hundían en sus comisuras, en plieguecitos llenos de reproche y de restos de patatas fritas. En la sombra, bajo la visera verde de la gorra, los altaneros ojos azules y amarillos de Ignatius J. Reilly miraban a las demás personas que esperaban bajo el reloj junto a los grandes almacenes D. H. Holmes, estudiando a la multitud en busca de signos de mal gusto en el vestir. Ignatius percibió que algunos atuendos eran lo bastante nuevos y lo bastante caros como para ser considerados sin duda ofensas al buen gusto y la decencia. La posesión de algo nuevo o caro sólo reflejaba la falta de teología y de geometría de una persona. Podía proyectar incluso dudas sobre el alma misma del sujeto".
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