Hacía días que no le veía. Hablaba en la calle con alguien y
entonces ha pasado. Mis ojos se han desviado hacia él. Guapísimo. He sentido
que me ponía nerviosa, sentía las mariposas de nuevo en mi interior, aleteando
suavemente deseando ir en pos de él.
Y entonces me he dado cuenta de que necesitaba escuchar su
voz. Adorable. Él siempre es adorable. Me ha dicho que igual se le olvida ir
adonde hemos quedado. Igual quería ponerme los dientes largos, porque sé que no
se le olvidará. Me da la sensación de que iba en consonancia con lo que yo le
había dicho antes: “Te he visto pasar y entonces me he acordado de llamarte”.
Me recuerda a las conversaciones donde salió a relucir la confianza.
Me siento muy cómoda hablando con él. Demasiado. Supongo que
es bueno que no me tiemble la voz y que nunca quiera colgar el teléfono. Me
dejo mecer por sus palabras y además me gusta cómo suena su voz.
Sigo estando tan enamorada de él como hace unos meses,
aunque no se perciba tan claramente. Yo lo sé. Porque sé lo que he sentido
cuando le he visto pasar, sé lo que he sentido al hablar con él y noto que hay
magia a mi alrededor.
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