martes, agosto 07, 2012

22/11/63

Hay momentos de la Historia que nos marcarán siempre. ¿Quién no recuerda lo que estaba haciendo el 11 de septiembre de 2001, cuando los aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas en Nueva York? Creo que para los que habían nacido a mitad del siglo XX otro tanto les ocurrirá con el asesinato de Kennedy. Recuerdo una película, JFK, que me marcó y en la que siempre descubro algo nuevo en cada ocasión en que la veo de nuevo.
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 John Fitzgerald Kennedy

Todo el mundo parece recordar con absoluta claridad lo que estaba haciendo el 22 de noviembre de 1963, en el instante en que se enteró de la muerte del presidente Kennedy. Éste cayó herido a las 12.22h. –hora de Dallas- y el anuncio de su muerte fue dado a las 13.30h. de la misma zona horaria. Eran las 2.30h. en Nueva York, las 7.30h. en Londres y las 8.30h. de una fría noche de aguanieve en Hamburgo…”.

Y es que, antes de los atentados terroristas del 11 de Septiembre de 2001, ningún acontecimiento representó un rotundo “antes” y “después” en la historia de los norteamericanos como el asesinato del 35º presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy. 
Nunca ha vuelto a haber un presidente que haya generado tanta simpatía y desprendido tanto magnetismo en los últimos 50 años. Y aunque nos resulte difíicl comprender en su justa medida lo que tal magnicidio representó para el pueblo norteamericano, basta con echar un vistazo documental o leer un poco sobre este asunto para hacerse a la idea. 
Era un caluroso mediodía de viernes. El presidente Kennedy, desoyendo las recomendaciones de sus asesores, decidió visitar Dallas, la capital de un estado que había permanecido reacio al joven mandatario, con el fin de granjearse su simpatía en miras de las próximas elecciones. La gente acude en tropel y las calles céntricas de Dallas se convierten en un alegre festival que nadie se quiere perder. 
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Unos minutos después, todo da un giro de 180º. Las caras sonrientes demudan en horrorizados rostros sollozantes. Un incrédulo terror deambula por todo el país. Dallas quedará para siempre marcada como la ciudad que engendró al asesino del presidente más querido de Norteamérica. 

Los viajes en el tiempo siempre me han encandilado. Con afán voraz me leí los tres primeros Caballo de Troya de J.J.Benítez, aunque sólo me pareció interesante el primero, ya que el resto eran repeticiones y faltaba el ingrediente novedoso. Y aunque tengo hasta el sexto, creo que no volveré a retomarlos. Recuerdo con suficiente nitidez aquel prólogo en que el autor explicaba que había quedado en un parque con una especie de espía, cuyo nombre desconocía, que le entregó el manuscrito donde un hombre describía cómo había viajado a la época de Jesucristo. Fue el primer libro de estas características que me leí y tanto me gustó que seguí la serie hasta que descubrí en Benítez un autor demasiado fantasioso y, finalmente, aburrido. Creo que desde entonces no he vuelto a coger un libro de este escritor. 
No hace muchos años y, dentro de la épica fantástica, me encontré con otro libro de estas características. Se trataba de la primera parte de las Leyendas de la Dragonlance (El Templo de Istar), cuando varios de los protagonistas viajan al pasado. En el prólogo se explicaba que la Historia es como el curso de un río y que un hecho, por ínfimo y diminuto que fuera, podía cambiar un mundo.
Se trata, sin duda alguna, del efecto mariposa, algo como que “el aleteo de las alas de una mariposa podría provocar un huracán en el otro lado del mundo”, una frase sacada de la película El efecto mariposa.
Desde mi punto de vista, escribir sobre un viaje al pasado debe ser una tarea ardua y difícil. Es complicado atar todos los cabos y Stephen King lo consigue. No nos encontramos ante una de sus habituales novelas de terror, sino que podría enmarcarse esta novela dentro de la literatura histórica o de la ciencia ficción.
¿Engancha? Claro que engancha. Es un libro con el que nos terminamos quitando el sombrero. King esta vez nos deja con la boca abierta, pero no de miedo. Es arriesgado, pero estamos hablando de un maestro de la literatura universal.

Lo inesperado, lo sobrenatural puede estar oculto en los lugares más mundanos… Así lo descubre Jake Epping, un sencillo profesor de inglés cuando su vecino Al decide compartir con él un secreto increíble: en la trastienda de su cafetería existe un pasadizo muy especial, un portal en el tiempo que lleva al año 1958. 
Al convence a Jake para que se embarque en una misión alocada: evitar el asesinato de John Fitzgerald Kennedy. El viaje en el tiempo también le da la oportunidad de impedir otro crimen, el que dejó marcado a un hombre al que conoce y aprecia. En 1958 Jake se deja seducir por una América muy distinta de la que conoce, un lugar con coches espectaculares y mujeres seductoras, donde la cerveza aún conserva su sabor… pero la historia se resiste a ser cambiada. 
¿Podrá detener a Oswald? Y si lo hace, ¿cómo se encontrará el mundo de vuelta a 2011? No hay respuestas. Sólo una opción: seguir adelante con el plan”.

El tema del viaje en el tiempo con sus correspondientes paradojas ha sido muy tratado tanto en cine y televisión como literatura. En las películas de Volver al Futuro, el asunto de las paradojas está a la orden del día, y si nos paramos a pensar en ello llegamos a una complejidad absoluta sobre este tema. Sólo hay que pensar en la famosa paradoja del abuelo: “¿Y si viajas al pasado y matas a tu abuelo? Así nunca habrías nacido y, por ende, nunca habrías hecho tal viaje…”. Sigue siendo un tema fascinante.
Leyendo esta novela no podemos dejar de hacernos la pregunta siguiente: Si tuvieras la oportunidad de viajar en el tiempo y cambiar el pasado, ¿lo harías?
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Lee Harvey Oswald sosteniendo su rifle de mira telescópica, en el 214 de Neely Oeste Street 

Al Templeton regenta una hamburguesería de carretera. Un día como otro cualquiera, Jake Epping entra en la hamburguesería cuando el propietario le confiesa su secreto: en el almacén de su negocio hay una brecha espacio-temporal que conducie a la misma hora del mismo día de septiembre de 1958. Y al confesar esto al profesor, Templeton le pide si puede viajar al pasado por él y evitar el asesinato de John F. Kennedy. Al cree que tal acción evitaría grandes catástrofes mundiales en el futuro y que ejecutar un acto de este tipo sólo puede resultar beneficioso para la humanidad.
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Lee Harvey Oswald 

Cuando Jake acepta, viaja al pasado adoptando la identidad “falsa” de George Amberson. La primera parada es un pueblo llamado Derry, un lugar que apesta. Jake evitará varios asesinatos antes de empezar a vivir hasta que pasen esos cinco años hasta llegar a noviembre de 1963. Un día, en su Ford Sunliner, un coche que le atrae desde el primer momento, recae en Jodie, un pequeño pueblo cercano a Dallas, donde se enamora de una bibliotecaria, Sadie. Ella descubre que George esconde algo, pero terminará adivinando que proviene del futuro. Incluso ella misma le ayudará a evitar la muerte de Kennedy y lo conseguirán, aunque Sadie no regresará al futuro con él, ya que perderá la vida por una bala de Oswald.
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Ford Sunliner

Así que George sabe que tiene que volver al futuro, porque cada viaje al pasado es un reinicio y él sabe que puede devolver la vida a Sadie. Pero no es tan fácil: cada viaje al pasado es como volver a extender una cuerda nueva y todas estas cuerdas finalmente se terminan enmarañando. Jake/George vuelve a un mundo de 2011 (donde sólo han pasado dos minutos, aunque él ha vivido cinco años en el pasado) que parece sacado de la posguerra de una Tercera Guerra Mundial. Sabe que tiene que volver, pero esta vez no hará nada, ni siquiera se comprará ropa para no alterar nada del pasado.
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El tristemente célebre Depósito de Libros de Dallas, desde donde disparó Oswald

Cada vez que baja los escalones hacia el pasado, se encuentra con Míster Tarjeta Amarilla, un borrachín que siempre le pide un dólar, pero la tarjeta va variando de color. Este hombre intenta advertir a Jake de que no debe seguir su viaje en el pasado, de que no debe alterar nada, pero sus súplicas no son escuchadas, hasta que finalmente Jake descubre que las cuerdas se han enmarañado. Es encantador el encuentro entre una octogenaria Sadie y Jake en 2011. Hay que tener en cuenta que él ya ha reiniciado y ella no puede reconocerle, porque todo ha vuelto a empezar, pero a Sadie le suena su rostro, con esa sensación de déja-vu, “como si esto ya lo hubiéramos vivido” y entonces bailan “In the Mood” de Glenn Miller, su canción.
 
Es obvio que este libro es un análisis minucioso de los finales años cincuenta y primeros de la década de los sesenta. King nos deja con la boca abierta al describir lugares, situaciones y detalles que previamente han sido documentados de manera exquisita.

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