domingo, junio 27, 2010

Las nagas, serpientes semidivinas

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Cuenta una leyenda hindú que por todos eran conocidas las fiestas que organizaba el dios Shiva en su palacio. Se sentaba cómodamente en el suelo con las piernas cruzadas, como si estuviera practicando yoga, cogía una copa de vino y les pedía a las serpientes y a las nagas que danzaran para él al ritmo de una flauta. Cada vez que las nagas terminaban uno de sus números, el dios Shiva aplaudía con sus cuatro brazos y les rogaba que siguieran con su baile.
Horas enteras podía pasarse el dios observando a aquellas sensuales mujeres con cola de serpiente que bailaban sólo para él y que le enredaban el rostro con sus pañuelos de seda. Las nagas eran una raza protegida por el dios Shiva, pues cuenta otra leyenda que una de ellas le salvó una vez la vida.
Fueron unos dioses menores los que cometieron la imprudencia de batir con leche el mar de los océanos para crear un néctar que los hiciera inmortales, sin saber que de este modo convertían el mar en veneno. El dios Shiva, al ver el desastre que habían cometido los dioses, se acercó a las aguas y comenzó a absorberlas para que ningún ser muriera, pero cuando el veneno bajó por su garganta, su cuerpo comenzó a agitarse con unas convulsiones de muerte. 
Próximo a él se encontraba Manasa, la naga que extrajo el veneno de su garganta y se lo entregó a las serpientes. Y así fue como el dios Shiva salvó a todos los seres de la tierra y fue salvado a su vez por una naga. Sólo el color azul de su garganta guarda todavía el recuerdo del veneno que tragó.

El día después

Es curioso no tener resaca, pero así es. Estoy tumbada en uno de los sofas del piso de mis hermanos. En casa ya apareceré a media tarde, porque para la hora que es ya me quedo aquí.
M. y yo vimos amanecer. Para ser fiestas en tantos sitios, los bares de aquí estaban llenos.
Me lo pase genial.
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Vivan las despedidas

Hemos salido de Concept porque la música ralla y sólo hay chiquillos. Nos han sellado el brazo, no se para qué, porque yo no tengo intenciones de volver a entrar. Espero que se quite con una sola lavada.
Quizás nos vayamos a desayunar ahora.
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Concept

Es la primera vez que estoy en Concept. Rectifico, es la primera vez que estoy en Concept con este nombre. Hemos entrado como chicas vip.
Qué hago en una despedida tan serena? Realmente no lo se. No he bebido vino en la cena porque si mezclaba me daba algo, así que sólo he bebido dos Ballantines' y ahora ando con cerveza. No me gusta la música de aquí. Y me acuerdo a veces de él...
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sábado, junio 26, 2010

Los Isondú, seres de luz

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En la provincia de Misiones, al nordeste de Argentina, hay una mágica tierra en la que se cruzan los ríos Paraguay, Paraná y Uruguay. En esta privilegiada zona, próxima a las cataratas de Iguazú, cuenta una antigua leyenda guaraní que habitan unos pequeños seres, una especie de gusanos de luz, que iluminan las noches con sus resplandores rojos. A estos pequeños seres se les conoce con el nombre de "Isondú" y son muy queridos por el pueblo, pues dice la tradición que vagan por los montes para recordar que la envidia y la injusticia fueron los únicos causantes de una muerte.
Isondú era un apuesto joven que vivía en esta tierra tocada por los dioses. Las muchachas del pueblo suspiraban por sus encantos, mientras que los hombres, mordidos por la envidia, intentaban sorprenderlo en alguna falta con que acusarlo, pero Isondú era tan apuesto como honrado. Y una noche en la que Isondú regresaba solo de una fiesta, lo esperaron para matarle a traición. Faltaban pocos metros para llegar a su casa cuando cayeron sobre él más de veinte hombres con los rostros tapados. Le golpearon con puños y con piedras y el muchacho, que no pudo defenderse, murió desangrado sobre la arena. Dicen los lugareños que de su cuerpo brotaron unas pequeñas bolas de luz, rojas como la sangre, que se extendieron por el cielo. Desde esa noche, cientos de lucecitas iluminan la región para recordar la muerte de aquel joven tan apuesto y honrado.

En el aeropuerto

Hemos estado en el aeropuerto, yo por primera vez. Vaya decepción me he llevado cuando lo he visto.
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Osaka 大阪

Todas las fotos no comentadas, que están relacionadas con esta primera imagen, son de la zona de Namba, donde estaba el hotel, donde había un sinfín de gente por todos los lados, donde había una parte muy amplia dedicada al ocio, restaurantes y videojuegos sobre todo, y que a mí me llamó especialmente la atención. Algo así no existe por aquí, así que enseguida te dabas cuenta de que ya estabas en Japón, que eso sólo puede ser Japón. Es decir, que cambié rápidamente el 'chip'.
Plantas inferiores al hotel de Osaka
Mi primer contacto con Japón fue Osaka, ciudad considerada como la segunda de Japón. Y con esto no quiero decir que sea la segunda en número de habitantes (es la tercera de mayor población, después de Tokio y Yokohama), sino que se le considera la segunda ciudad más importante en potencial económico, aparte de que su aeropuerto, Osaka-Kansai, es el segundo más importante de Japón y, junto al de Tokio, también internacional.
Osaka tiene 2.600.000 habitantes.
Bahía de Osaka
La industria y la economía de Osaka se saborea en el traslado desde el aeropuerto, ubicado en una pequeña isla artificial construida en el Mar Interior de Japón, que se une por carretera a la ciudad. Miraba a un lado y veía mar, miraba al otro lado y veía mar. Le pregunté a mi asistente, cuyo nombre no recuerdo, aunque sí recuerdo que estaba muy despistada, y me dijo que era la bahía de Osaka.
Taxis en Osaka
La industria de Osaka se basa principalmente en el sector naviero, automovilístico, de cemento, textil y ¡raro sería! electrónico.
Osaka es conocida por su antiguo prestigio teatral, sobre todo por sus marionetas (bunrako). Osaka no tiene mucho para hacer turismo, aunque tampoco tuve mucho tiempo. Cuando llegué allí tuve que adelantar el reloj siete horas, aunque realmente ni lo recuerdo. Fue mi asistente la que me dijo la hora que era cuando recorríamos los kilómetros (allí son millas) que nos acercaban de Kansai a Osaka. Cuando llegué era por la tarde y no tardó mucho en amanecer. Estuve en la zona de Namba, que es un área de la ciudad llena de restaurantes, tiendas y zonas de ocio, intercomunicadas unas con otras, como un enorme centro comercial situado en la calle, con una especie de bóveda a modo de tejadillo: ni siquiera parecía que estuvieras en la calle.

Lo que es cierto es que entrabas en un lugar y salías en otro lugar que nada tenía que ver con el primer lugar. Me explico: entraba en una sala de pachinko y salía en una librería que no tenía final, para encontrarme en un restaurante donde un camarero junto a la puerta gritaba las delicias de dentro, para que la gente que caminaba por allí se animara a entrar. Un enorme laberinto, con calles que se cruzaban, tiendas variadas unidas unas a otras, callejones sin salida… y mucha gente en todos los sitios. Así era Namba y en medio de una ajetreada calle estaba el Namba Oriental Hotel, cuya recepción estaba en un tercer piso y, a medida que cogías las escaleras mecánicas, ibas observando una cervecería imitación a las irlandesas, reconocible por su portada de color verde y letras doradas; un restaurante japonés donde bailaban los farolillos de papel en la entrada; una peluquería-barbería con enormes cristaleras a través de las cuales podías observar lo que había dentro… Curiosamente, muchos de estos lugares no tenían luz natural, no tenían ventanas.


Entrada (desde la calle) al hotel de Osaka
En la recepción del hotel me entregaron un enorme sobre donde sólo entendí mi nombre y apellidos, por ser lo único que estaba escrito en caracteres arábigos. El remitente era JTB, la agencia internacional de turismo japonesa, la única agencia de ese estilo en el país, y que es la que te organiza todo y está pendiente de ti desde que entras en el país hasta que sales. Es como una especie de ángel de la guarda que te protege en tierra hostil (aunque de esto ya hablaré más adelante, porque al menos el primer día me sentí desamparada en un país extranjero con un idioma extraño…). ¿Qué tenía el sobre? Mi itinerario completo sobre mi estancia en Japón con un listado de hoteles, igual que el que tenía yo entre mi documentación, más un listado de horarios (que más adelante comprobé que se cumplían con exactitud); planos de Tokio y Kioto, billetes de tren con asientos de reserva y una carta de bienvenida en inglés.
Farolillos que avisan de la entrada de un restaurante en la zona de Namba
Cuando realicé todos los trámites necesarios en el hotel, donde me sorprendió que me pidieran permiso para fotocopiar mi pasaporte (aquí no te lo pedirían nunca), bajé a la calle y me mezclé con la gente. Realmente me dejé perder entre el laberíntico lío de calles, entrando en cualquier sitio y saliendo en otro más sorprendente. Lo que me llamó la atención en mis primeras horas en Japón fue el trasiego de gente. Cuando iba con mi asistente, japonesa, todos los camareros a las puertas de los restaurantes nos ofrecían entrar a comer. Cuando caminaba sola ninguno me dijo nada. Son de una timidez recalcitrante. En Osaka les gusta comer bien. Hay un dicho japonés: “Kyoto kiadore; Osaka Kuidadore”, que sugiere que los ciudadanos de Kioto se arruinarán comprando kimonos y los de Osaka comiendo fuera tan a menudo. El arte culinario de Osaka es, por tanto, uno de los más importantes. A mí la guía me recomendó comer okonimiyaki, que es una especie de torta de pasta y verdura que se creó como comida ritual budista. El okonimiyaki no es sólo típico de Osaka, sino de todo Japón, porque lo recomendaban en todos los sitios. Pese a todo, yo al final no lo probé, pese a que siempre pensaba: “Tengo que probar ese alimento cuyo nombre se parece a economía”.
Entre todos esos recintos, me sorprendió la cantidad de máquinas de recreativos que había, con un volumen atroz, de locura. De Osaka recuerdo a la perfección esa mezcla de olores de comida junto al volumen de las máquinas. Entre esos lugares, cabe hacer una apreciación sobre las salas de Pachinko, desperdigadas por todo Japón. Vendrían a ser lo que aquí serían salas de tragaperras, pero allí en vez de monedas utilizan bolas de acero, que luego intercambian por un premio. Sorprende descubrir lo adictivas que son esas máquinas para los japoneses. No se juega con monedas porque en Japón jugar por dinero es ilegal.
En busca de la estación de Namba, al salir de las calles donde había estado unos minutos antes, descubrías que era una ciudad como otra cualquiera
Después de varias vueltas, de buscar la estación de Namba y de descubrir que no era tan difícil ubicarse allí aunque, en principio, diera la impresión de que sí, entré en un restaurante para cenar. Debo decir que allí no se pasan horas en un restaurante. La comida se engulle rápidamente y no suelen estar, como aquí, horas esperando para comer ni saboreando la comida. Tampoco tardan mucho en servirte. Nada más escoger un lugar donde sentarte, te viene el camarero con un vaso de agua fresca y con una toallita húmeda para que te limpies las manos.
Cena de la primera noche: Unagi
Esa noche no sabía exactamente lo que cenaba. Yo sólo pedí lo que veía en una imagen, a pesar que de sabía perfectamente que era pescado. El arroz en Japón tiene más consistencia que aquí, y te lo sacan siempre, independientemente de lo que pidas, aunque esa noche mi pez estaba sobre un cuenco gigante de arroz. ¿Qué cené? Unagi, es decir, anguila a la parrilla. Y estaba bueno. El arroz lo condimenté con una salsa picante, porque allí tienen innumerables salsas de todo tipo. El camarero, al verme que con palillos sería incapaz de cenar, hizo ademán de la cortesía japonesa entregándome una cucharilla para comer, de alguna forma, el arroz. Aunque yo cogía los palillos de vez en cuando y lo intentaba.
Osaka es famosa, aparte de por su industria, por el castillo que mandó construir Toyotomi en el siglo XVI. Yo no llegué a verlo. Este shogún es el que impulsó las actividades mercantiles de Osaka, hasta que finalmente se terminó constituyendo, en el siglo XX, en una de las más grandes potencias industriales japonesas.


Como curiosidad, comento que Osaka es el centro de los yakuza modernos. Originariamente yakuza designaba a ladrones, jugadores y proscritos que merodeaban alrededor de las grandes ciudades y puertos en el período de Edo. En la actualidad, en Osaka se concentran los yakuza del siglo XXI y, además, es el centro de las más importantes organizaciones criminales del país. Se les relaciona con actividades ilegales, desde la prostitución al contrabando de armas y drogas o los préstamos a intereses desorbitados. También están especializados en la extorsión corporativa.
Aunque tradicionalmente se han considerado como manifestación artística, los tatuajes (irezumi) se consideran antisociales en Japón, ya que se les relaciona con los yakuza. Si nos encontráramos en Osaka con un hombre tatuado que, además, tiene mutilados uno o dos dedos (los yakuza se mutilan para demostrar su hombría), probablemente pertenezca a alguna banda.
Yo no vi a ninguno.


Cama en Osaka, con los kimonos encima
¿Qué había en la habitación de hotel que llamara mi atención?
En todos los hoteles te puedes encontrar una tetera con agua fresca, el juego de té y sobres de varios tipos de té. A diferencia del mini-bar, el té de los hoteles es gratis. La televisión tenía conexión a internet, y ahí me arrepentí –aunque se pasó pronto- por no haber llevado el portátil. Y encima de la cama tenías un kimono para dormir, aunque yo tardaría unos días en decidir ponérmelo. También tenías unas chancletas.
La ventana no se podía abrir. Tenían aire acondicionado, pero me mosqueó no poder abrir la ventana que, aunque leí el cartel donde lo decía, yo lo intenté. Había todo tipo de aparatos que te hacen la vida más confortable, pero de la electrónica ya hablaré en su momento.


La primera noche en Osaka estaba desubicada. Apenas deshice la maleta, ya que sabía que al día siguiente tenía que irme. Ya le había dicho a mi asistente que había llegado un día más tarde y, por tanto, le pregunté si estaba segura de que tenía que hacer la excursión del monte Koya. Tan segura estaba que al día siguiente –no me sonó la alarma del móvil porque mi cargador no podía enchufarse allí- vino a buscarme para acompañarme al Lobby del SwissHotel, donde debía salir la excursión. Y me dejó allí, con la maleta y mirando a la gente ir y venir. Cuando a los veinte minutos vi que no iba a aparecer nadie, miré la documentación que me había enviado JTB y llamé a la guía del monte Koya, Akiko, que me dijo que estaban terminando ya la excursión. Le dije que yo me iba a Wakayama, donde estaba mi alojamiento del monte Koya, y me despedí de ella diciéndole que se me acababa el dinero de la cabina. Todo en inglés. Como ya había visto la estación de Namba la noche anterior y sabía que estaba en el subsuelo de ese hotel (la recepción, donde yo me encontraba, estaba en un séptimo piso) decidí coger un tren, de la línea Koyasan.
Ahí sentí una impotencia terrible. Hay que imaginar que no llevaba unas horas en Japón, en un país que estaba en la otra punta del mundo, que la guía de la excursión donde debía estar me pedía que no fuera, que la otra guía no se había enterado muy bien de las cosas y no tenía su teléfono, y que además todo estaba escrito en caracteres extraños. Me sentí fatal, pero preguntando me indicaron lo que quería. No hice más que subir al tren del monte Koya (a una hora de Osaka) cuando miré la documentación y comprendí que esa noche no dormía en Wakayama, sino en Hiroshima (efectos del jet-lag, tengo que entender). En la siguiente parada me bajé, volví a la estación Namba y saqué billete para Hiroshima. Debo decir que yo tenía billetes para Hiroshima a última hora de la tarde, pero no quería quedarme en Osaka cargada con una maleta y con toda la documentación encima. Así que le enseñé mis billetes al de la taquilla y le expliqué que quería ir antes a Hiroshima, no por la tarde. Lo único que cambió es que fui en vagón sin reserva, cuando los billetes que me había enviado JTB tenían reserva. Pero me dio igual.
Ese fue mi primer día en Osaka. Fue el único día que me sentí un poco perdida. Después todo cambió.
Namba Station, Osaka
La foto de prepúberes pidiendo autógrafos a unas posibles celebridades japonesas es digna de explicación.


Las muchachas hacían fila más o menos organizada y no entraban en la locura que se entra en nuestro país cuando se encuentran, frente a frente, con uno de sus ídolos. Todo muy silencioso y ordenado.

Despedida de soltera

Hasta las 14.30h. no hemos quedado para irnos de despedida. Tenemos que llevar vaqueros y camiseta negra. Lo cierto es que no tengo muchas ganas de beber alcohol, que no quiero estar mañana como un trapo. El novio, es decir, mi amigo A., ayer se reía y decía que había quedado con un amigo para irse de fiesta. Le dijimos que si iba donde nosotras nos íbamos esta noche realizaríamos el plan B, que sería irnos a las fiestas de Lardero. En cuanto se echó a reír nos dimos cuenta de que sólo nos estaba vacilando.
A las 16.00h. hemos quedado en el aeropuerto. Mañana ya amanecerá. Estamos catorce personas.

En la plaza

En la plaza hay una discoteca móvil y la gente baila al ritmo de la Sarandonga. Nosotros nos hemos sentado a tomar unas copitas. Un Ballantines' y me voy a dormir, que estoy algo cansada.
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viernes, junio 25, 2010

22.30h. Cena popular

Hasta que no termine el partido de España no tenemos la cena, así que aún nos queda un rato para empezar. Mis amigas están preparando cosas ya en la plaza, yo prefiero huir de organizaciones, seguramente apareceré cuando queden cinco minutos.
¿Qué celebramos? San Juan, supongo. Desconozco si hubo hoguera, si se sacó el carro y si invitaron a chocolate caliente en la ermita. Este año no las he sentido. Pero claro, yo no estuve en todo el día aquí. Sé que orquesta no hubo porque dormí con la ventana abierta y no se oía nada.

Estaba escribiendo la entrada de Osaka, pero no me da tiempo a terminarla. Tendrá que ser después, si es que no vengo muy averiada.

Comentando algunas curiosidades sobre Japón


En Japón es muy habitual ver a todo el mundo con el móvil en la mano. Están tan avanzados que ven los canales de la televisión desde sus teléfonos móviles, sí, tal cual. Todo el mundo está colgado del teléfono a todas horas. Aunque es sorprendente descubrir que en el tren de cercanías de Tokio estaba prohibido hablar con el móvil mientras te dirigías a cualquier sitio de la ciudad.
Podías encontrarte una terraza llena de japoneses y descubrir que era muy extraño que hubiera alguno que no tuviera el móvil en la mano.
También es cierto que pasan muchas horas fuera y que, por tanto, en un país tan avanzado en la tecnología, no resulta extraño que puedan ver todos los canales de la televisión japonesa desde el móvil.
Y a nosotros no nos funciona allí...

Me resulta curioso, porque yo a veces, sobre todo cuando suelo enviar algo al blog desde el móvil, no me termino de habituar a estar más pendiente del teléfono que de aquello que me rodea. Por eso no suelo escribir entradas muy largas cuando lo hago desde el móvil, enseguida me veo con la necesidad de terminar.
La foto está hecha en Hiroshima.


Encontrarse carteles que prohíben fumar es algo habitual, sobre todo en Tokio y otras grandes ciudades. El primero está en el suelo y el segundo es una banderola vertical.

A mí me regalaron un cenicero portátil (ya colgaré una foto, porque me resulta gracioso), porque, aunque haya calles sin la prohibición, el solo hecho de echar la ceniza al suelo está mal visto. Y en mi vida he visto calles más limpias que las de las ciudades japonesas. Allí no hay ni un papel ni ningún desecho en el suelo. Podríamos caminar descalzos sin ningún tipo de peligro.


En la mayoría de los restaurantes se exhiben en los escaparates los platos que sirven en el interior. Tiene buena pinta ese escaparate, ¿verdad? Bien, todos los alimentos que se muestran ahí son de plástico. Y tanto llama la atención (a mí no) a los extranjeros que los alimentos de plástico se han convertido en souvenirs (por supuesto, yo no compré alimentos de plástico, porque me parecen juguetes para niños pequeños).
Lo cierto es que, en los restaurantes, no sé exactamente si es por higiene o porque da sensación de pulcritud, o quizás por los olores (entiendo que con el calor que hace en Japón se evitan olores, o que se pudra la comida que exponen y otras tantas historias). Al principio no te das cuenta, porque parecen de verdad, pero algunos colores 'cantan'. Después te fijas en todos y resulta que todos los platos son perfectos, con una presentación muy cuidada (como todo lo que hacen).

Un "Ceda el paso" japonés.

Esto es una cafetería en Takayama. Son acogedoras. Debo recordar que los japoneses toman mucho café y, en consecuencia, hay una ingente cantidad de cafeterías con una elaborada decoración. No se diferencian mucho de algunas cafeterías de aquí. El café preferido por los japoneses, debido sin duda alguna al tiempo cálido, es el Iced Coffee, al que no sólo suelen echar cubitos enanos (del tamaño de pipas de girasol) sino nata por encima y caramelo o moka.
Por cierto, había muchos japoneses que no sabían inglés y por ellos aprendí que café en japonés es koji.


Un teclado con los dos tipos de letras, las romanas y las japonesas. No hay "eñe", obvio.


Este es el cartel de salida de un monumento que visitamos, que a veces estaban rodeados de unos jardines tan amplios que tenían que señalizarte el camino. Te lo tenías que imaginar, porque yo no sé lo que pone ahí, sólo que al descubrir la flecha puedes pensar que es te marca la salida, como así es en realidad.


Semáforo en verde. Esto sí que es internacional.

Lo que me llamó la atención de esa pareja es el tul que lleva ella sobre unos vaqueros rotos. Ciertamente me resultó extravagante. Esa manera de vestir, quizás algo peculiar aquí, en Japón es algo que no llama la atención. De todas formas, he visto vestimentas que llaman mucho más la atención.
Hablando de este tema, las japonesas llevan unos tacones altísimos, tanto que parecen muy frágiles al caminar, y además hay que añadir que tienen las piernas torcidas, así que da la sensación de que podrían caerse en cualquier momento, pero no, mantienen bien el equilibrio. Sin embargo, observé que muchas de esas chicas a veces se apoyaban en su pareja porque no podían caminar, gracias a los tacones.

Tapa de alcantarilla en Kioto.

Muchos restaurantes japoneses son verdaderos restaurantes japoneses, como éste en Shirakawa-go. Por lo general, están divididos en una parte con mesas, separada de otra parte con cojines y tatamis. Esta última parte suele tener un pequeño vestíbulo o unos estantes junto a la entrada para colocar el calzado.

Lista de precios en una cafetería.


Te encuentras en medio de Ginza (Tokio). Sólo hay grandes tiendas de marcas conocidas, no sabes dónde estás en realidad, aunque ves pasar los trenes sobre tu cabeza. Entonces te encuentras con un cartel a modo informativo. Tus ojos reparan en la Post Office que tienes cruzando unas calles y decides ir allí a que te sellen la última carta que has escrito.


Y justamente, el último día en Tokio, te encuentras en medio de un supermercado unos impresionantes jamones de bellota que resultan atípicos allí. Te acercas y descubres que son de Segovia y que todo lo pone en castellano. Aquí me entró la risa.

Y si hubiera dado dos vueltas...

Cuando marchaba a casa, en la rotonda, mis ojos se han desviado en una dirección, su coche era un reclamo, así que iba a paso de tortuga. Entonces le he visto a él montarse en el coche. No tengo vista de lince, pero creo que llevaba una camisa amarilla pálido; el amarillo es un color alegre, ¿significará eso que él está hoy de buen humor?
Mi mente a empezado a pensar qué hacer, algo como que si daba dos vueltas a la rotonda me cruzaría con él. No lo he hecho, no sé por qué. Supongo que ya no me permito hacer locuras, aunque sean pequeñas y no hagan mal a nadie, y prefiero los encuentros inesperados, sin forzarlos, así que he seguido mi camino. Pero si hubiera dado otra vuelta seguramente me lo hubiera cruzado.

Creo que va siendo hora de que coja el portátil, lo coloque sobre la cama, me tumbe y me ponga a escribir y colgar fotos, narrar peripecias y remover los recuerdos de Japón, ahora que están frescos.

Echaba de menos las tardes de los viernes

Los viernes me recuerdan a que las tardes son mágicas, a que suelo echarme unas siestas descomunales y a que puedo dedicarlas a pensar en lo que quiera, especialmente en una persona. Esta tarde, además, comenzaré a relatar mis peripecias del viaje. No sé cómo enfocarlo, porque hay tanto que contar que nunca es suficiente. Quizás no lo haga por fecha esta vez, sino por lugares o por zonas. Por supuesto, de una forma extremadamente ordenada, tanto como para que se me olvide lo mínimo.

He bajado al café pasadas las doce. Ahí había uno... dos... tres... Faltaba quien faltaba. Esas tres personas me dan envidia (de la sana, por supuesto), porque pasan muchas horas con él. Porque le ven cada día, le escuchan cada día, le hablan cada día... En realidad, tampoco me intercambiaría por uno de ellos, porque realmente al verle tan poco esos instantes tienen un valor incalculable. Si le viera muy a menudo, el hecho de encontrarme con él carecería de todo valor. Al verle tan poco, crece el misterio que le rodea.

Vuelve la normalidad

Las cosas se van atenuando lentamente. Internet vuelve a funcionar correctamente, yo estoy en la otra oficina con un asunto urgente y llevo colgada del teléfono todo el día. No son cosas relacionadas, pero reconozco que me he puesto borde con una entidad bancaria ubicada en Salamanca, a la que he llamado cuatro veces. La llamada siguiente era aún peor que la anterior. Por supuesto, he conseguido lo que quería. Cancelada la cuenta hace meses, sí o sí, están obligados a darme lo que estaba pidiéndoles-exigiéndoles.
Me duele la cabeza, pero podré aguantar hasta las cuatro. He dormido perfectamente y me he puesto un vestido verde pistacho, porque siempre he pensado que a veces los colores que llevamos en nuestra ropa están enlazados con nuestro estado de ánimo. Y este color anima. Además, como nunca sabes a quién te puedes encontrar, prefiero elegir a conciencia lo que me voy a poner cada mañana.
Y he soñado con él...

No ha sido buen día

Me apetece mucho hablar del viaje, pero hoy no puede ser. He llegado a casa demasiado tarde y con la moral en el subsuelo. Tendrá que ser otro día.
Hay demasiado sueño y pocas ganas de escribir. En estos momentos me aferro a una única imagen, que me reconforta realmente. Mientras me concentre en esa imagen no pensaré en otras cosas, no daré vueltas a otros asuntos, y dormiré en paz.

Lo único que saco en claro es que, a nivel general, no ha sido un buen día. Menos mal que hay dos momentos que le brindan algo de música.

Necesito dormir. Había un proverbio oriental que decía: "Si te caes siete veces, levántate ocho". Es una buena manera de terminar por hoy. Al fin y al cabo, mañana será otro día.

En noviembre mi última semana de vacaciones de este año (aún no he contado la tercera, que estaré algo más cerca) se la dedicaré a... Grecia. Sí, lo he decidido hoy. A finales de este año, a comer musaka y a ver el Partenón.
(Siempre pasa: vengo de un viaje y ya estoy poniendo los ojos en otro lugar. Lo de Grecia está decidido ya).

jueves, junio 24, 2010

El retorno

Estoy imprimiendo fotos y esto me llevará un rato. Lo que es cierto es que he cambiado de oficina y estoy de nuevo en el portátil de hace unos meses.
Y aquí puedo disfrutar de unos momentos de iNet, antes de marchar a casa. Me apetece escribir sobre Japón, pero ahora no puede ser. Necesito algunos folletos para documentar.
De todas formas, soy demasiado impaciente para estar esperando que se impriman fotos. Y yo quería irme a casa pronto.

Apetencias

Lo que me apeteceria ahora sería tomar una cervecita con él, parar el tiempo perdiéndome en esos ojos angelicales y pedirle que me cuente historias. Lo del número 10 con gestos me gustó, y seguro que tiene más cosas en la chistera. Perderme en su voz, sus palabras y sus recuerdos. Yo disfrutaria de un instante así.
De lo que estoy segura es de que me sabría a poco.
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Mal fario

Por no hacer las reverencias adecuadas en los santuarios sintoistas he traído el mal fario conmigo.
Sin iNet y con sobrecarga en ciertos números de teléfono estoy suficiente cabreada. Es que me veo atada de pies y manos. Tengo ganas de que lleguen las siete porque necesito despejarme.
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Después del tres vendrán cuatro?

O no le veo nunca o le veo siempre. A mí me gusta encontrármelo porque me aporta energía y algo de felicidad.
Y le he vuelto a ver, es que no hay dos sin tres, me pregunto si le vere más a menudo ahora. Estaba encantador. Saboreo esos instantes, siento como si necesitara atraparlos porque son fugaces.
Sigo desde el móvil, he vuelto a llamar a los del ADSL, esta vez cabreada.
Aunque el enfado es más sutil al haber visto a la persona que tanta paz me aporta.
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Moverse en Japón

Una de las cosas que más llaman la atención de las ciudades japonesas es que las calles no tienen nombre ni las casas numero. En realidad sí que tienen nombre esas calles, en los planos aparecen, pero no hay carteles que te señalen en qué calle estás. Sólo vi un cartel senalizador de una calle y le hice una foto -que no puedo colgar ahora, dadas las circunstancias-, porque me chocó.
Obviamente mucha gente se preguntaría cómo sabía dónde estaba. A veces, te guiabas por algún edificio o monumento, otras mirabas hacia la calzada y leias los carteles destinados a los conductores, muchas veces doblados al inglés. Y preguntando, claro.
En ciudades como Kioto, construida en cuadricula, es fácil: sólo hay calles paralelas y perpendiculares. En el caso de Tokio es otro cantar. Tokio creció en espiral alrededor del Palacio Imperial, por lo tanto es más complicado guiarse.
Los japoneses se ubican a través de algún edificio célebre y, a partir de ahí, cuentan manzanas, y luego casas. Es decir, si yo veía junto al nombre de la calle esto: 2,3, el 2 se refiere a la segunda manzana y el 3 a la tercera casa o al tercer portal. De todas formas, no hay pérdida, a cada pocos metros hay un cubiculo de la policía que están para indicar el camino, entre otras cosas.
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