
Todas las fotos no comentadas, que están relacionadas con esta primera imagen, son de la zona de Namba, donde estaba el hotel, donde había un sinfín de gente por todos los lados, donde había una parte muy amplia dedicada al ocio, restaurantes y videojuegos sobre todo, y que a mí me llamó especialmente la atención. Algo así no existe por aquí, así que enseguida te dabas cuenta de que ya estabas en Japón, que eso sólo puede ser Japón. Es decir, que cambié rápidamente el 'chip'.
Plantas inferiores al hotel de OsakaMi primer contacto con Japón fue Osaka, ciudad considerada como la segunda de Japón. Y con esto no quiero decir que sea la segunda en número de habitantes (es la tercera de mayor población, después de Tokio y Yokohama), sino que se le considera la segunda ciudad más importante en potencial económico, aparte de que su aeropuerto, Osaka-Kansai, es el segundo más importante de Japón y, junto al de Tokio, también internacional.
Osaka tiene 2.600.000 habitantes.
Bahía de OsakaLa industria y la economía de Osaka se saborea en el traslado desde el aeropuerto, ubicado en una pequeña isla artificial construida en el Mar Interior de Japón, que se une por carretera a la ciudad. Miraba a un lado y veía mar, miraba al otro lado y veía mar. Le pregunté a mi asistente, cuyo nombre no recuerdo, aunque sí recuerdo que estaba muy despistada, y me dijo que era la bahía de Osaka.
Taxis en OsakaLa industria de Osaka se basa principalmente en el sector naviero, automovilístico, de cemento, textil y ¡raro sería! electrónico.
Osaka es conocida por su antiguo prestigio teatral, sobre todo por sus marionetas (
bunrako). Osaka no tiene mucho para hacer turismo, aunque tampoco tuve mucho tiempo. Cuando llegué allí tuve que adelantar el reloj siete horas, aunque realmente ni lo recuerdo. Fue mi asistente la que me dijo la hora que era cuando recorríamos los kilómetros (allí son millas) que nos acercaban de Kansai a Osaka. Cuando llegué era por la tarde y no tardó mucho en amanecer. Estuve en la zona de Namba, que es un área de la ciudad llena de restaurantes, tiendas y zonas de ocio, intercomunicadas unas con otras, como un enorme centro comercial situado en la calle, con una especie de bóveda a modo de tejadillo: ni siquiera parecía que estuvieras en la calle.

Lo que es cierto es que entrabas en un lugar y salías en otro lugar que nada tenía que ver con el primer lugar. Me explico: entraba en una sala de pachinko y salía en una librería que no tenía final, para encontrarme en un restaurante donde un camarero junto a la puerta gritaba las delicias de dentro, para que la gente que caminaba por allí se animara a entrar. Un enorme laberinto, con calles que se cruzaban, tiendas variadas unidas unas a otras, callejones sin salida… y mucha gente en todos los sitios. Así era Namba y en medio de una ajetreada calle estaba el Namba Oriental Hotel, cuya recepción estaba en un tercer piso y, a medida que cogías las escaleras mecánicas, ibas observando una cervecería imitación a las irlandesas, reconocible por su portada de color verde y letras doradas; un restaurante japonés donde bailaban los farolillos de papel en la entrada; una peluquería-barbería con enormes cristaleras a través de las cuales podías observar lo que había dentro… Curiosamente, muchos de estos lugares no tenían luz natural, no tenían ventanas.
Entrada (desde la calle) al hotel de OsakaEn la recepción del hotel me entregaron un enorme sobre donde sólo entendí mi nombre y apellidos, por ser lo único que estaba escrito en caracteres arábigos. El remitente era JTB, la agencia internacional de turismo japonesa, la única agencia de ese estilo en el país, y que es la que te organiza todo y está pendiente de ti desde que entras en el país hasta que sales. Es como una especie de ángel de la guarda que te protege en tierra hostil (aunque de esto ya hablaré más adelante, porque al menos el primer día me sentí desamparada en un país extranjero con un idioma extraño…). ¿Qué tenía el sobre? Mi itinerario completo sobre mi estancia en Japón con un listado de hoteles, igual que el que tenía yo entre mi documentación, más un listado de horarios (que más adelante comprobé que se cumplían con exactitud); planos de Tokio y Kioto, billetes de tren con asientos de reserva y una carta de bienvenida en inglés.
Farolillos que avisan de la entrada de un restaurante en la zona de NambaCuando realicé todos los trámites necesarios en el hotel, donde me sorprendió que me pidieran permiso para fotocopiar mi pasaporte (aquí no te lo pedirían nunca), bajé a la calle y me mezclé con la gente. Realmente me dejé perder entre el laberíntico lío de calles, entrando en cualquier sitio y saliendo en otro más sorprendente. Lo que me llamó la atención en mis primeras horas en Japón fue el trasiego de gente. Cuando iba con mi asistente, japonesa, todos los camareros a las puertas de los restaurantes nos ofrecían entrar a comer. Cuando caminaba sola ninguno me dijo nada. Son de una timidez recalcitrante. En Osaka les gusta comer bien. Hay un dicho japonés: “Kyoto kiadore; Osaka Kuidadore”, que sugiere que los ciudadanos de Kioto se arruinarán comprando kimonos y los de Osaka comiendo fuera tan a menudo. El arte culinario de Osaka es, por tanto, uno de los más importantes. A mí la guía me recomendó comer okonimiyaki, que es una especie de torta de pasta y verdura que se creó como comida ritual budista. El okonimiyaki no es sólo típico de Osaka, sino de todo Japón, porque lo recomendaban en todos los sitios. Pese a todo, yo al final no lo probé, pese a que siempre pensaba: “Tengo que probar ese alimento cuyo nombre se parece a economía”.

Entre todos esos recintos, me sorprendió la cantidad de máquinas de recreativos que había, con un volumen atroz, de locura. De Osaka recuerdo a la perfección esa mezcla de olores de comida junto al volumen de las máquinas. Entre esos lugares, cabe hacer una apreciación sobre las salas de Pachinko, desperdigadas por todo Japón. Vendrían a ser lo que aquí serían salas de tragaperras, pero allí en vez de monedas utilizan bolas de acero, que luego intercambian por un premio. Sorprende descubrir lo adictivas que son esas máquinas para los japoneses. No se juega con monedas porque en Japón jugar por dinero es ilegal.

En busca de la estación de Namba, al salir de las calles donde había estado unos minutos antes, descubrías que era una ciudad como otra cualquiera
Después de varias vueltas, de buscar la estación de Namba y de descubrir que no era tan difícil ubicarse allí aunque, en principio, diera la impresión de que sí, entré en un restaurante para cenar. Debo decir que allí no se pasan horas en un restaurante. La comida se engulle rápidamente y no suelen estar, como aquí, horas esperando para comer ni saboreando la comida. Tampoco tardan mucho en servirte. Nada más escoger un lugar donde sentarte, te viene el camarero con un vaso de agua fresca y con una toallita húmeda para que te limpies las manos.
Cena de la primera noche: UnagiEsa noche no sabía exactamente lo que cenaba. Yo sólo pedí lo que veía en una imagen, a pesar que de sabía perfectamente que era pescado. El arroz en Japón tiene más consistencia que aquí, y te lo sacan siempre, independientemente de lo que pidas, aunque esa noche mi pez estaba sobre un cuenco gigante de arroz. ¿Qué cené? Unagi, es decir, anguila a la parrilla. Y estaba bueno. El arroz lo condimenté con una salsa picante, porque allí tienen innumerables salsas de todo tipo. El camarero, al verme que con palillos sería incapaz de cenar, hizo ademán de la cortesía japonesa entregándome una cucharilla para comer, de alguna forma, el arroz. Aunque yo cogía los palillos de vez en cuando y lo intentaba.
Osaka es famosa, aparte de por su industria, por el castillo que mandó construir Toyotomi en el siglo XVI. Yo no llegué a verlo. Este shogún es el que impulsó las actividades mercantiles de Osaka, hasta que finalmente se terminó constituyendo, en el siglo XX, en una de las más grandes potencias industriales japonesas.

Como curiosidad, comento que Osaka es el centro de los yakuza modernos. Originariamente yakuza designaba a ladrones, jugadores y proscritos que merodeaban alrededor de las grandes ciudades y puertos en el período de Edo. En la actualidad, en Osaka se concentran los yakuza del siglo XXI y, además, es el centro de las más importantes organizaciones criminales del país. Se les relaciona con actividades ilegales, desde la prostitución al contrabando de armas y drogas o los préstamos a intereses desorbitados. También están especializados en la extorsión corporativa.
Aunque tradicionalmente se han considerado como manifestación artística, los tatuajes (irezumi) se consideran antisociales en Japón, ya que se les relaciona con los yakuza. Si nos encontráramos en Osaka con un hombre tatuado que, además, tiene mutilados uno o dos dedos (los yakuza se mutilan para demostrar su hombría), probablemente pertenezca a alguna banda.
Yo no vi a ninguno.
Cama en Osaka, con los kimonos encima¿Qué había en la habitación de hotel que llamara mi atención?
En todos los hoteles te puedes encontrar una tetera con agua fresca, el juego de té y sobres de varios tipos de té. A diferencia del mini-bar, el té de los hoteles es gratis. La televisión tenía conexión a internet, y ahí me arrepentí –aunque se pasó pronto- por no haber llevado el portátil. Y encima de la cama tenías un kimono para dormir, aunque yo tardaría unos días en decidir ponérmelo. También tenías unas chancletas.
La ventana no se podía abrir. Tenían aire acondicionado, pero me mosqueó no poder abrir la ventana que, aunque leí el cartel donde lo decía, yo lo intenté. Había todo tipo de aparatos que te hacen la vida más confortable, pero de la electrónica ya hablaré en su momento.

La primera noche en Osaka estaba desubicada. Apenas deshice la maleta, ya que sabía que al día siguiente tenía que irme. Ya le había dicho a mi asistente que había llegado un día más tarde y, por tanto, le pregunté si estaba segura de que tenía que hacer la excursión del monte Koya. Tan segura estaba que al día siguiente –no me sonó la alarma del móvil porque mi cargador no podía enchufarse allí- vino a buscarme para acompañarme al Lobby del SwissHotel, donde debía salir la excursión. Y me dejó allí, con la maleta y mirando a la gente ir y venir. Cuando a los veinte minutos vi que no iba a aparecer nadie, miré la documentación que me había enviado JTB y llamé a la guía del monte Koya, Akiko, que me dijo que estaban terminando ya la excursión. Le dije que yo me iba a Wakayama, donde estaba mi alojamiento del monte Koya, y me despedí de ella diciéndole que se me acababa el dinero de la cabina. Todo en inglés. Como ya había visto la estación de Namba la noche anterior y sabía que estaba en el subsuelo de ese hotel (la recepción, donde yo me encontraba, estaba en un séptimo piso) decidí coger un tren, de la línea Koyasan.
Ahí sentí una impotencia terrible. Hay que imaginar que no llevaba unas horas en Japón, en un país que estaba en la otra punta del mundo, que la guía de la excursión donde debía estar me pedía que no fuera, que la otra guía no se había enterado muy bien de las cosas y no tenía su teléfono, y que además todo estaba escrito en caracteres extraños. Me sentí fatal, pero preguntando me indicaron lo que quería. No hice más que subir al tren del monte Koya (a una hora de Osaka) cuando miré la documentación y comprendí que esa noche no dormía en Wakayama, sino en Hiroshima (efectos del jet-lag, tengo que entender). En la siguiente parada me bajé, volví a la estación Namba y saqué billete para Hiroshima. Debo decir que yo tenía billetes para Hiroshima a última hora de la tarde, pero no quería quedarme en Osaka cargada con una maleta y con toda la documentación encima. Así que le enseñé mis billetes al de la taquilla y le expliqué que quería ir antes a Hiroshima, no por la tarde. Lo único que cambió es que fui en vagón sin reserva, cuando los billetes que me había enviado JTB tenían reserva. Pero me dio igual.
Ese fue mi primer día en Osaka. Fue el único día que me sentí un poco perdida. Después todo cambió.
Namba Station, OsakaLa foto de prepúberes pidiendo autógrafos a unas posibles celebridades japonesas es digna de explicación.

Las muchachas hacían fila más o menos organizada y no entraban en la locura que se entra en nuestro país cuando se encuentran, frente a frente, con uno de sus ídolos. Todo muy silencioso y ordenado.