jueves, junio 21, 2007

El grifo: animal fabuloso mitad león, mitad águila

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Los habitantes de aquel pueblo llevaban dos semanas atemorizados. De noche, cuando el silencio se adueñaba de los hogares y todos los vecinos descansaban, un graznido se oía en el centro de la ciudad, cerca del campanario. Al alba, el graznido se confundía con golpes, gruñidos y pataleos, y algo parecido a un grito terminaba con la pelea. Se hacía entonces el silencio. En el tiempo que duraba el combate ningún vecino se atrevía a abandonar su casa. En la calle, el cuerpo de un caballo aparecía tumbado en el suelo, con fuertes desgarros en el lomo y picotazos en la cabeza.
Los vecinos miraban las huellas y no salían de su asombro. ¿No parecía un ave la causante de aquel gran daño? ¿No veían acaso las marcas de sus garras y los fuertes picotazos? ¿Y por qué en el suelo aparecían marcas de otro animal, de algo parecido a un león?
"Hay que hacer algo", se decían, "tenemos que parar esto de algún modo". Pero los hombres se miraban y ninguno parecía querer atreverse con la bestia. Tendrían que hacerlo entre todos.
Esa noche, los hombres del pueblo se escondieron en la iglesia, portando cada uno un arma. El reloj del campanario marcaba las cuatro cuando escucharon el primer graznido y poco después la queja de un caballo. Fue entonces cuando salieron de la iglesia. En la calle se encontraba un grifo, un animal con la cabeza de un águila y el cuerpo de un león. Antes de que el grifo pudiera moverse, una cuerda inmovilizaba su cuello, mientras que un fuerte disparo acababa con su vida.

Sommer

21 de junio, sí, verano, lo que equivale a sol, calor, descanso y muchas horas de luz y libertad.
Algún día de estos tendré que volver a casa...

Pero, mientras tanto, disfruto pensando en ese descanso.

Instrumentos y métodos de tortura medievales

Durante la Inquisición española, los herejes eran encarcelados sin haber sido acusados formalmente. Eran encerrados en frías y hediondas mazmorras sin luz, infestadas de insectos y ratas. Pan duro con hongos junto con agua sucia constituía el único alimento diario. El condenado vivía entre excrementos, esperando con gran temor un interrogatorio y un juicio que serían acompañados de los más increíbles aparatos de tortura para hacerles hablar.
La mayoría de las veces habían sido acusados injustamente, mediante exageraciones o los miedos que se habían infundido en el pueblo. Cada día entraban miles de reos en las cárceles de la Inquisición, y pocos eran los que salían.
Los instrumentos de tortura eran utilizados en todos los países europeos como un buen método para sonsacar confesiones que, por lo general, desvirtuaban en gran medida la realidad y lo que el preso había hecho.
Quien fuera capaz de inventar semejantes instrumentos no solo debía tener una mente maquiavélica sino que en vez de sangre por sus venas tenía que correr hiel. Sangre fría debían tener asimismo los verdugos para ser capaces de llevar a la práctica todos estos castigos, y sangre fría debía correr por el cuerpo del ejecutor que señalaba lo que había que hacer y que, en un rincón de la celda, observaba, impasible, los tormentos.

Durante las “cazas de brujas” terribles fueron las torturas utilizadas para obtener información y confesiones. Mediante la tortura, el inquisidor también lograba que la víctima implicara a otros y así él podía asegurarse su permanencia en el trabajo.
El Malleus Maleficarum indicaba que “la justicia común exige que una bruja no sea condenada a muerte a menos que su propia confesión la condene”. La tortura era el medio aceptable para obtener dicha confesión.

La tortura ha existido desde la Antigüedad, pero fue durante el período papal de Inocencio VII cuando se llevaron a cabo las técnicas más deshumanizadas.
Después de la Inquisición española, las peores torturas acontecieron en Alemania, Francia, Italia y Suiza. Estos crímenes fueron perpetrados tanto por inquisidores católicos como protestantes. Tras la llegada al trono escocés de Jaime VI, este país también comenzó a utilizar brutales métodos de tortura. También se torturó en Inglaterra, Irlanda y Escandinavia. Durante los juicios de Salem en Estados Unidos, se utilizaron métodos de tortura, pero fueron extremadamente suaves en comparación con los usados en el territorio europeo.

Lo que está claro es que siempre ha habido métodos e instrumentos de tortura a lo largo y ancho del mundo. Desgraciadamente en la actualidad se sigue torturando.

Existe un número infinito de métodos e instrumentos de tortura medievales. He aquí los más comunes (por orden alfabético):

Ablación de los pies con fuego.
Esta tortura se utilizaba para convertir a los herejes a la verdadera fe.
Si no lo hacían, quemaban sus pies, y luego sus manos, dejándoles en su lugar muñones carbonizados.

Anillo automortificante.
Este ingenio se utilizaba para impedir la erección del órgano genital masculino, a través de las púas dispuestas en la parte interior.
Este anillo era una forma de sufrimiento que el hombre -generalmente religioso- se imponía voluntariamente para intentar alcanzar el estado de perfeccionamiento moral y espiritual.
La necesidad de mortificación era una de las enseñanzas más recurrentes de la religión cristiana, en el sentido de la salvación del alma a través de la mortificación de la carne.

Aplastacabezas.
La barbilla de la víctima se colocaba en la barra inferior y el casquete era empujado hacia abajo mediante un tornillo.
Los efectos de este proceso son evidentes. En primer lugar, se destrozan los alvéolos dentarios, después las mandíbulas y luego el cerebro se escurre por la cavidad de los ojos y entre los fragmentos del cráneo.


Aplastapulgares.
Simple y eficaz, el aplastamiento de nudillos, falanges y uñas es una de las torturas más antiguas.
Los resultados, respecto al dolor infringido en relación al esfuerzo realizado y tiempo consumido, son altamente satisfactorios.
Este instrumento se utilizaba en lo que se conoce como "las preguntas dolorosas", que servían para extraer confesiones por medio de torturas descritas e ilustradas con precisión científica.

Armas de carceleros.
Se diferencian de las armas puramente militares porque no eran armas adecuadas para la guerra, ya que los carceleros no se enfrentaban a unos enemigos armados vestidos con corazas, sino a una turba de prisioneros semidesnudos y desarmados.
El "agarracuellos" era un aro con abertura en forma de trampa en el extremo de un asta de dos metros de longitud. Un preso que intentara escapar escondiéndose entre la multitud era fácilmente capturado. Una vez que la trampa se aferraba al cuello, el reo no podía escapar.

Ataduras.
Esta forma de tortura era específica de mujeres.
Implicaba atar un palo en la cabellera de la mujer y retorcerlo sin parar. Cuando los brazos del inquisidor se cansaban, encomendaba la tarea a sus colaboradores mientras contemplaba a la víctima. No solo se desgarraba el pelo, sino que a menudo se podía observar que el cuero cabelludo se abría exponiendo el casquillo del cráneo.

"Aureola del Tonto" o corona de escarnio con campanilla.
Se trata de una modalidad suave de escarnio público, aplicado a aquéllos que se habían comportado de una manera estúpida, absurda o necia, hasta el punto de haber ocasionado molestias a la colectividad.
El castigado era encadenado durante horas al palo de la picota, o simplemente en las plazas públicas, coronando su cabeza con este ridículo aparato, siendo obligado a veces a llevarlo puesto mientras hacía su vida cotidiana. La crueldad de la gente le hacía sufrir no solo humillaciones, sino que era mancillado en público, recibía golpes, patadas, pedradas y demás.

Azotes.
El prisionero era inmovilizado en un cepo por las manos y el cuello, dejando desnuda su espalda, donde se aplicaba la cantidad de azotes que determinase el Tribunal. Su número variaba entre 50 y 200, dependiendo de la gravedad de la falta cometida y de la consistencia física del encausado.
El castigo del azote, a diferencia de otros, no se aplicaba para obtener confesión, sino como parte de la sentencia.

El borceguí.
Borceguí era un tipo de calzado muy popular en el siglo XV. Cubría el tobillo y estaba abierto en la parte delantera; se ataba con correas o cordones.
En esta época se popularizó un tipo de tortura que consistía en apretar el tobillo de la víctima mediante varias maderas enlazadas con correas o gatos de hierro, que presionaban hasta quebrantar los huesos.

Botas o aplastapiernas.
Las bootikens ("botas") o cashielaws eran un ingenioso dispositivo que estaba formado por cuñas que se aplicaban a las piernas, desde los tobillos hasta las rodillas.
El torturador utilizaba un martillo para golpear las cuñas hacia dentro.
Cuando las cuñas entraban en la carne provocaban el estallido de los huesos y la salida de la médula por las incisiones.

La cabra.
En este método de tortura se ponían las piernas de la víctima en un cepo para que no pudiera moverse. Después se le untaban los pies con grasa o sal. Una cabra comenzaba a lamer con fuerza. La aspereza de su lengua hacía que se levantara la piel de los pies de la víctima, provocando un terrible dolor.

El caminante.
Era una suave tortura utilizada en Inglaterra. Consistía en hacer caminar a la víctima sin parar hasta que se cansara y le salieran ampollas en los pies.

El cepo o brete.
La víctima era colocada con las manos y los pies aprisionados en las aberturas correspondientes, que eran expuestos en las plazas públicas, donde el vulgo les provocaba, abofeteaba y embadurnaba con heces y orina.
En muchas ocasiones, las condenadas eran golpeadas, lapidadas, quemadas, laceradas e incluso mutiladas. Las incesantes cosquillas en las plantas de los pies y en los costados llegaban a convertirse en una tortura insoportable.
Estas víctimas eran, por lo general, transgresores inofensivos.

La cigüeña o “Hija del Basurero”.
A primera vista no parece que éste sea un instrumento de tortura que produzca mucho sufrimiento. Su misión no es únicamente la de inmovilizar a la víctima. A los pocos minutos de colocarlo sobre una persona, ésta sufre fortísimos calambres, primero en los músculos abdominales y rectales, luego en los pectorales, cervicales y extremidades. Con el paso del tiempo, estos calambres conducen a un continuo e insufrible dolor en el abdomen y el recto. En este momento, la víctima era golpeada, pateada, quemada y mutilada.

Cilicio de pinchos.
Los instrumentos provistos de pinchos en su interior eran los predilectos de los religiosos. Se usaban para la tortura inquisitorial y punitiva.
Se ceñía en torno a la víctima y rápidamente empezaba a herir y lacerar la carne con cada pequeño movimiento e incluso al respirar. Luego llegaba la infección, la putrefacción y la gangrena. En ocasiones, el verdugo colocaba gusanos carnívoros en la parte descarnada, que se introducían en el interior del cuerpo royendo la carne hasta llegar al abdomen.

Cinturón de Castidad.
Se usaba para garantizar la fidelidad de las esposas durante los períodos de largas ausencias de los maridos y, sobre todo, de las mujeres de los cruzados que partían para Tierra Santa.
El cinturón de castidad constituía además una barrera contra la violación, una barrera frágil pero suficiente en determinadas ocasiones, por ejemplo, en épocas de acuartelamiento de soldados en las ciudades, durante estancias nocturnas en posadas, para viajes, etc. Muchas de estas mujeres se colocaban el cinturón de castidad por iniciativa propia.
Se considera un instrumento de tortura porque este ultraje al cuerpo y al espíritu es impuesto por el terror al varón, por temor a sufrir a causa de la agresividad humana.

Collar de púas punitivo.
Está provisto de pinchos en todos los lados. Pesaba muchos kilos, se cerraba al cuello de la víctima y, a menudo, se convertía en un medio de ejecución, debido a la erosión hasta el hueso del cuello, hombros y mandíbula, la progresiva gangrena, la infección febril y la erosión final de todos los huesos, sobre todo de las vértebras descarnadas. Esto conducía a una muerte segura, atroz y rápida.
El collar presentaba la ventaja de economizar tiempo y dinero. Su función era pasiva y no requería el esfuerzo ni el pago de un verdugo. “Trabajaba” por sí mismo, día y noche, sin descanso, sin problemas y sin manutención.

Cuerdas.
La Inquisición aplicó este método a muchos de sus reos. Era sencillo, pero muy doloroso. Colocaban a la víctima sobre una mesa o en el suelo, con unas cuerdas atadas a sus miembros y giraban esas cuerdas hasta tensarlas.
Esta tensión provocaba el estiramiento de los miembros y producía la luxación de las articulaciones.

"La Cuna de Judas".
Este instrumento de tortura se utilizaba principalmente para confesiones.
La víctima era izada por una argolla de hierro mediante poleas y, una vez levantada, era soltada sobre la punta de una pirámide, de tal manera que su peso se posaba sobre el ano, la vagina, el escroto o el coxis.
Según las indicaciones de los interrogadores, el verdugo variaba la presión desde nada hasta todo el peso del cuerpo. También se podía sacudir a la víctima o hacerla caer repetidas veces sobre la punta.
La “Cuna de Judas” recibe el mismo nombre en italiano, alemán e inglés, mientras que en Francia se llamaba la veille ("la vigilia").

La cura de agua.
Esta tortura mantenía al procesado totalmente inmovilizado sobre una mesa de madera. Le colocaban un trapo en la boca, que deslizaban hasta la garganta. El verdugo procedía a echar agua lentamente, produciendo en la víctima la sensación de ahogamiento.
Una variación de esta tortura era darle a la víctima alimentos salados con agua sucia.

Desgarrador de senos.
Se utilizaba para convertir en masas informes los senos de mujeres condenadas por herejía, blasfemia, adulterio y otros muchos “actos libidinosos”; abortos provocados, magia blanca erótica y otros delitos.
En varios lugares, se aplicaba un “mordisco” con una pinza candente en un seno de la madre soltera, mientras su hija se retorcía en el suelo salpicada por la sangre de su madre.

"Doncella de Hierro" de Nuremberg.

Este instrumento de tortura tiene forma de sarcófago antropomorfo con dos puertas y clavos en su interior que penetran en el cuerpo de la víctima cuando se cierra. Los clavos eran desmontables, con lo que se podían cambiar de lugar y crear diferentes mutilaciones y heridas, que daban lugar a una muerte más o menos prolongada, siempre rodeada de gran sufrimiento.

El embudo.
Consistía en obligar a la víctima a ingerir la mayor cantidad de agua posible, ayudándose de un embudo que se colocaba en la boca. En cada sesión, se había tragar a la víctima unos diez litros, provocando una terrible sensación de ahogo, llegando a producir la explosión del estómago.

Empalamiento.
Era un método de tortura y ejecución donde la víctima era atravesada por una estaca. La penetración podía realizarse por un costado, por el recto o por la boca. La estaca se solía clavar en el suelo dejando a la víctima colgada para que muriera.
En algunos tipos de empalamiento, la estaca no se afilaba y se insertaba evitando la muerte inmediata, de manera que funcionara como tapón para que la víctima no se desangrara y así prolongar la agonía que podía durar hasta tres días.

"Flauta del Alborotador".
Los instrumentos de tortura fabricados con forma de trompeta, trombón, flauta, oboe, etc. están hechos de madera, bronce o hierro. Probablemente son de origen holandés, y se asocian a los siglos XVII y XVIII.
El collar de hierro se cerraba por detrás del cuello de la víctima y sus dedos eran colocados como los de un músico sobre el instrumento, mientras eran apretados a voluntad del verdugo, terminando por aplastar la carne, los huesos y las articulaciones.
Este medio de tortura se utilizaba en exposiciones públicas, con todas las consecuencias habituales, dolorosas y a veces fatales, que marcaban la suerte de las víctimas.
Se imponía para castigar delitos menores: conflictividad, blasfemia, palabrería soez, alteración del orden público, etc.
En Italia se aplicaba a los que montaban juerga y provocaban alboroto delante de iglesias durante las misas.

"Garras de Gato" o cosquilleador.
Su tamaño es como el de los dedos de una persona. Se colocaba sobre un mango y se usaba para reducir a tirar la carne de la víctima y extraerla de los huesos de cualquier parte del cuerpo.
El arañado era la versión femenina de las “Garras de Gato”. La araña era un trozo de hierro en forma de rodillo, con un filo en forma de tenedor que se colocaba entre los pechos.

Garrote.
Hay dos versiones de este instrumento: la típicamente española y la catalana.
En la versión típicamente española, el tornillo hace retroceder el collar de hierro, matando a la víctima por asfixia. Es el conocido “Garrote Vil”, que se siguió usando en España hasta 1975, año en que con la muerte de Franco se abolió la pena de muerte.
En la versión catalana, el punzón de hierro penetra y rompe las vértebras cervicales al mismo tiempo que empuja todo el cuerpo hacia delante, aplastando la tráquea contra el collar fijo, matando por asfixia o por la lenta destrucción de la médula espinal.
La presencia de una punta en la parte posterior no provoca una muerte rápida, sino que aumenta las posibilidades de una agonía prolongada.

Garrucha.
Esta tortura consistía en amarrar al preso con los brazos a la espalda, colgarlo y subirlo lentamente. Cuando la víctima se encontraba a determinada altura, era soltada bruscamente, sujetándole fuertemente antes de que tocase el suelo. El dolor producido en ese momento era mayor que el originado por la subida.
Si el condenado no confesaba en la segunda “estrapada”, le colocaban un sobrepeso en los pies con el objetivo de aumentar su dolor.
En Italia esta tortura llevaba el nombre de strappado, método por el que fue procesado Savonarola. En 1497, Girolamo Savonarola fue puesto en el “tratti di fune o strappado”. Savonarola fue dejado caer 14 veces. Después le ataron a una estaca y le quemaron vivo.

El gota a gota.
Era un método de tortura muy utilizado en la Edad Media, y se usaba fundamentalmente para arrancar la confesión o sonsacar información de la víctima. Era una tortura larga, en la que el torturador no tenía prisa alguna, ya que lo único que tenía que hacer era esperar a que la víctima se viniera abajo.
Consistía en amarrar al reo a un poste o a la pared, atándolo fuertemente de pies y manos, por el cuello y la frente, colocándole la cabeza debajo de un caño o grifo que iba derramando gotas a un ritmo continuado. Esto provocaba un estado de locura y terminaba erosionando el hueso del cráneo hasta producir la muerte.

Grilletes.
Existen muchos tipos de ataduras que ligan a las personas a pesos inhumanos: tobilleras (que arrastran una bola de hierro), muñequeras, cinturones, collares... El condenado debía llevar consigo estas cargas durante largo tiempo: semanas, meses, años o, incluso, durante toda la vida.
Los collares llevaban una anilla con una cadena que se unía a bloques de piedra de unos doce kilos. La víctima hacía un esfuerzo sobrehumano. Esto producía la abrasión del cuello y los hombros, con la consiguiente infección y gangrena, que no solía matar en los primeros meses.

"Horquilla del Hereje".
Era un instrumento compuesto por cuatro puntas afiladísimas que se clavaban profundamente en la carne, bajo la barbilla y sobre el esternón. La horquilla impedía cualquier movimiento de la cabeza, pero permitía que la víctima murmurase, con una voz casi apagada (esto se llamaba “abiuro”).
Si se negaba a confesar, el hereje, considerado como “impenitente”, era vestido con el traje característico y conducido a la hoguera.

Jaulas colgantes.
Hasta finales del siglo XVIII, en los paisajes urbanos de Europa no era extraño encontrar abundantes jaulas de hierro y madera, adosadas al exterior de los edificios municipales, palacios ducales o de justicia, catedrales, murallas o en altos postes junto a los cruces de caminos.
Las víctimas, desnudas o semidesnudas, eran encerradas en las jaulas, que después se colgaban. Morían de hambre y sed; por el frío invernal o el calor estival. Generalmente, las víctimas habían sido torturadas y mutiladas antes de que las encerraran en la jaula.
Los cadáveres se dejaban en descomposición hasta que se desprendían los huesos, aunque a veces eran cubiertos con resina de pino para retrasar los efectos de la descomposición y se ajustaban con correas para impedir el desprendimiento de los miembros. Los cadáveres eran un festín para todo tipo de animales.
El objetivo final era el escarmiento moral.

El lanzador.
Era una técnica que consistía en atar la cabeza de la víctima con una soga y moverla de un lado a otro bruscamente.

Látigos.
Hay gran variedad de látigos. Entre ellos, están los que tienen cadenas provistas de abundantes estrellas y hojas de acero cortante que se usaban para flagelar el cuerpo humano.
Para desollar, se utilizaban látigos de diferentes tamaños. Los látigos gigantes, como “el gato de nueve colas”, podían lisiar un brazo y un hombro de un solo golpe. Los látigos finos y pérfidos, como “el nervio de toro”, con dos o tres golpes, podían cortar la carne de las nalgas hasta llegar a la pelvis.
El látigo de desollar se empapaba de una solución de sal y azufre disueltos en agua antes de utilizarlo. Esto, unido a las estrellas, lo convertían en una herramienta destructiva y muy útil para el torturado. La carne, al ser golpeada, dejaba a la vista diferentes órganos internos.

La limpieza del alma.
La creencia católica dice que las almas de las brujas son almas corrompidas. A las víctimas se les limpiaba antes de castigarlas, haciéndoles beber cosas hirviendo (agua, hierros, carbones, jabón).

Máscaras infamantes.
Estos artilugios, fabricados en formas fantasiosas e incluso artísticas, se imponían a quienes habían manifestado imprudentemente su descontento hacia el orden establecido, contra las convenciones vigentes, contra la prepotencia del poder o contra el estado de las cosas en general.
Millones de mujeres, consideradas “conflictivas” por su cansancio de la esclavitud doméstica y los continuos embarazos, fueron humilladas y atormentadas. El poder eclesiástico exponía el escarnio público a los desobedientes y a los inconformistas. La Iglesia usaba este método para castigar infracciones menores.
La inmensa mayoría de las víctimas eran mujeres, aplicándose el principio de “mullier taceat in ecclesia” (“la mujer calla en la iglesia”).
Muchas de estas máscaras incorporaban piezas bucales de hierro, algunas incluso mutilaban permanentemente la lengua con púas afiladas y hojas cortantes.
Las víctimas que portaban las máscaras eran, por lo general, expuestas en plazas públicas, donde eran maltratadas por la plebe. Recibían golpes dolorosos, eran untadas con orina y excrementos, y les producían graves heridas, a veces letales.

Mordaza o "Barbero de Hierro".
Este artilugio sofocaba los gritos de los condenados para que no interrumpieran la conversación de los verdugos.
La “caja” de hierro del interior del aro se embutía en la boca de la víctima, y el collar se aseguraba en la nuca. Un agujero permitía el paso del aire, aunque el verdugo podía taparlo con la punta del dedo para provocar asfixia.
Los condenados a la hoguera eran amordazados de esta manera, sobre todo en los autos de fe, porque sino los gritos interferirían en la música sacra.

El nadador.
La víctima era atada de pies y manos y arrojada al agua a ver si sumergía.
Si la víctima se ahogaba era un signo claro de su inocencia y de que había sido aceptada por Cristo, pero si flotaba y no se ahogaba significaba que las aguas bautismales de Cristo la habían rechazado y rápidamente llevaban a la víctima al patíbulo.

Péndulo.
Una tortura fundamental, que generalmente venía a ser la preparación de la víctima para posteriores tormentos, era la dislocación de los hombros mediante la rotación violenta de los brazos hacia atrás y hacia arriba.
Esta tortura era barata y eficiente. Las muñecas de la víctima se ataban a la espalda y, en esa ligadura, se añadía una cuerda que se izaba. En el momento en que subía la cuerda, los húmeros, la escápula y la clavícula se desarticulaban. Esta dislocación producía horribles deformaciones, a menudo permanentes. La agonía se podía estimular mediante pesas agregadas a los pies, hasta que finalmente el esqueleto se desmembraba. La víctima terminaba muriendo.

Pera.
Este instrumento de tortura era de tres tipos: oral, rectal y vaginal. Se usaban embutiéndolos en la boca, el recto o la vagina de la víctima, y allí se desplegaban mediante un tornillo hasta su máxima abertura. El interior de la cavidad quedaba dañado irremediablemente. Estaba dotada de puntas que servían para desgarrar mejor el fondo de la garganta, del recto o del útero.
La pera oral normalmente se aplicaba a predicadores heréticos y seglares reos de tendencias anti-ortodoxas. La pera vaginal estaba destinada a las mujeres culpables de mantener relaciones con Satanás o con uno de sus familiares, y la rectal era para los homosexuales pasivos.

Picota en tonel.
Era una especie de vergüenza pública que se aplicaba sobre todo a los borrachos. Había dos tipos de “picotas en tonel”: las que tenían el fondo cerrado, en las que la víctima se colocaba dentro, con orines y estiércol, o simplemente con agua podrida, y las abiertas, para que las víctimas caminaran por las calles de la ciudad con ellas a cuestas, algo muy doloroso debido al peso.
Entre estos instrumentos de escarnio público, también estaban los collares para vagos y maleantes. Eran una especie de botellas de madera o de piedra muy pesadas, o una especie de monedas de hierro que se colgaban al cuello de los borrachos (las botellas) y de mercaderes deshonestos (las monedas).
A los cazadores furtivos se les ataban cadenas con los cadáveres de los animales cazados furtivamente, hasta la putrefacción y desprendimiento de los mismos. Este castigo era muy eficaz en verano.

Pinzas y tenazas.
Pinzas, tenazas y cizallas eran elementos inseparables de los verdugos.
Las tenazas se utilizaban preferentemente ardiendo en la nariz, dedos de las manos, dedos de los pies y pezones. Las pinzas alargadas servían para desgarrar o abrasar el pene.
Estos instrumentos a veces se utilizaban en frío para lacerar o arrancar cualquier miembro del cuerpo humano.
Los casos de castración, extirpación del pene o amputación de todo el aparato completo son excepcionales. Las partes seccionadas a menudo eran quemadas dentro del puño de la víctima.
Estos castigos se aplicaban por intentos de violencia o conspiraciones contra gobernantes y príncipes.

Potro.
El estiramiento y desmembramiento mediante tensión longitudinal ya se usaba en el antiguo Egipto y en Babilonia.
En Europa, junto con el péndulo, era elemento fundamental de cualquier mazmorra desde la República Romana hasta la desaparición de la tortura a finales del siglo XVIII.
La víctima es literalmente alargada por la fuerza de un cabestrante. Se producía un estiramiento de hasta 30 centímetros, longitud inconcebible, que procede de la dislocación y distorsión de las articulaciones de brazos y piernas, del desmembramiento de la columna vertebral y del desgarro de los músculos de extremidades, tórax y abdomen, efectos que provocaban la muerte de la víctima.
Esta tortura tenía tres grados. En el primero, la víctima sufría la dislocación de los hombros a causa del estiramiento de los brazos hacia atrás y hacia arriba, así como un intenso dolor en los muslos al desgarrarse. En el segundo grado, las rodillas, las caderas y los codos comenzaban a descoyuntarse. En el tercero, se separaban ruidosamente.
Ya en el segundo grado, el interrogado quedaría inválido de por vida, con el tercero quedaba paralizado. Iba desmembrándose poco a poco y las funciones vitales iban cesando a medida que iban pasando las horas y los días.

Potro en escalera.
En este caso se abrasaban los costados y las axilas mediante una antorcha compuesta por siete bujías.
Si la víctima, ya paralizada, con los hombros destrozados y moribunda a causa de las infecciones producidas por las quemaduras, seguía sin confesar, el Tribunal estaba obligado a reconocer su inocencia.

La rata.
En la antigua China ya se tenía constancia del tormento de la rata, aunque fue en el Occidente medieval donde se consagró.
En esta tortura se colocaba sobre el abdomen de la víctima una jaula abierta en su base. En el interior había una rata que venía a ser molestada por los torturadores, principalmente con fuego. El animal buscaba cualquier vía de escape y terminaba por excavar un túnel en las entrañas de la víctima.

Rueda para despedazar.
Era el instrumento de ejecución más común en la Europa germánica, después de la horca, que se utilizó hasta principios del siglo XVIII.
En el resto de Europa, el despedazamiento se llevaba a cabo con barras de hierro macizas y mazas herradas, en vez de ruedas.
La víctima, desnuda, era estirada boca arriba en el suelo o en el patíbulo, con los miembros extendidos al máximo y atados a estacas o anillas de hierro. Bajo las muñecas, los codos, las rodillas y las caderas se colocaban trozos de madera.
El verdugo, asestando violentos golpes con la rueda de borde herrado, machacaba hueso tras hueso, procurando no asestar golpes fatales.
La víctima era transformada en una especie de títere que no paraba de retorcerse, entre su sangre, carne desgarrada y viscosa, y astillas de huesos rotos.
Después se desataba e introducía entre los radios de la gran rueda horizontal al extremo de un poste que después se alzaba.
Los cuervos y otros animales arrancaban tiras de carne y vaciaban los ojos de la víctima hasta que ésta moría.
Era una de las torturas más largas y agónicas que se podía infligir. Junto a la hoguera y el descuartizamiento, era uno de los espectáculos más populares que se celebraban en las plazas de Europa.

Sangrado.
Se creía que la fuerza de las brujas podía controlarse haciéndolas sangrar. Esto implicaba abrir a la víctima en la cara o cerca de una vena importante. Los acusados sometidos a esta tortura se desangraban rápidamente y terminaban desmayándose. Los verdugos comprobaban que el acusado estaba siendo asistido por el demonio, que le sacaba el alma del cuerpo para que no sufriera.

Sierra.
Debido a la posición invertida del reo, se asegurabae la oxigenación al cerebro y se impedía la pérdida general de sangre, por lo que la víctima no perdía el conocimiento hasta que la sierra alcanzaba el ombligo, y a veces el pecho.
La sierra se aplicaba generalmente a homosexuales.
En España, la sierra era un medio de ejecución militar hasta el siglo XVIII. En la Guerra de la Independencia (1808-1814), los guerrilleros catalanes sometieron a oficiales enemigos a la sierra.
En la Alemania luterana la sierra era el medio de ejecución para los campesinos rebeldes, y en Francia se aplicaba para exterminar a las brujas preñadas por Satanás.

Silla del interrogatorio.

Era un utensilio básico para el inquisidor. El efecto de los pinchos sobre la víctima, siempre desnuda, es evidente. El condenado sufría atrozmente desde el primer instante del interrogatorio, que podía ser más intenso si se aplicaban sacudidas o golpes en brazos, piernas y otras partes del cuerpo.
El asiento era generalmente de hierro, de manera que se podía calentar con un brasero o una antorcha.


Taburete de sumersión.

Los protestantes sentaban a las brujas en taburetes y las ataban con correas que colgaban de uno de los extremos, para que se balancearan y tambolearan.
La víctima era sumergida en un río o un estanque, con temperaturas heladas, y las mantenían bajo el agua durante cinco minutos o más.
El “taburete de pato” se utilizaba en América para condenar a las brujas, y en Gran Bretaña para castigar a pequeños criminales y prostitutas.


"Tormentum Insomniae".
En Inglaterra esta tortura no fue permitida para actuar contra las brujas, ya que no consideraban que fuera una verdadera tortura para ellas. Se utilizó en herejes menores.

La tortuga.
Era un método de tortura utilizado por los protestantes. Consistía en comprimir o triturar a la víctima bajo una plancha de madera, a la que se iba añadiendo peso. A veces se colocaba un tronco en la espalda de la víctima para que se quebrara el espinazo bajo el peso.

"Toro de Fálaris".


Se trata de la quema de seres humanos dentro de la efigie de un toro de hierro o bronce dedicado a Fálaris, tirano de Agrakas (actualmente Agrigento, en Sicilia), que murió en el año 554 a. C. Los alaridos y los gritos de las víctimas salían por la boca del toro, haciendo parecer que la figura mugía.
El "Toro de Fálaris" estuvo presente en las salas de tortura de la Inquisición entre los siglos XVI y XVIII.


La "Trenza de Paja".
Era aplicada como signo de vergüenza a las jóvenes que habían quedado encintas antes de casarse. Las "infames" eran rapadas al cero y condenadas a permanecer así delante de las puertas principales de las iglesias en los días de fiesta.

La "Turca".
Este método de tortura fue ideado para arrancar las uñas. En el siglo XVI, Juan Fian fue objeto de ésta y otras torturas en Escocia. Después de arrancarle las uñas le clavaron clavos en su lugar.

miércoles, junio 20, 2007

Los dragones, bestias pacíficas

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Todavía hoy es posible visitar los restos de un manantial de aguas calientes y sulfurosas que en otro tiempo sirvió de lugar de recreo para los patricios romanos, los cuales ordenaron construir en aquel sitio unos baños públicos. Los más sabios sabían perfectamente que las propiedades de aquellas aguas se debían a la abundancia de azufre que hay en ellas, pero ignoraban de dónde provenía aquel azufre y cómo había llegado hasta allí.
Muchos siglos han pasado desde entonces, y muchos siglos habían pasado ya en la época de los romanos, pero pervive aún una leyenda que habla de los amores imposibles que allí hubo entre un dragón y una doncella, y el trágico final que conocieron los dos amantes.
Durante muchos meses se vieron la doncella y el dragón en secreto, pero llegó el día en que todos los habitantes del pueblo conocieron su historia de amor y decretaron su prohibición. Castigaron a la muchacha y la encerraron en una habitación bajo siete candados, y luego ordenaron a los más valientes guerreros que mataran a aquella bestia. Y tanto empeño pusieron y tantas estrategias utilizaron, que al final vencieron al dragón y lo arrojaron a las frías aguas del manantial, donde murió.
Nadie sabe a ciencia cierta qué pasó con la doncella. Unos dicen que murió de pena, otros que ingresó en un convento, pero la mayoría cree que se arrojó al manantial, y que es el encuentro de sus dos almas lo que calienta el agua, que permanecerá borboteando mientras no se extinga el recuerdo de aquellos desdichados amores.

"Elektra"

La heroína de Marvel pasó también a la gran pantalla. Hacía tiempo que quería ver la película, aunque no me atraen este tipo de historias, quizás la de Elektra sí, porque la veo más humana que el resto de Súper Héroes.

"Desde el principio de los tiempos se ha venido librando una batalla en la sombra entre los ejércitos del Bien y del Mal. Puede librarse a gran escala o dentro del corazón de un solo individuo, o incluso de un niño.
El Mal ha tomado muchas formas y ha usado las más siniestras artimañas. En nuestra era se hace llamar simplemente La Mano.
Los buenos siguen el camino del Kimagure. Sus maestros son capaces de ver el futuro y puede que incluso resucitar a los muertos.
La leyenda habla de un guerrero extraordinario, un alma perdida. Ese guerrero es una mujer, una hija sin madre y su sino es descompensar la balanza entre el Bien y el Mal. Ella es un tesoro. Y ambos bandos la buscan para que sea el arma definitiva en una antigua guerra".

Elektra (Jennifer Garner) busca su camino. Se dedica a hacer trabajos sucios por el que cobra cuantiosas sumas de dinero. Ella ejecuta y elimina a la persona que su superior, MacCabe, le dice. Siempre va vestida de rojo y utiliza un arma ofensiva: el Sai.
Debe tomarse un descanso y alquila una casa en una isla. Allí conoce a Marc Miller y a su hija Abby y se crea una especie de complicidad entre los tres. Entonces a Elektra le llega el sobre de su próxima víctima, realmente son dos y son sus vecinos.
Sin saberlo, es una prueba en la que Elektra debe elegir entre el Bien y el Mal. No puede hacer el trabajo y así se lo dice a su superior, y sabe que serán asesinados de todas formas, así que les brinda su protección.
Junto a Elektra, Abby y Marc luchan contra La Mano. Elektra se enfrentará a los esbirros malignos: Kirigi, el peligroso samurai que mató a la madre de Elektra; Tifoidea, una malévola mujer cuyo aliento mata y deja una senda de plantas y animales muertos allí donde posa los pies; Piedra, una mole al que no se le pueden clavar espadas pues sería como intentar pinchar una piedra; Tatuaje, un joven que tiene su cuerpo lleno de tatuajes de animales que saca de su cuerpo para seguir el rastro de sus víctimas.
Elektra debe enfrentarse ante estos abominables seres. Y entonces se entera de quién es realmente Abby y por qué la persiguen.

"Dogville"

Pocas historias conozco que saquen a la luz la verdadera esencia de la condición humana. Esta película no deja indiferente, es incluso desgarradora. Al final únicamente es posible pensar en esa venganza, sobre todo al recuperar el poder y la libertad que ellos le quitaron. Aunque, antes de hablar del argumento en sí, debo describir los aspectos técnicos de esta película, que llaman la atención por novedosos y originales.
Todo el escenario transcurre en una especie de teatro. No vamos a ver el sol, ni vamos a oír cantar a los pájaros, ni vamos a otear el horizonte... Supongo que es algo experimental. Al ser un escenario oscuro con unos cuantos cachivaches aquí y allá nos da una sensación de frialdad. No se nos presentan emociones, no se nos dice lo que está bien y no, todo lo sabemos por las personas que van contando historias que han ocurrido en otro lugar y por tanto no las hemos visto, y sobre todo se nos presentan unos hechos, unas actividades particulares sin connotaciones de ningún tipo, por lo que no puede desviarse nuestra opinión ni manipularse de manera alguna. Entonces me pregunto si todos al final nos ponemos en la piel de la protagonista para vengarnos, aunque es evidente que el espectador se da cuenta de los maltratos desde mucho antes que ella. Parece incluso que esté tan obcecada con olvidar su vida anterior que no se da cuenta de que lo que está viviendo es mucho peor, que realmente consiente demasiado y todos se aprovechan.
El escenario también es peculiar en el sentido de que si fuera el de un teatro éste se quedaría pequeño. Hay que tener en cuenta que ese lugar es un pueblo, un pueblo pequeño, pero con sus casas a tamaño real, sus gentes, sus coches, sus huertos, etc. Así que habría que imaginarse un lugar espectacularmente grande. Pero para ver lo que ocurre en todos los rinconces de ese pueblo nos debemos imaginar las casas. Es decir, no vemos puertas ni paredes, lo único que vemos son elementos distintivos de las personas que viven allí. Aunque los personajes llamen a puertas invisibles, arreglen jardines pintados en el suelo, escuchemos un perro que no se ve... Sin duda, el pueblo es en honor a ese perro que solo al final acariciamos con la mirada.
La película se presenta vacía de adornos y por tanto es importante que demos a la imaginación. Desde mi punto de vista está muy bien lograda, y pese a ocurrir todo en el mismo lugar para nada es aburrida. Al contrario, quieres seguir a ver cuál es el desenlace. Yo misma he llegado a creer que la protagonista terminaría dando su vida y que no merecía la pena.

El formato de la película se presenta, a modo de libro, en un prólogo y nueve capítulos. En el prólogo se nos describe Dogville. Sin duda, el perro y sus ladridos, aunque solo escuchemos y no veamos al animal, es un símbolo muy fuerte, tanto que al final el único superviviente de aquel recóndito lugar es el perro. En el prólogo se nos introduce desde arriba a un plano donde las calles aparecen escritas en el mismo a modo de pizarra. Pero a medida que la cámara se va acercando a las casas, vemos a la gente faenando en ellas. En una segunda observación, descubrimos objetos que parecen colgados de la nada, objetos que ciertamente tienen su protagonismo.
Dogville es un pequeño pueblecito junto a las Montañas Rocosas. Tiene una calle principal, la calle del Olmo aunque nunca hubo un olmo dando sombra allí, y varias familias que viven acurrucadas en sus desvencijadas casas. El pueblo tiene todo lo imprescindible, aunque carece de otras muchas cosas. Sobreviven como pueden, y entre ellos parece que son felices. Un narrador en off nos cuenta todo lo que va ocurriendo en el pueblo; solo es interrumpido por ligeros diálogos de los lugareños.
Tom Edison quiere ser escritor, es hijo del médico, un hombre retirado que recibe una modesta pensión con la que los dos viven. Tom es un holgazán y nunca comienza a escribir el libro que tiene en mente. Se escabulle a casa de su amigo Bill, que está estudiando para ingeniero, pero es demasiado estúpido y además él lo sabe. A Tom le gusta ir a su casa a regodearse ganándole a las damas, pero también para "cortejar" a su hermana Lis.
Además Tom se considera el ilustrador moral de las mentes de aquel pueblo. Así que organiza reuniones en la misión, una misión que carece de predicador, y mientras que lo esperan, Martha ensaya las partituras de piano sin pisar los pedales para no desgastarlo. Además, Martha se encarga de tocar una campana que avisa de todas las horas y se oye en todo el pueblo.
Chuck y Vera llevan muchos años casados pero, en el fondo, se odian. Tienen una infinidad de hijos con nombres mitológicos y religiosos. De todos ellos, el más perverso es Jasón y, evidentemente, mimado por la madre y tratado de inútil por el padre. Moses, el perro, pertenece a la familia, aunque no parece que le hagan mucho caso. Chuck se pasa de sol a sol en un huerto que tienen a las afueras del pueblo, de donde saca el alimento diario de la familia. Pero también muchos de los productos son llevados al mercado de la cercana Georgetown.
La única camioneta del pueblo pertenece a Ben, y a él no le importa comerciar y viajar haciendo pequeños favores a sus vecinos. También él les acerca a la ciudad. Ben visita un burdel una vez al mes, y aunque es un secreto a voces, se avergüenza de ello. Y además bebe.
Olivia es una antigua esclava de color que tiene una hija inválida. Está buscando trabajo en la ciudad, aunque no tiene mucho tiempo debido a los límites de su muchacha.
Jack MacKay es ciego. Nunca sale de casa para ocultar su tara, pero todo el pueblo conoce su problema.
May Ginger y Gloria regentan la única tienda del pueblo, y se aprovechan de que casi nadie sale fuera para encarecer los productos que venden.
En definitiva, es un pueblo honrado que vive a duras penas, apoyándose unos a otros y compadeciéndose de las penas ocultas de los demás.
Un día ocurre algo extraño. Tom pasea por las afueras cuando oye unos disparos. Poco después aparece una mujer que, evidentemente, está siendo perseguida. Cuando los gángsters llegan a Dogville, Tom ha escondido a la joven y les dice que no la ha visto. El jefe, al que no se le ve porque está oculto tras una cortina del coche, le tiende una tarjeta para que le llame por si la viera.
Cuando se van, Grace (Nicole Kidman) comienza a hablar con Tom. Ella quiere marcharse, pero Tom la convence para que se quede, pues en aquel lugar recóndito y perdido nadie vendrá a buscarla. Grace se queda sorprendida por la generosidad del joven pero también porque él no insiste para que le cuente su historia, historia que intentará olvidar.
Cuando Grace es presentada a los habitantes del pueblo, todos comprenden que es una fugitiva de gánsters y que deben protegerla, así que intentan ayudarla haciendo que sea útil, aunque en principio con desconfianza. Nadie quiere que les ayude porque no necesitan ayuda, hasta que un día Grace se pone a arreglar las grosellas de las tenderas. Poco a poco todos le abren sus puertas y le dan pequeños trabajos por los que terminarán dándole un pequeño sueldo. Grace les abre su corazón y se encariña con ellos. Se da cuenta de que no hay maldad allí. Y quiere quedarse. Cree que Chuck la odia, pues ella se muestra esquiva con él cuando le ayuda a recoger manzanas. Y después de hacerle ver a Jack que no tiene por qué ocultar su ceguera teme que el hombre quiera que se vaya.
Poco a poco, cada uno de los habitantes comienza a apreciar esos trabajos que no necesitaban, y quieren más. La toman como una valiosa posesión de la que no quieren deshacerse.
Cuando los carteles de su búsqueda empiezan a ofrecer recompensas, los vecinos celebran otra reunión. Tienen miedo y saben que están en peligro. A partir de aquí, a cambio de protegerla le bajan el sueldo y le hacen trabajar doble. A Grace no le importa. Empieza a entrar en una especie de trance del que le será imposible escapar, tan imposible que alguien tendrá que venir a salvarla.
Sus "protectores" empiezan a aprovecharse de ella, a gritarle, a tratarla mal y los varones abusan de ella sexualmente. Violada y humillada, ella no aguanta más. Cree que Tom, del que se ha enamorado, es su única salida y, sin embargo, él tiene dos caras y se pondrá de lado de los que más opciones tienen de ganar. La crueldad supera límites insospechados. La esclava hace los trabajos que nadie necesitaba y todos le exigen, incluso de malas maneras. Y un día decide huir con ayuda de Tom, pero éste la traiciona. De vuelta al pueblo pues Ben también se ha aprovechado de la situación, le ponen una argolla que tira de una cadena con una rueda de hierro que transporta allí donde va.
Por el día debe hacer las labores de todas las casas con el impedimento de hierro que le dificulta los movimientos, debe soportar humillaciones incluso de los niños, y es vejada por las noches cuando todos los hombres la visitan para satisfacer su placer.
Llega un momento en que ella parece que va a decaer, que se va a apagar como la llama de una vela, pero una fuerza interior le hace seguir adelante. Llega un momento en que el pueblo se quiere deshacer de ella y Tom decide llamar al gánster.
Cuando llegan los gánsters, se encuentran a una Grace humillada, con una correa de hierro al cuello, encerrada en una desvencijada cabaña... y Tom les pide su recompensa. Pero Grace es realmente hija del jefe de los gángsters. Su padre ha ido a buscarla porque quiere llevarla a casa. Tienen una conversación interesante sobre la arrogancia del ser humano.
En cierto momento Grace despierta del trance. No quería volver a su vida anterior, pero su vida actual es un tormento peor. Y se da cuenta de lo que debe hacer: quiere que desaparezca la maldad de ese pueblo y con él todos sus habitantes. Al final ella se ha convertido en el verdugo de sus torturadores. Solo al perro le permite vivir. Ha llevado a cabo su venganza y ha terminado su martirio. Ha terminado su pesadilla.

martes, junio 19, 2007

Amityville: La casa con vida propia

Hay casas que tienen alma, hay mansiones encantadas, hay lugares que tienen fuerzas extrañas, y aunque parezca que deliro, que me remito a literatura y cine, siempre hay algo que nos puede hacer abrir los ojos terroríficamente. Lo peor de estas historias es que tienden a exagerarse increíblemente.
Los hechos son ciertamente los que valen. Y aquí ocurrieron sucesos extraños en una época, sucesos que van acompañados por las percepciones de las personas que lo vivieron y/o sintieron cerca, convirtiéndose finalmente en historias embellecidas por el misterio que conllevan.

En la región de Long Island, cerca de Nueva York, hay un pequeño pueblo marítimo llamado Amityville. Es célebre por haberse rodado allí películas, como "Tiburón", y es famoso por las tétricas historias que circulan de boca en boca respecto a una mansión abandonada que nadie quiere comprar, aunque piden por ella un precio irrisorio. Esa terrorífica casa se sitúa en el número 112 de Ocean Avenue.
Remitámonos al 13 de noviembre de 1974, y a una hora concreta: las 3:15h. Ese día y a esa hora, en la enorme y antigua mansión de Amityville, un joven de 23 años, Roland De-Feo, masacró a toda su familia (padres, dos hermanos y dos hermanas). Para llevar a caso su macabra tarea, el joven los narcotizó durante la cena. Los cadáveres aparecieron acostados boca abajo y con los brazos cruzados bajo la cabeza. Los había fusilado con un arma de gran calibre.
Al día siguiente, el sádico se dirigió al bar donde contó lo que había hecho con todo lujo de detalles. Tras su confesión, fue encarcelado, juzgado y condenado a cadena perpetua.
Como explicación de lo sucedido, Roland De-Feo alegó que tanto la hora del suceso (3:15 a.m.) como el crimen en sí mismo fueron dirigidos por un ente superior que le dominaba y le obligaba a actuar; él sólo era un instrumento del verdadero "amo de la mansión".

Desconociendo los trágicos acontecimientos, un año después, George y Kathy Lutz compran la mansión por US$ 80.000, un precio muy bajo, teniendo en cuenta que el edificio cuenta con tres pisos, un gran balcón, un parque extenso que llega hasta un excelente muelle propio para embarcaciones, es decir, un terreno vastísimo donde se enclavaba la antigua y amplia mansión.
El 18 de diciembre de 1975, el matrimonio Lutz, con sus tres hijos y su perro se fueron a vivir en aquella misteriosa casa.

A su llegada, les esperaba un sacerdote, el padre Mancuso, que quería bendecir la casa. Cuando el sacerdote iba a rociar con agua bendita la entrada, se escuchó claramente una voz que decía: "¡Salga!" y el párroco recibió un fuerte empujón. Aun así, el padre Mancuso bendijo la casa, sin decir nada de lo que había pasado a la familia Lutz para no alarmarla.
Pero el sacerdote sufrió un extraño incidente cuando se dirigía a su parroquia, donde su vehículo fue "empujado" por una fuerza invisible, se abrieron las puertas y el maletero, el coche se escapó a su control y, tal como había empezado, todo cesó de repente.
El sacerdote decidió entonces advertir a George Lutz, pero en el momento en que se acercaba al teléfono, una potente fuerza se lo impidió.
Un repentino ataque de fiebre le postró en la cama, donde comenzó a delirar.

La familia, hasta entonces feliz, empezó a cambiar radicalmente, como si una fuerza extraña y maligna se estuviera apoderando de todos y cada uno de ellos. Los chicos se peleaban constantemente, George descuidó su higiene hasta límites insospechados, dejó su trabajo y se volvió obsesivo con alimentar la chimenea sin cesar, incluso en verano, así que siempre estaba partiendo leña. Su esposa castigaba a los hijos en demasía, incluso llegó a pegarles con una vara de madera y con el cinturón.
Durante su horrible estancia en aquel lugar ocurrieron muchos sucesos extraños: invasiones de moscas en invierno, inodoros cubiertos de una sustancia negra difícil de etiquetar, ruidos y golpes constantes cuya procedencia ignoraban, la inmensa puerta de entrada se descolgó inexplicablemente, quedando colgada solo de una bisagra, además de un dolor desagradable que les acompañaba en cualquier rincón de la casa, un crucifijo apareció colgado al revés...

Una noche, a las 3:15h. de la madrugada, George paseaba con el perro por el muelle cuando, al mirar a la mansión, vio asomada a la ventana a su hija más pequeña junto a la maquiavélica imagen de un cerdo de ojos rojos. Fue corriendo a la casa y encontró a su hija y al resto de su familia durmiendo boca abajo y con los brazos cruzados debajo de la cabeza.
Al día siguiente, Kathy encontró a su hija hablando con alguien invisible que era -según la niña- un cerdo llamado Jodie, al que solo la pequeña veía y que le había enseñado una canción de la región que nadie de la familia conocía hasta entonces y, por tanto, la niña no la había escuchado. George no dijo nada a su esposa de la visión de la ventana de la noche anterior.

Pasaban los días. Otra madrugada, a las 3:15h., el señor Lutz se despertó por los fuertes golpes que parecían provenir desde el mismo esqueleto de la casa. Oyó a su perro ladrar enloquecido en el muelle y, al asomarse a la ventana, vio un espectro humanoide flotando en aquel lugar y al perro que, pese a sus ladridos, era incapaz de acercarse a aquel extraño ente.
Llegó un momento en que todo se tornó más agresivo y empezaron a pensar en verder la casa. Un día, al final de un oscuro pasadizo, descubrieron una pequeña habitación pintada completamente de rojo, que desprendía un fétido y penetrante olor.
A partir de aquel día, aumentaron las rarezas de la casa: se intensificaron los ruidos y los golpes, las puertas y ventanas se abrían solas aunque estuvieran herméticamente cerradas, el olor se convirtió en algo inaguantable.
Una noche, Kathy estuvo a punto de tirarse por la ventana, guiada por una fuerza superior. Su marido se despertó a tiempo para evitar el desastre.
La noche de Navidad, la familia se reunió muerta de miedo. Cuando se dirigían a misa la furgoneta no arrancaba, aunque estaba en perfectas condiciones. Ya habían decidido marcharse de aquel espantoso lugar.
Buscaron ayuda en un médium, que les aconsejó alejarse inmediatamente de aquel siniestro lugar pues "las fuerzas malignas que anidaban allí eran muy potentes y era imposible combatirlas".

A las 3.15h. del 14 de enero de 1976, George se despertó sintiendo una presencia parada en su estómago. Los chicos estaban asustados y gritaban enloquecidos. Los muebles y demás enseres de la casa se movían de un sitio a otro en un frenético baile incapaz de controlarse. El olor nauseabundo había inundado intensamente todas las habitaciones. Las ventanas de habían cerrado repentinamente y faltaba el aire. La pesada puerta de entrada fue arrancada de sus goznes. La familia echó a correr hasta la furgoneta. En el momento de arrancar, ésta no se movió. Entonces todos empezaron a rezar, cada vez más alto, hasta que el automóvil se puso en marcha. Se fueron con lo puesto, no pudieron llevarse nada, pero huyeron de la pesadilla, aunque tiempo después parecía que una fuerza extraña todavía les perseguía.

Desde entonces la casa está a la venta, a pesar de su ínfimo precio. Nadie se ha atrevido a desafiar a los "habitantes" de su interior, ni nadie se ha dignado a pasar la puerta de entrada para establecerse allí.

Nunca se descubrió el terrible suceso que aconteció en el pasado para que se haya terminado convirtiendo en una casa maldita.