
Cuando hablo de Pakito mucha gente me pregunta si es mi novio. Mis amigos de La Rioja le conocen todos, la gente de mi facultad también y muchas otras personas se ríen cuando se me cae la baba hablando de él. Pero no me sale llamarle “loro” porque realmente y en estos momentos ese Yako gris de cola roja ha pasado a formar parte de la familia, incluso creo que mi madre le quiere más a él que a sus propios hijos.
En septiembre hizo dos años desde que me fuera a vivir a un piso con dos amigas. Cerca teníamos una tienda de animales en cuyos escaparates nos quedábamos anonadadas mirando a los bichos. Así es como enseguida me encapriché de una mascota. Hubiera preferido un perro pero sé que en casa no me secundarían, así que me fijé en unos siameses recién nacidos que parece que te estaban diciendo que te los llevaras.
En las ferias de Salamanca se lo comenté a mi madre (mis padres siempre se pasan por aquí en las fiestas de septiembre). A mi progenitora no le hizo mucha gracia que me llevara un gato y empezó a ponerme todo tipo de excusas, que no hicieron efecto alguno en mí. Tras mucho insistir y viendo la ilusión que yo tenía me ofreció pasarnos por la tienda de animales.
Evidentemente lo que se veía en el escaparate era una mínima parte en comparación con todos los animales que había dentro. Nada más cruzar la puerta casi me tengo que salir de nuevo. Junto a la entrada había una enorme serpiente. Tengo fobia y soy inacapaz de mirarlas. La serpiente estaba en una urna, pero mi pánico es tan grande que empiezo a imaginarme que consigue salirse y otras paranoias de ese estilo. El caso es que vencí mi miedo y entré.
Me encontré a mi madre mirando fijamente hacia una cristalera. Y allí estaba, ante mis ojos, el loro que horas después tendría en mi poder. Mi madre se encariñó con el ave nada más verlo y mientras preguntaba precios yo me puse a hacer el payaso delante del animal, a hablarle vocalizando exageradamente y a gesticular mucho. Yo sé que le gusté porque no me quitaba ojo.
Una hora después cruzábamos las calles de Salamanca con una jaula gigante, que iba tapada. Yo iba contentísima, pues mi madre se iría y el animal se quedaría allí. Además era algo nuevo para mí, pues nunca había tenido responsabilidad íntegra sobre un animal, a pesar de que por mi casa en el pasado hubo perros, gatos, canarios y hasta los asquerosos hámsters. Pero un loro era un animal que causaría furor, sobre todo a la gente que nos viniera a ver al piso. Porque todos querrían verle, como si fuera aquello un zoológico. A mí no me hacía gracia porque a Pakito la gente desconocida le asustaba.
Le hice un hueco en mi habitación y enseguida empecé a compartir mi vida con él. Limpiar la jaula dos veces al día no era cosa fácil, sobre todo al principio, pues yo era una desconocida para él, y no paraba de berrear cada vez que le movía de un sitio para otro. Después empezó a acostumbrarse y ¡que no se me pasara la hora! que le gustaba estar limpio aunque pronto lo pusiera todo hecho un cristo.
Nos acostumbramos el uno al otro, y conmigo dejó de gruñir e incluso decía sonidos guturales cuando estábamos solos. Todos los días a las 7 de la mañana en punto me despertaba con un “cu-cu”. Y hasta que no me levantaba y le decía algo no callaba. Y así es Pakito (nombre que le puse desde el primer día), si no le prestas atención o se queda solo empiezan a salir de su pico todo tipo de sonidos hasta que viene alguien y le hace arrumacos. Cuando no le haces caso, cuando quiere que le limpies la jaula, cuando quiere comida... sabe pedirla.
En el momento en que cogió confianza, cada vez que acercaba mis manos a la jaula, se tiraba a picarme. Nunca lo consiguió en aquella época (aunque sí después).
Me habían dicho que tenía que hablarle mucho. Y yo esto lo cumplía a rajatabla. No le gusta el silencio, comprobado lo tengo. Pero en aquellos días me lo pasaba muy bien sentándome frente a la jaula, sacando un álbum de fotos y presentándole a mi familia mediante imágenes. Él me miraba fijamente como si se tratara de un buen alumno asimilando la lección. Después le narraba cuentos o cualquier historia que se me ocurría. Mientras yo me enfrascaba en esa oratoria sin parangón o en un monólogo inmensamente largo, él callaba y me escuchaba.
Cuando me tenía que ir le dejaba Cadena Dial puesta para que se deleitara escuchando canciones, porque algo que descubrí muy pronto es que Pakito adora la música. Y si se ponía a gruñir nada como ponerle alguna canción, sobre todo instrumental, para que se calmara. Pues en el mes y medio que estuvo en Salamanca mucha gente que venía a vernos se pasaban a ver a Pakito. Esos momentos los odiaba, pero no podía decirles que no, aunque enseguida les decía que le habían asustado. Un día entró alguien e hizo un movimiento brusco con los brazos hacia arriba delante de la jaula. Pakito estuvo gruñendo todo el rato. Y yo me cabreé, claro. Pero no con Pakito, al fin y al cabo, el loro estaba muy tranquilo y alguien vino a tocarle las narices.
Los buenos momentos llegan a su fin. Un día el casero dijo que iba a venir por si necesitábamos algo. Encima nuestro casero se llamaba Paco (suena a guasa, aunque el nombre no se me ocurrió por el casero). Cuando se enteró mi madre me saltó que es posible que no aprobara que tuviéramos un bicho “ruidoso” en el piso y aprovechó un viaje a tierras charras de una persona muy allegada a mi familia para que mandara a casa a Pakito, con comida de repuesto y otras cosas.
Y muy a mi pesar tuve que despedirme de Pakito. Cuando le entregaba la jaula a J. se me caían las lágrimas. Curiosamente este hombre sabía mucho de este tipo de animales, pues no me habló para reconfortarme sino porque entiende de pájaros: “No te preocupes, si a alguien recordará será a ti porque eres la primera persona con la que ha estado, y cada vez que vuelvas a casa te recordará y se pondrá muy contento. No te va a olvidar aunque estés muchos años sin verle”.
También me dijo otras cosas como que tardaría en hablar de seis meses a dos años y que comía más cosas aparte de pipas sin sal. Siempre le di comida única, pues aunque yo intentaba deleitarle con todo tipo de comida para loros, lo que prefería comer eran pipas. Le hice rabiar muchas veces, le hacía gruñir, y al final terminaba llenándole todos los recipientes de pipas, que para él venía a ser nada menos que un festín.
La primera noche en mi casa me llamaron varias veces preguntándome si Pakito era igual de gruñón siempre, pues desde que había llegado no paraba de berrear, como si estuviera enfadado. Les dije que se tenía que habituar a ellos, que debían darle tiempo y que cuando se hubiera acostumbrado a tanta gente intercambiaría esos sonidos horribles por otros guturales y más suaves: “cu-cu”, ladridos y una vocal: la u.
Y Pakito empezó su nueva vida sin mí. Se acostumbró a las nuevas personas y empezó a imitar otro tipo de ruidos. Su jaula estaba junto a la de un canario y cuando éste empezaba a cantar Pakito empezaba a gritar, supongo que para que le hicieran más caso a él que al trino del canario. Enseguida empezó a imitarle.
Un día estaba ensimismada leyendo La sombra del viento (me acuerdo perfectamente de esta época y de todos los libros que me leí en tan sólo 15 días), uno de los mejores libros que me he leído nunca, cuando de repente oí silbar; pensaba que provenía de uno de mis hermanos, y estuve esperando a ver si aparecía. Pero mi hermano no venía. Al cabo de un momento se oyó el mismo silbido. Entonces miré a Pakito. Era él quien estaba silbando como suele hacerlo mi hermano.
En la actualidad (o al menos en el mes de agosto, que es la última vez que le vi) decía alguna palabra suelta. Es capaz de decir nombres, imita todo tipo de sonidos, grita como un cosaco (sobre todo cuando mi madre habla por teléfono, y a veces me lo pone al habla). Lo mejor es que no le gusta quedarse solo y cuando esto ocurre comienza a gritar hasta que alguien viene a hacerle compañía. Es cariñoso. Se cela con el canario si te acercas a la jaula del pequeño y, sobre todo, si quieres escuchar a Pakito, ésta es la mejor manera de que salgan sonidos de su pico: dándole celos con el canario.
Cuando llego a casa se ahueca de alegría y empieza a moverse de un lado a otro sin parar. Desde hace unos meses se ha convertido en todo un señor que se pasea de un lado para otro, pues un día le dejaron la puerta abierta y ahora su sitio predilecto está encima de la jaula, y no dentro. A nadie le gusta estar encerrado, y Pakito prefiere pasar casi todas las horas en el exterior, sólo entra para comer o en verano para que le sacaran a la terraza. Es como uno más. Cuando el canario canta, camina hasta donde está y hace como que le picotea. Imagino que quiere hacerle callar, aunque pocas veces lo consigue.
Y ese es Pakito. Ya tengo ganas de verle.