En 1902, el norteamericano Theodor Davis obtuvo un permiso del gobierno egipcio para realizar excavaciones en el Valle de los Reyes. En los doce años en que disfrutó de esta concesión descubrió sepulcros como los de Siptah, TutmosisIV y Horemheb, y halló la momia y el féretro del rey hereje (o reformador religioso) Amenofis IV, esposo de Nefertiti.
En 1914, la concesión cambió de manos, yendo a parar a los ingleses Howard Carter y su gran amigo Lord Carnarvon. Dedicaron los cinco años siguientes a una infructuosa búsqueda en el Valle de los Reyes.
Lord Carnarvon se había convertido en un coleccionista apasionado y buen conocedor. Cuando hereda su gran fortuna tiene 23 años y se va a dar la vuelta al mundo en un velero. Un accidente de coche le deja secuelas respiratorias y, por prescripción facultativa, decide aunar sus aficiones arqueológicas y la conveniencia de su salud yéndose a Egipto. Sin embargo, tenía deficiencias en su formación que suplió junto al egiptólogo Howard Carter.
Carter comenzó su carrera como dibujante. Era ya un hombre prestigioso, y a su experiencia como excavador unía una innegable audacia que le daba un valor añadido.
La colaboración entre estos dos hombres, a los que separaba una gran diferencia de edad fue excepcional.
Por aquel entonces, los estudiosos estimaban que cuanto se podía descubrir en el Valle de los Reyes se había descubierto ya. Una misión tras otra, apresuradas y sin un plan fijo muchas de ellas, habían arrojado cascotes sobre lo descubierto en la expedición anterior. Aquello era como una inmensa área de derribos cuando los dos hombres se propusieron excavar con método. Decidieron limpiar meticulosamente un área triangular comprendida entre las tumbas de Ramsés VI, Merneptah y Ramsés II. Así lo hicieron, pero la tumba de Ramsés VI recibía gran afluencia de visitantes, y, para no molestarlos, decidieron no continuar sus excavaciones en las inmediaciones de su entrada; junto a ella, habían encontrado unas chozas de obreros de pedernal correspondientes a la XX dinastía.

Pasan así tres años más sin fruto, y decidieron que no dedicarían más que el siguiente año al Valle de los Reyes. Pasaron a despejar el último vértice del triángulo, donde estaban las chozas de pedernal. Lord Carnarvon se había ido a Gran Bretaña. Empiezan a excavar el 3 de noviembre de 1922, y al día siguiente bajo una grada de piedra, descubren la tumba de Tutankamon.
Retiran una grada tras otra, y llegan a una puerta cerrada, tapada con argamasa y sellada. Si está sellada es porque contiene un enterramiento, y que éste no ha sido violado. En ese momento, como signo de respeto y consideración, Carter decide no continuar antes de avisar a Lord Carnarvon y esperar su llegada. Al explorar la tumba, se encontraron con que había sido saqueada. Pero el saqueo había sido apresurado, y la mayor parte estaba intacta.
Hubo una respuesta de colaboración incondicional por parte de todos los hombres de ciencia de la comunidad internacional, que ofreció su ayuda con mucho entusiasmo y desinteresadamente en algunos casos. Esto da indicio de la fascinación que produjo el descubrimiento que ya por entonces producía el Antiguo Egipto y que no ha cesado de agigantarse hasta nuestros días. Los científicos estudiaron desde las ofrendas florales hasta los materiales empleados para embalsamar al faraón. Por la osamenta establecieron que había fallecido entre los 17 y los 19 años.
Es comprensible la sensación que aquello provocó: era el mayor, más rico e impresionante de los tesoros arqueológicos descubiertos jamás. Había tesoros por doquier: en la antecámara, en las cámaras laterales y en la cámara del tesoro, llena hasta arriba de estatuas, sarcófagos en miniatura, modelos de barcos.
Por último estaba la cámara sepulcral con los 4 sarcófagos superpuestos de madera dorada, que contenían cuatro ataúdes encajados uno dentro de otro. El último, de oro macizo, albergaba en su interior la momia del faraón y su famosa máscara de oro con oscuros ojos de vidrio.
Para empañar la bella relación de amistad y colaboración, Carter y Carnarvon tuvieron diferencias entre sí y con los gobiernos inglés y egipcio a la hora de determinar la parte que de aquello correspondía a cada uno. Así se venían abajo aquellos quince años.
Cuatro meses después de abrir la tumba, una misteriosa enfermedad, causada por una picadura de mosquito, postraba al lord. Los dos hombres se reconciliaron en su lecho de muerte. Falleció en abril de 1923. Su muerte, a la que siguieron las de varias personas relacionadas con la apertura del sarcófago, inició la leyenda de la maldición del faraón.

La tumba de Tutankamon


El diseño es típico de los reyes de la XVIIIª dinastía. En la entrada de la tumba hay una escalera que conduce a un corto pasillo. La primera sala es la antecámara, donde se encontraron muchos de los artículos domésticos para el viaje de Tutankamon a la eternidad. Detrás de esta pared hay un anexo y en el fondo hay una abertura que conduce a la cámara del entierro.

Esta cámara estaba protegida por dos estatuas centinelas negras que representan el ka (alma) real y simbolizan la esperanza del renacimiento (cualidades de Osiris, que resucitó después de muerto).

La cámara de entierro contiene el sarcófago y el ataúd de Tutankamon. Sus paredes están pintadas con escenas de Tutankamon en el más allá: el ritual de "la apertura de la boca" para dar vida al difunto, la corteza solar sobre la que viaja al más allá y el ka de Tutankamon en presencia de Osiris.


De la cámara de entierro se accede a la cámara del tesoro, donde se encontró el magnífico "canopic" dorado. Era el objeto más impresionando del tesoro.
Un pecho de oro sostenía cuatro tarros con las vísceras del faraón muerto (pulmones, estómago, intestinos, hígado).


Cuatro diosas protegían el santo lugar: Neith al norte, Selkis al sur, Isis al oeste y Nephth al este. También se encontraron en esta sala 35 modelos de barcos y una estatua de Anubis, representado como un dios con cabeza de chacal.

Para perpetuar la conservación, todos estos tesoros se llevaron al Museo Egipcio de El Cairo.
La maldición de Tutankamon
Se corría entre los egipcios una leyenda. Se decía que todo aquel que violara la tumba del faraón Tutankamon encontraría muerte por su profanación. Una maldición ancestral, mística y horrenda que escapaba desde las gélidas paredes de la tumba subterránea y que detenía a todo aquel que se acercara a ella, con la excepción de Carter y su equipo.
Sintiéndose muy solitario y cansado, Carter había instalado en la tumba - donde trabajó diariamente durante 16 años - una jaula con un canario, cuyo canto ponía algo de alegría en el sombrío ambiente. Una tarde notó que el canto se interrumpía bruscamente y, al levantar la vista, vio una cobra (la serpiente guardiana de los faraones y encarnación de la diosa Edjo) devorando a su infortunada mascota...
La maldición comenzó a confirmarse. Lo que empezó como un simple rumor terminó por convertirse aparentemente en trágica realidad. La muerte de Lord Carnarvon fue el gatillo que disparó la imaginación del mundo entero. Murió diez meses después de haber penetrado en la Cámara Real. George Edward Molyneus Herbert, más conocido como el quinto conde de Carnarvon, había tomado la egiptología y la arqueología con la misma pasión que otros millonarios y miembros de la nobleza toman los deportes o la sociedad. Mientras que se encontraba en los días del sensacional descubrimiento fue picado por un mosquito en la mejilla izquierda. No le prestó la menor atención a la picada de mosquito, un incidente que ocurría a diario a millares de turistas y locales. Una semana después, mientras que se afeitaba se cortó encima de la picada anterior.
Un par de días más tarde comenzó a sentirse mal de salud. Y se agravó tanto que tuvo que ser trasladado a El Cairo con urgencia. Una grave infección le había atacado la garganta, el oído interno y el pulmón derecho. Los doctores de El Cairo le dieron varias inyecciones de suero que, aparentemente, detuvieron el curso de la enfermedad. Pocos días después un ataque fulminante de neumonía se extendió por ambos pulmones.
Tras sufrir una terrible agonía plagada de dolores horrendos y deformaciones físicas, incluida la caída de todos los dientes, en abril había muerto. Un continuado ataque de tos hizo que su corazón fallara a las dos de la madrugada.
En ese mismo instante, Suan, su perra fox-terrier, comenzó a aullar en Inglaterra muriendo en brazos del mayordomo. La familia Carnarvon, reunida en el hotel Continental Savoy de El Cairo recibió la noticia por la enfermera que lo había cuidado. Nada más terminar la frase todo quedó a oscuras; un fallo en el suministro de energía dejó sin luz a toda la capital egipcia.
Inmediatamente y posterior a su muerte los rumores sobre la "maldición" se hicieron eco en los periódicos y medios informativos. ¿Por qué? -se preguntaban- ¿un hombre con apenas 57 años, saludable y sin enfermedades anteriores, había de sucumbir ante la picada de un mosquito? A estas alturas surge un egiptólogo que afirmaba haber descifrado la inscripción que había sobre la entrada en la tumba. Según el egiptólogo esta inscripción decía: "La muerte vendrá con alas ligeras sobre todo aquél que se atreva a violar esta tumba". La famosa inscripción jamás pudo ser encontrada nuevamente ya que los trabajadores de Carter destruyeron la pared que la tenía escrita.

Los faraones tenían una especie de miedo masivo y patológico a la violación de sus tumbas. La muerte en el Egipto Antiguo no era símbolo de miedo o terror. Morir era liberarse y emprender el viaje al País del Infinito, de la Inmortalidad. Sin embargo, para que este viaje estuviera garantizado era necesario preparar a los cadáveres mediante la momificación y después ocultarlos para siempre mediante tumbas inviolables. El fracaso de estas medidas hacía que el alma del egipcio vagara eternamente sin encontrar reposo. Aquellos ricos que se podían permitir el lujo de cámaras secretas y subterráneas se tomaban gran parte de su fortuna para garantizar la inviolabilidad de su muerte. Se hacían innumerables pasadizos secundarios que no conducían a ninguna parte y que despistaban a los violadores. En el caso de los faraones, las precauciones alcanzaban características casi sobrehumanas.
Lord Carnarvon tenía un medio hermano, Audrey Herbert, que lleno de entusiasmo por el descubrimiento de su pariente y Carter se trasladó a Egipto a fin de estar presente cuando encontraran la Cripta Final. A su regreso a Londres, sin causa prevista o lógica cayó muerto en el piso de su dormitorio mientras se preparaba para tomar un baño. Carter calificaba lo sucedido con comentarios como: se tratan de teorías sin sentido... tonterías.
Sus allegados decían que estaba sumamente alterado por estas muertes, especialmente cuando su más cercano ayudante, Arthur Mace, siguió la misma suerte de los Carnarvon.
Mace fue el hombre que, con una barra de hierro, rompió los últimos pedazos del sello que separaba al mundo exterior de la Cámara Real. Poco después moría de forma fulminante en el mismo hotel que ocupaba Lord Carnarvon en El Cairo. Los médicos se encontraron imposibilitados de dar una explicación científica a su repentina muerte. Pero aquí no se detenía la aparente maldición.
Sir Douglas Reíd, el radilogista que había trabajado bajo las órdenes de Carter sacando radiografías de la momia en la tumba, seguía el mismo camino. Repentinamente enfermó de cansancio y agotamiento, tuvo que regresar a Suiza, su país natal. Allí fallecía dos meses después sin causa conocida.
Seguían las muertes violentas. La secretaria de Carter, Bethel, moría de un ataque al corazón. Cuando su padre se enteró de la noticia (también había estado en la Tumba) falleció al lanzarse de un séptimo piso.
Un profesor canadiense, amigo de Carter, recorrió la Tumba poco después del hallazgo, sólo para regresar al hotel en El Cairo y morir víctima de un ataque cerebral.
El pánico corría como las olas de viento polvoroso en el desierto. De innumerables fuentes llegaban noticias de que los trabajadores que participaran en la excavación también morían por igual. ¿Sería cierto todo aquello?
Todavía faltaba lo principal, lo más horrendo. La momia de Tutankamon fue llevada a la Universidad de El Cairo en noviembre de 1925. Tenían que hacerle la autopsia bajo el escalpelo profesional del doctor Douglas Derry, una autoridad en la materia. Derry, en un silencio de muerte, tomó el escalpelo y realizó una incisión directa en los vendajes exteriores de la momia. Los vendajes cayeron a ambos lados mostrando 143 pequeñísimos bolsillos, cada uno de ellos guardando una piedra preciosa. Alrededor de su cuello estaba el "collar de la protección", según la religión egipcia, confeccionado en hierro. Los brazos estaban cubiertos con magníficos brazaletes: siete en el derecho y seis en el izquierdo. Cada dedo de sus manos tenía un anillo de oro macizo. El abdomen estaba cubierto con capas de misteriosos objetos, también de oro macizo. Todos ellos tenían forma de T. La cabeza estaba cubierta con una magnífica diadema de oro y, separándola del afeitado cráneo (según la moda egipcia), había una malla de finísimo oro batido. Por fin todos los adminículos y ornamentos fueron separados. Los presentes dieron un suspiro de asombro.
Las facciones del Faraón Niño aparecían serenas, casi vivas, perfectamente conservadas. En la mejilla izquierda, casi bajo el lóbulo de la oreja, tenía una depresión en el hueso. Se especuló que quizás de aquello había muerto el faraón: una fractura en el hueso y un derrame cerebral. Sin embargo, jamás se encontraron pruebas para garantizar esta teoría como válida.
La voz del pueblo se entera de todo. De algún lugar surgió el rumor de que el Faraón tenía una marca en el mismo lugar en que Lord Carnarvon fue picado por el mosquito. Y esto era cierto. De allí en adelante se esperó la muerte de los asistentes a la autopsia de un momento a otro. La prensa se cebaba en ellos. Las personas en la calle los consideraban como "muertos en vida." Incluso científicos amigos se alejaban de sus alrededores.
Lo cierto es que uno de ellos, que ayudó al doctor Derry en la autopsia, murió poco después de un ataque al corazón. El principal ejecutor de la autopsia, el mismo Derry, sobrevivió hasta pasados los 80 años. La teoría de la maldición tenía sus pros y sus contras. Carter sobrevivió su descubrimiento hasta los 67 años y murió de aparentes causas naturales.
Sin embargo había algo que llamaba la atención. Los dos asistentes principales, los dos "secundarios" en los momentos cruciales de la profanación, habían muerto. Uno de ellos era Lord Carnarvon; el otro fue el radiologista Carlyle, ayudante del doctor Derry. ¿Coincidencia?

Los que se dedicaron a explotar la leyenda sensacionalista de la "maldición" ampliaron sus explicaciones.
Según ellos, Lord Carnarvon representaba la fuerza monetaria que había hecho posible las excavaciones. Sobre él debía caer la maldición y no sobre Carter, que era un simple egiptólogo pagado por el Gobierno. En el caso de Carlyle se llegó a la conclusión de que, tras de la incisión primaria efectuada por el doctor Derry, el resto de la operación fue realizado por su ayudante. En otras palabras, fue la mano ejecutora. Esta explicación tiene lógica. En este caso la maldición faraónica hubiese alcanzado al instigador y al profanador.
Los médicos en la actualidad tienden a explicar la muerte de Lord Carnarvon y la de varios miembros de la expedición mediante los últimos descubrimientos. Con toda seguridad (según ellos) Lord Carnarvon fue infectado por la picada del mosquito. Esto trajo como consecuencia que, en ausencia de los antibióticos que aún se desconocían, la muerte fue inevitable.
Para 1935 la cifra total de muertos relacionados con Tutankamon sumaba 21 y varios recopiladores de sucesos la elevaron hasta 30. Lo cierto es que hasta para el más escéptico la lista más pequeña resulta impresionante.A esto se deben añadir los sucesos posteriores ocurridos en la década de los años 60, consiguiendo que la maldición de Tutankamon volviera a ser titular en los periódicos.
Mohammed Ibrahim, en esa época director egipcio de Antigüedades, intentó impedir que varias reliquias halladas en la tumba fueran a París. Había sufrido una serie de pesadillas que anunciaban su muerte si las dejaba salir de Egipto. El Gobierno le obligó a aprobar el traslado y ese mismo día murió atropellado.
El doctor Ezze-din Taha, de la Universidad de El Cairo, descubrió que varios arqueólogos y personas que trabajaban con restos antiguos solían padecer infecciones en la vías respiratorias debidas a la existencia de diversos hongos. En 1962 expuso que la famosa "maldición" podría tener origen en estos peligrosos hongos. Al salir de la conferencia tomó su coche. En la larga carretera de El Cairo a Suez chocó frontalmente contra otro coche. La autopsia demostró que su muerte se debió a un fallo cardíaco ocurrido pocos segundos antes del accidente.

Durante la década siguiente la maldición continuó. En 1972 el nuevo director del Departamento de Antigüedades egipcio, Gamal ed-Din Mehrez, sucesor de Ibrahim, afirmó a Philipp Vandenberg que no creía en la maldición: Fíjese en mí, toda la vida he estado trabajando con tumbas y momias. Seguramente soy la mejor prueba de que todo son coincidencias. Gamal murió la noche siguiente a la supervisión del empaquetado de los objetos destinados a la exposición que se iba a celebrar en Londres. Los miembros de la tripulación del avión que efectuó el traslado a la capital británica se vieron también alcanzados por la maldición. El teniente Rick Laurie murió en 1976 de un infarto. Su esposa se volvió loca y contaba a todo el mundo que su marido murió por culpa de la "maldición". El ingeniero de vuelo Ken Parkinson sufrió seis infartos y murió en 1978. El oficial Ian Lansdown confesó haberse burlado de la "maldición" dando una patada al cofre que transportaba la máscara. Se fracturó esa misma pierna al romperse una escalera de hierro y su curación se complicó hasta que pasados seis meses pudo volver a andar. La casa del teniente Jim Webb se incendió mientras pilotaba el avión hacia Londres. Y Brian Rounsfall que se burló, junto con Ian, de la "maldición", dedicándose a jugar a las cartas sobre la caja que contenía el sarcófago sufrió dos infartos el año siguiente.
La lista continuó de nuevo en los años 80 destacando la filmación de la película "La maldición del rey Tut" en la que se usaron objetos pertenecientes a Tutankamon. El protagonista, Ian McShane, cayó con su coche por un acantilado el primer día de grabación rompiéndose la pierna.
Parece ser que la maldición lleva años inactiva. Quizás sea auténtica, quizás sólo sean coincidencias sorprendentes, pero ahí está en pie desafiando a cualquier explicación. ¿Es cierta la leyenda del faraón Tutankamon? Sólo la máscara inmutable de su rostro guarda la solución.





































