Orfeo, además de guerrero, era un extraordinario músico. Era hijo de Apolo y Clío, la musa de la Historia, y se había hecho famoso por su maestría para tocar la lira. Su talento era tal que, cuando tocaba o cantaba, los animales salvajes acudían a él para oírle, y los árboles se mecían suavemente; las rocas se desgajaban de las montañas, atraídas por la melodía, y los ríos suspendían su curso para no molestarle con el murmullo de sus aguas.
Durante la expedición de los Argonautas, Orfeo inmovilizó las aguas con sus cantos, propiciando al navío Argos deslizarse sobre el mar. También con sus cantos fijó definitivamente a las Simplegadas, rocas terribles que, al moverse, amenazaban a los navíos. Además, con sus melodías, adormeció al dragón de guardaba el Vellocino de Oro, venció a las Sirenas y permitió a los Argonautas escapar de sus irresistibles cantos. Tan maravilloso era el poder de su voz y de su armoniosa lira, que adormecía incluso a las divinidades infernales. Cuando Orfeo regresó de la expedición realizada con los Argonautas, tomó por esposa a la bellísima Eurídice, a la que amaba apasionadamente.
Un día que la hermosa joven huía de la persecución de Aristeo, fue mortalmente picada por una víbora que estaba en la hierba. Desesperado por la muerte de su mujer, Orfeo intentó inútilmente calmar su inmenso dolor errando por los bosques y por las montañas con la única compañía de su lira, pero nada le hizo olvidarla. Entonces Orfeo decidió bajar a los Infiernos para recuperarla.
Una noche bajó al subterráneo reino de los Muertos y de las Sombras, haciendo sonar dulcemente su lira. Al oírle, las Sombras se despertaron y le rodearon, encantadas por la música. También las serpientes que tenían las Furias en sus cabezas se aplacaron y dejaron de silbar. Hasta el Can Cerbero dejó de lanzar sus espantosos ladridos. Sin excepción, todos los habitantes del reino de los Muertos parecieron inmovilizarse ante el músico que pasaba ante ellos. Haides y Perséfone, los soberanos de los Infiernos, lo escucharon conmovidos. Tan apasionadamente cantaba Orfeo a su esposa que su acento halló eco en el corazón de los dioses. Así que Haides le dijo:
Y así, Orfeo, seguido de su esposa, se encaminó hacia la salida del reino de los Muertos. Pero cuando faltaba ya muy poco para llegar al final, Orfeo, cediendo a su amor y olvidando la condición impuesta, se volvió para mirar a Eurídice. Inmediatamente, la mujer fue tragada por las sombras y desapareció para siempre.
En vano la buscó Orfeo en las aguas de la Estigia y en el oscuro fango de las cavernas. Como Caronte, el barquero infernal, no le permitió quedarse en el Hades, el infeliz músico tuvo que regresar a la tierra, desconsolado.
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