jueves, enero 29, 2026

Viaje a Nápoles y la Costa Amalfitana: Sorrento I

Anochece en Sorrento (desde un barco)

Pensar en Sorrento siempre me produce una especie de calma inusual. Si volviera al sur de Italia no me importaría volver a alojarme en Sorrento. Comenté mis sensaciones con mi novio y él piensa igual. Llevaba mucho tiempo demorando escribir sobre este momento y ya ha llegado. 

Sorrento: última parada (y fin de la vía)

Sorrento en una ciudad relativamente pequeña, en el golfo de Nápoles, justo enfrente a media hora de barco, y desde donde se tiene una panorámica extraordinaria de toda el golfo, incluida la mole del monte Vesubio. En un principio nosotros teníamos pensado ir a Nápoles y, desde allí, recorrer algunas poblaciones de la Costa Amalfitana, pero finalmente le propuse a mi novio alojarnos en Sorrento y dejar para los últimos días Nápoles.


Así que aterrizamos en el aeropuerto de Nápoles, de nombre Ugo Niutta, y de allí intentamos buscar un metro que nos llevara a la estación central y desde allí subirnos a la sobrecargada línea Circumvesuviana, que como bien indica su nombre, recorre todo el golfo alrededor del Vesubio. Después de intentar sacar unos billetes de metro en el aeropuerto optamos por el taxi que nos llevó a la Stazione Centrale Garibaldi. Así que ya el primer día vimos el bullicio napolitano, pero también los edificios decrépitos y banderas con la efigie de Maradona por todos los lados. Lo único que nos avisó el taxista es que tuviéramos cuidado con los bolsos, porque había mucho carterista, sobre todo en la estación central.

Una de las cosas sorprendentes de Nápoles es que la ciudad tiene edificios muy viejos, fachadas decrépitas, suciedad y basura, pero tanto el aeropuerto, como la estación central (y el metro, que visitaríamos días más tarde) son novísimos, de acero y cristal, como si los hubieran construido ayer.


En Garibaldi no tardamos en encontrar la taquilla de la Circumvesuviana y nos subimos a un tren abarrotado. A mitad de camino una familia de argentinos decían que faltaban cuatro paradas y yo, que estaba mirando mi móvil, pensaba que faltaban muchas más. Aparte de abarrotado, el tren hace por lo menos treinta paradas, pero es interesante, porque de esta forma se conocen muchas cosas del país, paramos en la falta del Vesubio, que lo teníamos demasiado cerca, y dejábamos atrás Nápoles para adentrarnos en pueblos preciosos. La última parada del recorrido era Sorrento, y anochecía cuando bajamos del tren. 


Para hacerse una idea, Sorrento es una pequeña ciudad frente a Nápoles, muy turística, y podría decirse que es una de las primeras villas de la Costa Amalfitana, que quedaba en dirección opuesta. Es decir, si teníamos enfrente Nápoles, detrás estaba la Costa Amalfitana y, a un lado, la isla de Capri.

No es una ciudad a pie de playa, sino que la ciudad está a varios metros por encima del puerto y de las pequeñas playitas, es como si hubieran dado un tajo y todo fuera vertical, dejando abajo el puerto, y teniendo un ascensor y unas escaleras kilométricas para subir al centro de la ciudad, pero no me puedo quedar aquí, porque la mayor parte de los hoteles se distribuyen por las montañas, en una carretera de curvas impresionante. Por tanto, cuando bajamos del tren los taxistas no se ponían de acuerdo para llevarnos al hotel, nos dimos cuenta de que estaban discutiendo porque nadie quería llevarnos. Nos preguntábamos dónde estaría nuestro hotel. Al final nos llevó un taxi, que empezó a subir y subir la montaña sin parar. Mi novio me miraba y pensaba lo mismo que yo: que ya podía haber autobuses, porque sino cada vez que fuéramos al centro de la ciudad iba a ser una odisea. 

Vistas desde el hotel Villa Fiorita


El Hotel Villa Fiorita estaba muy alto, tanto que merecía la pena sólo por las vistas que había desde allí. Lo primero que nos explicaron es que había autobuses compartidos con otros dos hoteles (Hotel Nido y Hotel Vue d'Or) con una serie de paradas y horas; nos dieron los horarios desde el hotel y para volver. Eso estaba bien, porque las horas eran perfectas para ir y volver sin problemas. Estos autobuses eran sólo para los clientes de estos hoteles, pero en la parada del centro pudimos comprobar que había infinidad de autobuses que cogían a sus clientes y les llevaban a otros hoteles, y es que todos paraban en el mismo sitio del centro.

Ni siquiera el primer día nos pudimos quedar en el hotel y cogimos un autobús para ir a cenar al centro, en los alrededores de la Piazza Tasso, centro neurálgico de la ciudad. 


Si hubiéramos ido en otras fechas, los limoneros podían estar llenos de limones, pero a finales de septiembre no. Sin embargo, es la ciudad de los limones, allí viven del limón: en comida y bebida, en detalles, en decoración, la increíble cantidad de limoneros que hay, la proliferación del color amarillo, y creo que cualquiera que haya ido a Sorrento habrá regresando con una prenda con motivos de limones. Yo también. 


Y si Italia es un país donde abundan las motos, Sorrento se lleva la palma, porque es un lugar con tanta carretera de curvas, lugares tan cerrados que, efectivamente, lo más cómodo para conducir es una moto. Y hacían verdaderas barbaridades los conductores de motos.

Sólo tengo que decir que fue un placer visitar Sorrento, pero seguiré hablando de esta ciudad en otro momento.

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