Hace unos años soñaba con una casa en la playa, en la costa cantábrica. Yo creo que se me quedó grabada en las retinas la casa que aparecía en la película Elegir un amor.
Soñaba que mientras escribía páginas en una vieja Olivetti, me llegaban las notas de la batería, tocada con gran virtuosismo, desde la otra punta de la casa.
Soñaba que en cierto momento él me acariciaba la parte trasera del cuello y entonces salíamos descalzos a la playa para ver un nuevo atardecer.
Ese sueño me calmaba, me inundaba de paz. Y no era por la casita en la playa, ni por escribir, ni por la música. Era la compañía quien me transmitía esa paz.
Soñar es gratis. Tengo tantos sueños con Chini que podría describir uno cada día. Pero me duele. Lo que duele es pensar en él y saber que ya no está aquí. Que ya no habrá casita en la playa ni nadie podrá calmar mi corazón como él lo hacía. Que los sueños han dado paso a los recuerdos y se me rompe el alma cada vez.
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