Un año es un buen año cuando al llegar diciembre no nos falta nadie, es decir, que nadie de nuestro entorno se ha ido en ese viaje que sólo tiene billete de ida. Independientemente de la pandemia, el 28 de julio (hoy se cumplen cinco meses) yo perdí a mi tía y madrina, y cuando pienso en ella siento lo que duele su pérdida, cada vez. Sé que un día los recuerdos que hoy me producen tristeza me traerán alguna sonrisa, pero hoy siguen doliendo en el corazón. Así que mi año es un mal año porque falleció mi tía.
Y ella no falleció por el coronavirus, a ella se le llevó el cáncer, contra el que llevaba luchando más de seis años. Pero esta vez... ya no pudo más. Cuando me acuerdo de ella, también recuerdo a todas las personas que aquí fallecían sin parar por el Covid19, muchos conocidos, y es que aquí la pandemia golpeó con mucha fuerza. Así que ahora la gente está muy concienciada y somos una de las poblaciones que mantiene los contagios a raya, porque la gente tiene mucho respeto.
2020 se recordará porque ha marcado un antes y un después en nuestros hábitos de vida. Nadie podía imaginar al iniciar el año que nos veríamos inmersos en una catástrofe sanitaria global tan grande que nos ha hecho cambiar nuestras vidas, nuestra forma de trabajar, nuestras rutinas e incluso nuestra manera de pensar.
Nosotros no dejamos de trabajar en ningún momento porque nuestro trabajo se consideraba actividad primordial, aunque sólo unas pocas parcelas se pueden considerar urgencias. Sí cerramos la oficina y trabajamos a puerta cerrada. Así que cuando el 14 de abril celebré en la oficina mi cumpleaños, sentí una emoción muy grande. Por un lado, porque comí tarta con mis compañeras, y por otro lado, porque me hicieron un vídeo donde aparecían mis familiares y me dolía en el alma no poder estar con mis padres o con mis sobrinas. Y, como colofón, por la noche la policía me trajo unas pastas a la puerta de casa.
Recuerdo que durante esos tres meses me levantaba antes de las nueve para ir al supermercado, iba lo mínimo pero a veces no quedaba más remedio, evitando a la gente, me ponía guantes de látex antes de entrar y me los quitaba al salir; a mis padres les hacía la compra para que se la llevaran a casa; evité comprar por internet durante todo este tiempo para no exponer a los repartidores y para no exponerme yo.
Cuando el 11 de mayo pude ver a mi padre, desde tres metros de distancia, me emocioné. Aquí eran fiestas, suspendidas, y cogí el coche para ver a mi padre.
Durante el verano seguí evitando aglomeraciones, y de repente en las oficinas había mamparas protectoras y se reducía el aforo, empezamos a llevar mascarillas como si fuera algo más de nuestra vestimenta.
Y llegada la Navidad seguimos sin poder reunirnos, seguimos llevando mascarillas, pero ayer empezaron a poner vacunas. No ha sido un buen año, y pese a ello lo recordaremos siempre. Sin embargo, parece que empieza a verse la luz al final del túnel. Sólo espero que 2021 sea mejor, yo creo que viene cargado de esperanzas.
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