jueves, septiembre 14, 2017

Novelas del pasado: El cuento del grial

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Leyendo una novela he recordado las clases de literatura francesa de la Facultad de Filología. Conocí a Chrétien de Troyes gracias a esas clases y la profesora era una erudita en la materia, que hacía que sus clases de literatura fueran mágicas. De hecho, explicaba tan bien que llenaba el aula.
Se considera uno de los primeros "libros de búsqueda" y es la primera vez que se aplica en la literatura la palabra "grial", que se asocia a un objeto indescriptible de oro y piedras preciosas, pero ni lo asocia al cáliz de la última cena ni a la fuente de la juventud eterna ni a la inmortalidad. Ya sólo por eso es un libro a tener en cuenta. De los nueve mil versos que contiene este enorme poema, sólo 25 describen el grial y además dan título a la obra. Comentar además que se encuentra inacabada.

Parzival (Perceval o Parsifal, según ediciones varía el nombre del protagonista) crece sin más compañía que su madre, aislado del mundo, en las profundidades de un bosque. Por tanto, el protagonista no es un héroe al uso, sino que viene a ser todo lo contrario. Chrétien lo presenta como un muchacho rudo, sin educación, un auténtico paleto que un día tropieza con unos caballeros de brillantes armaduras a los que confunde con ángeles. Los caballeros se burlan de él. Pero el muchacho no se arredra y les cose a preguntas, por lo que descubre que son caballeros del rey Artús (o Arturo). El encuentro con los caballeros despierta en Parzival una gran vocación. De repente, aquel joven palurdo quiere ponerse al servicio del rey Arturo y emprende la búsqueda, lo que la crítica literaria denomina quête.
En el siglo XII una búsqueda requería salir de casa y exponerse a miles de peligros, y eso es lo que le ocurre a nuestro joven protagonista. 
Tras diversos avatares, nuestro joven llega a la corte del rey Arturo, donde conseguirá hacerse un lugar. Su primer objetivo será hacerse un traje, una vestidura para su nueva vida, un equipo completo de caballero. Aunque las armas no bastan para convertirse en caballero.
Parzival encuentra a alguien que lo instruye, que lo inicia en el uso de la espada y que lo reprende en su manía por preguntar acerca de todo. Su mentor, un oportuno caballero que se cruza en su camino, lo va a pulir para evitar que el chico sea tomado por un ignorante. 
Cuando está a punto, al joven le entran remordimientos por haberse alejado de su madre y decide regresar junto a ella abandonando su formación. Es entonces cuando ocurre el episodio que cambiará su vida.
En el camino de regreso a casa, el muchacho pregunta a unos pescadores por dónde se puede cruzar un río. Uno de ellos le señala un vado y lo invita a descansar en un castillo cercano. Esta clase de hospitalidad era muy común en la época, por lo que el joven no tiene inconveniente en aceptar. Al principio, el muchacho no encuentra la fortaleza y, creyéndose burlado, maldice al pescador. Pero de repente, un castillo surge como de la nada, como una aparición. Tal como le habían asegurado, lo reciben en su interior. Los sirvientes lo llevan ante un rey que le ruega que se quede a cenar. Y en ese banquete es donde el joven ve algo totalmente fuera de lo común. En mitad de la velada, un paje cruza el salón portando una lanza de hierro de cuya punta mana una gota de sangre que desciende por el astil. La sangre permanece fresca, sin coagularse. El joven se queda asombrado, pero por prudencia no pregunta nada. Después llegan otros pajes que llevan candelabros de oro, velas, y detrás va una doncella que "sostiene un grial entre las manos". El trovador habla de un objeto que para el poeta no merece mayúscula, pero que describe como algo que irradia una luz tan intensa que eclipsará a todas las del recinto. El invitado se abstiene de preguntar nada al respecto.
A la mañana siguiente, el joven caballero descubre que el castillo en el que se ha quedado a dormir está desierto. Lo han dejado solo. Al salir se encuentra a una mujer que le hace ver lo estúpido que ha sido, porque ha tenido el privilegio de compartir mesa con el Rey Pescador y asistir a la procesión de la lanza y el grial, y no se le ha ocurrido preguntar a quién sirven. Sin embargo, esta mujer le hará un regalo inesperado: le hará recordar su nombre y le explicará que ella es su prima y que los dos están emparentados con el Rey Pescador.
A partir de aquí, el relato sigue narrando las peripecias de otro caballero, Gauvain, un gentilhombre al servicio del rey Arturo. Parece ser que esta otra narración es un relato dentro del relato anterior, una especie de distracción que se olvidará al aparecer Parzival como un hombre que, después de cinco años, aún vaga por el mundo sin rumbo ni fe, perdido y desorientado por culpa de su visión.
En este momento, Parzival se encuentra con un ermitaño, una especie de vidente que le informará de que su madre murió poco después de su encuentro con los caballeros resplandecientes y le dará aclaraciones sobre el misterioso objeto que tanto lo ha trastornado; le dirá que es un objeto que vigoriza y sostiene la vida y que alberga algún tipo de sustancia redentora que a cualquiera le bastaría para alimentarse durante el resto de sus días.
Aquí termina la obra. Se supone que el poeta la transcribe de lo que contaban los trovadores en las cortes, pero no termina de escribirla.

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