
El árbol de la ciencia fue uno de los libros que tuve que leerme en COU porque era una de las novelas que entraba en mi examen de Selectividad de Literatura del siglo XX. Nunca hasta entonces había leído nada de Pío Baroja y reconozco que ya entonces me enamoró, en contraste con otra novela que había leído también para el mismo curso, que se me hizo muy cuesta arriba (La colmena, de Camilo José Cela).
El árbol de la ciencia me encantó.
La novela fue publicada en 1911, y tiene algo de pseudobiográfico. La acción se desarrolla en varias poblaciones españolas a finales del siglo XIX y se divide en dos partes claramente diferenciadas y separadas por una larga conversación filosófica entre el protagonista y su tío, el doctor Iturrioz.
En la primera parte descubrimos la vida de estudiante de Medicina del protagonista, Andrés Hurtado. A través de su entorno familiar y sus relaciones con profesores y amigos, el autor traza una despiadada radiografía del Madrid de finales del siglo XIX.
En la segunda parte nos encontramos a Andrés ejerciendo ya como médico en Alcolea, y aquí el autor describe la penosa situación en que viven los campesinos, describe el caciquismo, la ignorancia de los pueblos, la desidia y la resignación. En Madrid Andrés trabaja como médico de higiene y se describe la situación de la prostitución en la capital a finales del siglo XIX. Finalmente, el médico se casa con Lulú, una chica que había conocido cuando estudiaba.
Con respecto al estilo, se utiliza preferentemente el narrador en tercera persona, coincidiendo este narrador con Andrés Hurtado, por lo que el lector descubre todo a través de los pensamientos y sentimientos del protagonista, y viajamos a los lugares donde él se encuentra. La novela se centraliza casi totalmente en esta figura de Andrés Hurtado. La narración es lineal en las dos partes, mientras que en el intermedio, donde se desarrolla el diálogo entre tío y sobrino, destaca el carácter directo del diálogo.
Cabe destacar la variedad de personajes secundarios, casi todos cargados de atributos negativos, entre los que sobresale Lulú.
La novela pertenece a la Generación del 98, además el autor atribuye las características literarias de este grupo: amargura existencial, hastío, angustia, melancolía del pasado, incertidumbre ante el futuro, cosmopolitismo.
Es una novela que, sin duda, merece la pena. Como casi todas las del autor.
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