
El impacto me sobrepasa cuando unos ojos verdes me miran y entonces siento que me bloqueo. Y me bloqueo cada vez que esos mismos ojos me miran. Parece como si traspasaran todas las capas de mi piel, aunque soy consciente de que no pueden llegar a mí. No pueden tocarme el alma pero me la han acariciado.
Es ese tipo de impacto el que a veces nos lleva a sentirnos vivos.
Dos días después me propuse conocer al dueño de esos ojos. Todavía no me he sentado frente a él, pero he vuelto a ver sus ojos. Los ojos tienen ese color verde que llama la atención, pero esa mirada es muy triste. Y siento especial curiosidad. El día del impacto no eran de color verde, eran dorados, porque el sol del atardecer le daba de frente. Me miró y me bloqueé. Es que nunca me quedo en blanco en una reunión, pero aquella vez sí.
Eso fue hace más o menos un mes.
Ahora, cuando pasan las semanas y miro hacia atrás, no sé hasta qué punto pensar si es fruto de un azar poco fortuito el no coincidir o simplemente me intento acercar a él y únicamente veo obstáculos. El caso es que él siempre es muy agradable. Pensaré que es lo primero. Al fin y al cabo, no hemos estado frente a frente.
Quizás esos ojos verdes sean los culpables de que últimamente haya dejado de leer y escribir. Básicamente he dejado de lado las rutinas habituales. Aunque esta noche retomaré la novela que hace tres semanas no cojo.
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