Hacía tiempo que lo leía una
novela sobre la realidad histórica de la posguerra española. Hacía tiempo que
no leía un libro de Almudena Grandes, quizás porque me decepcionó con alguna de
sus novelas que, finalmente, no acabé.
Así que demoré la lectura de este
libro durante un tiempo, hasta que finalmente he optado por leerlo y no me ha
decepcionado, más bien al contrario, ha sido un libro que he disfrutado, con el
que he comprendido un poco mejor cómo era la España de finales de la década de
los años 40, cómo aun habiendo finalizado una guerra civil, la verdadera guerra
continuaba en los pueblos entre los vencedores y los vencidos.
Como bien se describe en la
colección, este libro pertenece a una serie de novelas sobre la posguerra, Episodios de una guerra interminable,
que comenzó con Inés y la alegría. En
principio, la autora estima que serán seis novelas las que formarán parte de esta
serie de novelas: Inés y la alegría, El lector de Julio Verne, Las tres bodas de Manolita, Los pacientes del doctor García, La madre de Frankenstein, y Mariano en el Bidasoa. Pero la mayor
parte de estas novelas aún están en proceso y sólo las dos primeras se han
publicado ya. Como no lo supe hasta coger el libro, ni siquiera había leído Inés y la alegría. Comprobé que en
realidad eran episodios independientes y me embarqué en la lectura de El lector de Julio Verne.
Almudena Grandes construye la
historia a partir de la narración de una historia real, que le contó su amigo
Cristino Pérez, donde le explicaba cómo fue su infancia en el cuartel de la
Guardia Civil en un pueblo de la Sierra Sur de Jaén, Fuensanta de Martos. Pero como
bien explica la autora al final, aunque la historia transcurra en ese pueblo y
los alrededores, en realidad es como un lugar ficticio, si bien decidió poner
el nombre del pueblo en honor a Cristino Pérez.
Fuensanta de Martos, Jaén
La historia se nos muestra a
través de los ojos de Nino, un niño de nueve años, hijo de guardia civil en los
postreros años 40. En el pueblo donde vive, rodeado de montañas, cada vez son
más los lugareños que se echan al monte, como disidentes del régimen
franquista, lo que provoca que las familias de civiles se enfrenten cada vez
más a menudo a los guardias, en una guerra inacabable. Nino se encuentra entre
los dos frentes y sacará sus propias conclusiones, pese a su corta edad.
Tomás Villén Roldán, alias Cencerro
En medio de los enfrentamientos
se destaca un guerrillero célebre conocido como Cencerro. Tomás Villén Jaén, alias Cencerro existió realmente y fue uno de los hombres más buscados
por la benemérita jiennense, y según el libro, cuando iba a ser capturado y sin
posibilidad de escape, se terminó suicidando con la última bala que le quedaba
en el fusil. En esta novela, la autora se inventa un segundo Cencerro, aprovechando la celebridad del
primero y como un modo de tortura para los guardias. También es real la
anécdota de que el pueblo cantaba Tengo
una vaca lechera delante de los guardias para sacarles de sus casillas.
Los enfrentamientos, la identidad
de personas que no se sabe de qué lado están, los secretos familiares, las
personas que aparentan una cosa que no sienten… van a marcar la infancia de
Nino en los años 1947, 1948 y 1949. Cuando el padre de Nino, el Canijo, comprende que su hijo no va a
ser alto y que quizás no podrá entrar en el Cuerpo, le apunta a clases de
mecanografía, lo que hace que el muchacho vea y escuche otras versiones
diferentes de un mismo hecho de lo que en realidad escucha en el cuartel.
Nino se hará muy amigo de un
hombre solitario, Pepe el Portugués,
que vive a medio camino entre el pueblo y el monte. Pepe, en realidad, se
convertirá en el instructor de la ideología de Nino, en el que plantará la
semilla de un comunismo que el Canijo
desarrollará varias décadas después.
Es previsible que Pepe está
ayudando a los del monte. Es un hombre soltero que sabe de todo, pero Nino es
un chico inteligente al que no se le escapará nada, sobre todo cuando encuentre
el libro de Los hijos del capitán Grant
y un nombre de un guerrillero que acaba de ser asesinado. A través de Pepe
entrará en contacto con la casa de las Rubias, donde viven mujeres cuyos
maridos e hijos han muerto, han huido o se han escondido. De la mano de Elena,
aprenderá mecanografía y taquigrafía, y la mujer le prestará todos los libros
de aventuras, desde Julio Verne hasta Stevenson, que Nino devorará con la
imaginación de un niño de diez años. Para él son sus años dorados y no quiere
que nunca acabe ese momento.
Los del monte escaparán y la
labor de Pepe en el pueblo habrá acabado.
La novela está dotada de un
enorme realismo, y es curioso cómo la autora repite los motes, que aún se
siguen poniendo en los pueblos, que son de una lucidez sin igual. Aquí, como en
cualquier pueblo español, todo el mundo tiene un mote.
Finalmente, me queda hablar de la
cruel 'ley de fugas', que se aplica varias veces en el libro a varios hombres del
pueblo, cuando son detenidos, los guardias les sueltan y les disparan por la
espalda, alegando a sus familias que “habían intentado escaparse del cuartel”.
También habla muy someramente sobre la Ley 12 de 1940, que fue inspirada por el
mismísimo Franco y fue una manera de depurar, en todos los sentidos, las Fuerzas
Armadas. Por esta ley, cualquier guardia que tuviera un pasado dudoso podía ser
expulsado de la benemérita, pero se aplicó sobre todo cuando fallecía algún
guardia, de pasado dudoso o no, para evitar indemnizar a las viudas e hijos. Lo
que era de una crueldad supina.
Esta novela me ha encantado. Así
que vuelvo a poner a Almudena Grandes entre mis autores de cabecera y buscaré Inés y la alegría, con el fin de
leérmela también.