sábado, julio 03, 2010

Kyoto 京都

Kyoto es una de las ciudades más majestuosas de Japón. Al no ser apenas bombardeada en la IIª Guerra Mundial, Kyoto conserva intactos casi todos sus edificios, el legado de la ciudad que fuera antigua capital imperial.
La ciudad fue fundada en el año 794 como Heian-kyo (capital de la paz y la tranquilidad). Se construyó según el modelo de las ciudades chinas creadas en la dinastía Tang. Los urbanistas de la corte de Kanmu eligieron cuidadosamente el emplazamiento de la ciudad. Según las antiguas profecías, ese sitio debía estar rodeado de montañas por tres de sus lados y encontrarse cerca de un lago o un río. Tenía que estar situada en un bello paisaje natural. Así es Kyoto: rodeada de montañas por tres de sus lados y con un enorme río que fluye de norte a sur. Con el crecimiento de la población, la higiene se convirtió en un problema, sobre todo cuando se desbordaba el río Kamo. Ante esto, crecieron los festivales destinados a aplacar a los espíritus responsables de las enfermedades y de otras catástrofes, que dieron lugar al desarrollo de una apretada red de rituales y costumbres que hoy día siguen conservándose (matsuri).
La guía que teníamos en Kyoto explicando una de las puertas del Palacio Imperial
La cultura de Kyoto evolucionó con una amalgama de influencias, destacando las de la corte imperial y la nobleza. Después llegaron los samuráis, mecenas del budismo zen y de la ceremonia del té. Los mercaderes también tenían su influencia, en especial los tejedores de seda. La ciudad fue reducida a cenizas varias veces por terremotos, incendios y la guerra civil de Onin. Durante el período Edo el poder pasó de Kyoto a Tokio. Kyoto perdió la capitalidad en 1868.


Llegada a Kyoto
Es una ciudad muy simple para guiarse por ella, pues está construida en cuadrícula, por lo que carece del sistema de orientación lógico que hay en el resto de ciudades japonesas. Las viviendas y las tiendas se organizan en cho (barrios), muchos de ellos constituidos por los límites de los gremios medievales.
Además, cuenta con una multitud de espacios verdes. En Kyoto es habitual ver japoneses con el traje tradicional japonés. También es en Kyoto donde se concentran la mayoría de geishas (sobre esto haré una matización más adelante) que aún existen en Japón, pese a los adelantos del siglo XXI. Kyoto es la viva tradición de aquel país que se creó a sí mismo. Durante siglos, Japón no tuvo relaciones con el resto de países y todo aquel extranjero que osaba entrar en el país, era llevado hasta el sogún y asesinado después (si Cristóbal Colón hubiera ido por el Este y llegado a tierras niponas le hubieran cortado la cabeza). Los restos de aquel remoto pasado en que el país permanecía aislado del resto del mundo se pueden observar en Kyoto. Es la ciudad que tiene muy presente el vivo recuerdo de aquel pasado que aún está muy presente entre los japoneses. Y algo que debo decir es que a los habitantes de Kyoto no les gusta que sea Tokio la capital de Japón, pues creen que debería ser Kyoto por derecho propio.


Inmensa fila en dirección a la tienda, que era el edificio de las letras fucsias
Llegué a Kyoto un día que llovía a raudales. Allí me vi obligada a comprar un paraguas que unos días después terminé perdiendo en otra ciudad. El día que llegué era domingo. Se veía que era una ciudad populosa. Desde el hotel se veía pasar tal cantidad de gente que pregunté qué era lo que ocurría (realmente sólo se veían paraguas, porque allí todo el mundo lleva uno) y me dijeron que se inauguraba una tienda al lado del hotel. Había estallado la locura: todo el mundo iba en dirección a la inauguración de la tienda (era de ropa).


Una de las cosas de las que nos hablaron en Kyoto fue de las geishas. ‘Geisha’ es un término que significa “hija de las artes”. En Occidente hay un concepto erróneo respecto a estas mujeres dedicadas al entretenimiento. Las mujeres criadas desde niñas en el arte del amor para entregarse a un hombre cuidando todos los detalles destinados a la intimidad sexual son las “geishas onsen”. Existen, claro que sí, pero son las menos. Hay tantos tipos de ‘geishas’ como tantas clases de entretenimiento. ‘Geisha’ es el término más general, que incluye a todas estas mujeres; se trata de una animadora profesional cuyos conocimientos de las artes tradicionales, agudeza verbal y habilidad para guardar un secreto le ha ha ganado el respeto, y en ocasiones el amor de sus elegantes y, a menudo, influyentes clientes. La profesión data del siglo XVII y se desprestigió por las actividades de las “geishas onsen”. Sin embargo, allí ‘geisha’ es un concepto poco utilizado, ya que allí diferencian entre ‘geiko’ y ‘maiko’ y ellas prefieren llamarse así. ‘Maiko’ es una aprendiz de ‘geiko’ y ‘geiko’ es aquella ‘geisha’ que ha alcanzado la sabiduría necesaria para entretener, que son verdaderas maestras educadas en todas las artes: danzar, cantar, tocar instrumentos musicales… Se las puede encontrar en los ryotei (restaurantes japoneses), ochaya (casas de té y viviendas de geishas) y ryokan (posadas de lujo). Yo no vi ninguna.
Las ‘geishas’ se caracterizan por llevar la cara blanca y los labios pintados de rojo; son ideales de belleza clásicos en Japón. Sólo la nuca, considerada una zona muy sensual, se queda sin pintar. El pelo es natural y lo adornan con diferentes horquillas según la estación del año.
Las ‘maiko’ de Kyoto llevan un bordado en el cuello, un tocado de pelo especial, una obi (faja) colgante muy larga, zuecos koppori altos. Cuando se convierten en auténticas ‘geiko’ cambian el cuello bordado por uno blanco, tradición conocida como eri-kae (cambio de cuello). También la obi se acorta cuando se convierten en ‘geikos’.
Uno de los rituales más interesantes de Kyoto es el ceremonial del té (yo lo vi en Tokio, por lo que hablaré al respecto en unos días). El ceremonial del té es todo un ritual lleno de símbolos: cada cosa tiene su lugar y su momento. Si un japonés te invita a tomar el té recién hecho en su casa es un orgullo, y sería una descortesía rechazarlo.
La mejor guía de todos los que tuvimos en Japón fue la de Kyoto. No lo digo sólo por su simpatía o su cercanía, sino porque nos contó tal cantidad de historia que tendría que haber aburrido, pero no, sabía cómo contarlo y, por decirlo de alguna manera, ‘enganchaba’. Se despidió con un origami. Antes de visitar Japón, ya sabía lo que era un origami, pero para quien no lo sepa, explico que es una figura hecha de papel (muy típico de allí). El de ella eran unos labios de papel que movía con las manos.

Lo primero que vimos es un palacio de ensueño: el Castillo de Nijo. Y éste es, sin duda alguna, uno de los edificios japoneses que más me gustó, quizás porque me sentí desplazada a épocas remotas. También fue el primer lugar donde tuve que descalzarme, el primero de muchos. Se trata del palacio de los samuráis. Todo construido en madera, está rodeado por un impresionante foso.


Samurái en la entrada, que revisaba la identidad de los visitantes
El castillo original fue construido en 1603 como residencia oficial del primero de los sogunes Tokugawa, Ieyasu. Se completó dos décadas después, bajo el liderazgo del tercer Tokugawa, Iemitsu, quien añadió elementos copiados del Castillo Fushimi (sito a las afueras de Kyoto). El Castillo de Nijo es uno de los mejores ejemplos de los inicios del período Edo y de la cultura Momoyama en Japón, caracterizados por utilizar espléndidos diseños arquitectónicos, lujosas pinturas y magníficas esculturas.


Puerta de entrada al Castillo de Nijo
A mí aquí me picaba la curiosidad porque había leído que al suelo se le denomina “suelo del ruiseñor”. Cuando lo leí me sorprendió, pero cuando caminábamos por los pasillos el suelo no crujía, sino que sonaba como si fueran trinos de pájaros.
El calzado se dejaba a la entrada; las mías son las Puma rojas
No sé si sabré explicarlo, pero el suelo, creado para escuchar a cualquiera que entrara al palacio a hurtadillas, y que se pudiera escuchar en todos los sitios del palacio, tiene debajo una especie de clavijas que se van moviendo a medida que algo toca el suelo, con un espacio para que la tabla que forma el suelo pueda moverse. Las clavijas se van moviendo en varias direcciones y éstas son las que crean ese sonido peculiar. En resumidas cuentas: al palacio de los samuráis no se podía entrar sigilosamente.
Puerta Karamon
El complejo de Nijo lo ideó el sogún Tokuyama Ieyasu (siglo XVI) como símbolo de poder y riqueza del sogunato recién establecido en Edo. El nieto de Ieyasu, Iemitsu, encargó a los mejores pintores de la escuela de Kano la decoración de los salones de recepciones en previsión de una visita imperial. Por ironías del destino, el propio sogún Tokugawa se rindió en este castillo ante el emperador Meiji en 1867. El Castillo se cedió a la ciudad de Kyoto con el nombre de Castillo de Nijo en 1939. Es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Los Kano, pintores pertenecientes en su origen a una familia de samuráis de clase baja, ganaron protagonismo en el siglo XV con sus paisajes de estilo chino, sus paisajes figurativos y sus escenas de aves y flores. Las pinturas del castillo de Nijo son las más grandes de las obras realizadas por la Escuela Kano.
Foso
Así, las primeras salas estaban destinadas a embajadores extranjeros, y las pinturas (todos los murales de las paredes estaban decorados con pan de oro) eran aquí agresivas: tigres, panteras…, mientras que, a medida que ibas viendo el resto de salones, las pinturas cada vez se iban convirtiendo en figuras más delicadas, como pájaros o flores. Hay que hacer una apreciación, ya que cuando se pintaron los murales de los felinos, los artistas japoneses confundían los leopardos con hembras de tigre. Aquí están representados.
Representación ficticia del sogún con señores feudales rindiendo pleitesía
No se podían hacer fotos dentro del recinto.
Edificio principal: Ninomaru
Las salas de recepción Ninomaru están ubicadas en un grupo de edificios comunicados por galerías de madera cubiertas y decoradas. La primera gran sala (Ohiroma Ichi-no-ma) está formada por varios maniquíes de daimios (señores feudales) que presentan sus respetos al sogún, localizado en un estrado.
Aquí vivía el sogún, uno de los personajes más influyentes de Japón durante siglos. El sogún era el líder de los samuráis. El poder se alternaba entre dos focos importantes: el emperador y el sogún.
Jardín en el Castillo de Nijo; los árboles se talan en horizontal, de ahí que se queden con esa forma tan original, que busca, ante todo, la belleza
Sobre esto, debo decir que los japoneses se sientan sobre los tatamis con la espalda recta y las piernas cruzadas. Es la postura seiza. Lo digo porque en algunas salas había recreaciones del shogun con mujeres o con embajadores y esa forma de sentarse también se veía entre la gente en cualquier calle o en cualquier rincón de Japón.
Allí nos explicaron lo que era el harakiri. Los samuráis, guerreros orgullosos de serlo, antes de caer en manos enemigas practicaban el harakiri, que consistía en cortarse el vientre, lo que era una forma de restablecer el honor. Era un suicidio demasiado sangriento.
Había un jardín con un estanque lleno de puentes y figuras de piedra. En ese estanque, que recuerda a la filosofía zen por la tranquilidad que aporta, están representados los cinco continentes y tiene piedras traídas de un sinnúmero de países.
Entrada al templo Rokuon-ji
El siguiente lugar que visitamos fue el templo Rokuon-ji, también conocido como Kinkaku, que es el sitio donde se ubica el famoso Pabellón Dorado. Situado en medio de la floresta japonesa y sobre un lago, sólo se ve el exterior, pero impresiona cuando aparece ante los ojos.
Pabellón Dorado
El Pabellón Dorado se erigió como lugar de retiro del sogún Ashikaga Yoshimitsu a finales del siglo XIV. Este sogún renunció a sus deberes oficiales, aunque no al poder, y se ordenó sacerdote a la edad de 37 años. Se convirtió en un templo zen y actualmente es uno de los símbolos de la ciudad de Kyoto. Está completamente recubierto de pan de oro y coronado por un fénix de bronce.
Japoneses con el traje tradicional
Más tarde, el sobrino del sogún intentaría construir, en honor a su tío, el Pabellón Plateado, que llegó a construir, pero nunca se llegó a revestir de plata, aunque se le conoce así. Este último no lo vimos, aunque también está en Kyoto.
Desde el autobús pasamos por el Paseo del Filósofo, que sigue un canal bordeado de cerezos. La ruta debe su nombre al profesor de filosofía de la Universidad de Kyoto Nishida Kitaro, que solía recorrerlo cada día para mantenerse en forma. Es el paseo preferido de los enamorados en primavera, cuando los cerezos se llenan de flores, y es un lugar salpicado de cafeterías, tiendas de artesanía, restaurantes y boutiques.
Entrada al Palacio Imperial
Luego fuimos al Palacio Imperial. Antes de entrar tuvimos que rellenar un formulario diciendo de dónde veníamos y dónde nos alojábamos. Nos colocaron en filas como si fuéramos soldados y fueran a pasar lista de un momento a otro.
Palacio Imperial desde la Puerta Kereimon
Dentro del recinto se encuentran el Palacio Imperial (Kyoto Gosho), rodeado de majestuosos pinos, y el palacio del Emperador Retirado (Sento Gosho). Las puertas son tan impresionantes como grandiosas. Entre ellas destaca la puerta Kereimon, que sólo puede ser utilizada por el emperador. También había otra puerta destinada a la emperatriz.
En uno de los patios se practicaba el Kemari, denominado así un juego que practicaban los cortesanos y también al espacio donde se jugaba. El juego consistía en ir pasándose entre todos una pelota de cuero, evitando que ésta cayera al suelo. Hoy en día todavía se juega al Kemari.
Algunas salas visibles del Palacio Imperial
El Palacio Imperial me resultó decepcionante: había mucha policía (porque se usa para actos oficiales) y sólo vimos el exterior del edificio, que aparte de su inmensidad no tenía mucho más. Lo que más merecía la pena del Palacio Imperial eran los alrededores, con amplios espacios donde crecían árboles de variedades diversas.

De allí nos fuimos a comer al Kyoto Handicraft Center, un lugar que tenía como siete u ocho pisos llenos de tiendas de souvenirs. En el último había un cibercafé, el único que vi allí, y los ordenadores tenían teclados con nuestras letras únicamente. En este lugar fue uno de los primeros donde empecé a comprar regalos para traer y me pidieron el pasaporte. Les dije que no lo tenía y me dijeron que no me podían vender nada entonces. Bien, entonces se me ocurrió la genial idea de que llamaran al hotel, les explicaran la situación y les dieran mi número de pasaporte. El documento que allí me entregaron debía mostrarlo en la Aduana del aeropuerto. Entonces creí que me iban a cobrar avales, pero no era eso. Lo que realmente decía el documento, tal y como me explicó la asistente que me acompañó al autobús del aeropuerto, es que yo llevaba en la maleta recuerdos de Japón que eran souvenirs y que no iba a comerciar con ellos. De hecho, en Narita, entregué el documento… sin más. Y en paz.
Santuario Heian
Por la tarde fuimos a la zona de Okazaki. En esos momentos yo desconocía dónde estábamos. El caso es que tuve que mirar un panel de información para automóviles donde decía en qué zona estábamos. Llegábamos al santuario Heian, sintoísta. Es uno de los santuarios más grandes y recientes de Kyoto, construido a finales del siglo XIX para alimentar la moral y la economía de la ciudad, bastante minadas después de que se le condeciera la capitalidad a Tokio. Con sus pilares bermejos y sus tejas verdes, el santuario rememora la dinastía Tang de China.
Puente cubierto en medio del estanque
Tenía un estanque grandísimo, por el que cruzaba un puente de madera cubierto. Era todo muy idílico. Una de las cosas que hay que decir sobre los numerosos jardines y parques japoneses es que no se ven animales en ellos. Cualquiera podría pensar que allí había cisnes o patos, pero no. Yo creo que esto influye en esa paz que se encuentra en los jardines japoneses: si hubiera animales en ellos no brindarían tanta tranquilidad.

Japoneses vestidos con el traje tradicional
Y después fuimos al templo Sanjusangen-do. Es el único lugar donde se nos prohibió hacer fotos porque no se le podían hacer fotos a Buda. Allí entramos en una sala vastísima llena de estatuas de Kannon, diosa de la piedad y la misericordia (hay 1001 estatuas), caracterizada por un sinfín de brazos. Todas las estatuas tienen diferentes rasgos faciales, aunque, a simple vista, parecen todas iguales. La hilera de estatuas reluce en la más recalcitrante oscuridad. El templo es la estructura de madera más larga del mundo. Su nombre proviene de los 33 (sanjusan) espacios existentes entre los pilares del edificio. A Kannon se le atribuían 33 manifestaciones, por lo que sus devotos invocaban la piedad de 33.033 kannones.
En medio de la sala había un Buda (no tan grande como el de Nara), rodeado de velas, en cuya cabeza había otras tantas estatuas. Allí algunos se arrodillaban llorando de fervor religioso.
Las estatuas de Kannon y el Buda estaban protegidos por los guardianes celestiales, que tenían ojos negros de cristal. Nos comentó la guía que eran la representación de la destrucción. Realmente eran un poco grotescos.

Templo Kiyomizu
Terminamos el día en el templo de Kiyomizu, que se eleva sobre pilotes de madera de diferentes alturas y tiene más de mil años de antigüedad. Durante años, los peregrinos han ascendido la pendiente para orar ante la imagen de once cabezas de Kannon y beber del manantial sagrado; kiyomizu significa “agua pura”). La terraza del pabellón principal, un milagro de ebanistería sin clavos, nos brinda magníficas vistas de Kyoto. Me decepcionó, no me esperaba aquello que vi: lleno de colegiales japoneses enfrascados en delirios de amor.
Cerca del templo se encuentra el santuario Jishu, un recinto donde se vendían amuletos de amor. A la entrada de aquel templo escribí un deseo en una tablilla.
No podía marcharme de Japón sin haberlo hecho una vez al menos, ya que es algo que estaba en todos los santuarios sintoístas. Allí sí que había talismanes y amuletos. Los sacerdotes sintoístas hacen allí el agosto con los escolares. Era como un parque de atracciones donde, si deseabas alguna virtud, sólo tenías que intentar realizar tareas casi imposibles para que alguien ahí arriba te la concediera. Bajando de Kiyomizu había una calle típica de tiendas. Vendían y te ofrecían té verde (muy apreciado en Japón). Entré en una tienda sólo para ver a Totoro con unas dimensiones exorbitadas (de peluche, por supuesto) y, de paso, hago un guiño al sublime Hayao Miyazaki.

Por último, debo hablar de los ‘matsuri’, porque en uno de los montes de Kyoto se podía ver una estrella entre los árboles que se enciende en llamas en los célebres festivales japoneses conocidos como ‘matsuri’.
El legado del ‘matsuri’ en Kyoto
La palabra ‘matsuri’ (festival o culto) es de origen sintoísta. Algunos de estos festivales se celebran a nivel nacional, otros son exclusivos de templos individuales. Los ‘matsuri’ expresan la unión entre lo humano y lo divino y a menudo están relacionados con el arroz (sobre todo, en la plantación y en la cosecha) o con eventos históricos. El objetivo de los ‘matsuri’ es mantener la buena fe en los dioses (kami). Todos los ‘matsuri’ siguen un proceso básico: la purificación, a través del agua o el fuego (en Kyoto era mediante el fuego), las ofrendas y una procesión en la que el kami es invocado en el santuario y trasladado en un templete portátil (mikoshi) a una residencia temporal donde se celebran danzas o tiro con arco. Más tarde, el kami regresa a su santuario.
El de Kyoto se llama Aoi Matsuri (Festival de la Malvarrosa) y nació en el siglo VI. Los participantes desfilan desde el Palacio Imperial a los santuarios de Shimogamo y Kamigamo, recreando el viaje de los mensajeros imperiales que eran enviados para aplacar a los dioses. Por la noche se prende fuego a la montaña, en la que previamente se ha creado un ‘cortafuegos’ con forma de estrella. Lo vimos desde el autobús.
Pagoda en el recinto del templo de Kiyomizu


Zona de Kiyomizu:

Hadas, espíritus femeninos de la naturaleza

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Hoy en día nadie se atreve a confesar que cree en las hadas, pero hubo un tiempo en que el hombre vivió cerca de la naturaleza, y las creía tan reales como lo son hoy para nosotros el ordenador o la lavadora.
En el valle de Yorkshire, en Inglaterra, vivió hace muchos años una lechera que ordeñaba cada mañana las vacas de su granja, y era tan buena la leche que éstas daban, que llegaban vecinos de todos los lugares dispuestos a comprarla.
El misterio de esta historia comenzó unos años antes, cuando la lechera de nuestro cuento comenzó a notar que una de sus mejores vacas había dejado de dar leche. No parecía enferma y, sin embargo, de sus ubres no caía ni una sola gota. Recordó entonces un remedio que le había enseñado su abuela y que consistía en colocar en una esquina del establo un trébol de cuatro hojas, el cual tenía el don de alejar los malos espíritus. No sabía la mujer que el trébol, además, contrarrestaba la magia de las hadas y que, si lo dejaba varias horas, tendría la oportunidad de verlas cerca de ella. ¡Cuál no sería su sorpresa cuando descubrió a unas diminutas hadas que se llevaban en un cubo la leche de su vaca!
-¿Qué estáis haciendo? -les gritó.
-No nos eches -le pidieron las hadas-. La princesa Isayn ha tenido un nuevo hijito y no tiene leche suficiente en su pecho para alimentarlo. Si nos dejas sólo unos días, te prometemos que nunca faltará la leche en tu granja.
Y así fue como la mujer consiguió hacerse con la mejor leche de toda la comarca.

Soñando los sueños

He llegado a la conclusión de que soy una soñadora. Toda mi vida la he pasado soñando. De pequeña soñaba con ser profesora, astronauta, detective, actriz; soñaba que viajaría por todo el mundo y compraría un avión para vivir. Ahora sueño dormida, sueño despierta; sueño con él, con su magia, con su rostro, con sus manos, sueño con lo que nunca ha ocurrido, sueño con lo que me gustaría que ocurriera. Desde que le conocí, mi mente no ha dejado ni un solo minuto de inventar, de crear, de imaginar... Me inspiro en lo cotidiano, en el día a día, en la sencillez de lo que me rodea, en la simpleza de los pequeños detalles, en la dulzura de lo que perciben mis sentidos... Sueño con muchas cosas que nunca llegarán a materializarse, otras sí y éstas dejarán de ser sueños.
Antes pensaba que la felicidad plena de la vida llegaba cuando se alcanzaban los sueños, pero en realidad no es así. La felicidad llega a su plenitud en esos breves momentos en que en nuestro camino nos cruzamos con otras personas, que nos ayudan, que ríen a nuestro lado, que lloran con nosotros, que te aman, que te besan o que, simplemente, te regalan una palabra de aliento. Un día aparece en tu vida alguien que solamente con su sonrisa te regala un mundo, se para el minutero del tiempo y todo lo de alrededor se convierte en un paisaje brumoso en el que sólo su imagen se perfila con claridad. Entonces sólo esta él. Y, a partir de entonces, en tus sueños él se convertirá en piedra angular. Con sólo evocarle unos minutos consigues sonreír al mundo, a la vida. Te levantas cada mañana con esa imagen del último sueño y te sorprende comprobar que le quieres con locura, que él seguirá apareciendo en tus sueños durante mucho tiempo y no puedes hacer nada. Le quieres, y quieres que se cumplan todos y cada uno de los sueños en los que aparece él. Y te da miedo quererle. Te da miedo que un día puedan desdibujarse los sueños con él. Te da miedo porque no sabes qué hacer. Y, sin embargo, no puedes dejar de soñar con él, incluso intentar traer a la mente su imagen antes de cerrar los ojos.
En nuestra vida existen muchos momentos de felicidad, a pesar de que sea demasiado tarde cuando nos demos cuenta de que en ese pequeño fragmento de tiempo, ya pasado, habíamos sido por un instante sumamente felices. Y somos felices, aun cuando nuestros sueños no se alcancen.
Es magnífico que los sueños se cumplan, pero lo mejor de los sueños no es conseguirlos, sino luchar por ellos.
No podré nunca dejar de soñar.

Fiesta, fiesta

Internet es un adelanto para volver a ver algunos programas de la televisión, sobre todo aquellos que nos resultan cercanos y nos han sabido a poco. Así que imagino que podré volverlo a ver en la página web de Cuatro.
Sí, sale mucha gente conocida, que SD es un pueblo.


Lo que pone en la página respecto a esas fiestas:

"Un nutrido grupo de ancianos observa emocionado la llegada de unas jóvenes vestidas con un aparatoso vestido blanco. Portan un trozo de pan recién horneado encima de sus cabezas. Son las doncellas y acuden hasta una residencia de Santo Domingo de la Calzada para rememorar lo que hacía su patrón: acoger y alimentar a los peregrinos. El día del Santo en esta localidad riojana es el más importante del año. La noche previa todo el pueblo se queda sin dormir y a primera hora de la mañana se toma un guiso hecho a base de garbanzos".

viernes, julio 02, 2010

Una siesta de tantas


Acabo de despertar de una siesta y necesito un café. El caso es que me he tumbado con el portátil en la cama y me he quedado dormida encima del teclado. Al despertar tenía un zoom inmenso aquí.
Cuando venía a casa ya iba pensando en él. Imaginaba que nos íbamos al monte a una casa rural, aislada de todo, ese tipo de casas solitarias que suelen aparecer en las películas de terror. Da igual dónde esté, lo importante es que estábamos solos y lejos de todo lo que vemos habitualmente. Poco me ha costado dar rienda suelta a la imaginación y quedarme dormida después.
Esta semana le he visto poco, aunque no puedo quejarme, ya que la semana pasada le vi bastante más a menudo que lo que habitualmente suelo encontrarme con él. Si supiera que esta noche voy a verle saldría. El caso es que tengo ganas de fiesta, independientemente de si está él o no. Al final, nos terminaremos liando al póker, como si lo viera.
Voy a por mi café.

Quiero cerrar los ojos y besar esos labios tan deseados, quiero cerrar los ojos y enredar mis dedos entre las hebras de plata de su barba, quiero cerrar los ojos y acariciar su cuello como si me fuera la vida en ello, quiero cerrar los ojos y estrecharle entre mis brazos, y amarle hasta llegar al séptimo cielo y volver a repetir... Y él, que es un poco mago, que pare el tiempo con una palabra.

De blanco

Es un magnífico día para ponerse de blanco. Siempre que me pongo de blanco llueve, vaya suerte la mía…
Estaba en la calle cuando ha pasado JC, y ha saludado, claro. Ya podía pasar otra persona.
He ido a tomarme un café y acaba de pasar alguien con cierto parentesco a otra persona. Ya podía pasar otra persona.
Me encuentro con todo el mundo, menos con quien más deseo encontrarme.

Parece ser que no hay aires de tormenta. Y si empieza a llover, no me importaría ir de blanco si estuviera él delante.

jueves, julio 01, 2010

1000

La entrada mil debería habérsela dedicado a Kyoto, pero es tan largo de contar ese día, vi tantas cosas, que mejor lo dejo para mañana por la tarde, después de la siesta, porque no existen viernes sin siesta y sin remolonear pensando en...
Es decir, los viernes por la tarde en verano son tan largos que da tiempo a muchas cosas, cosa que no ocurre el resto de días. Al final, esta tarde he ido a hacer una visitilla a mis abuelos y luego a ver si veía a "Pilingui", que es la futura novia de mi perrito. Debe tener la mitad de pelo que él, que tiene tanto calor que se ha tumbado debajo de mi cama.
Estoy pensando que tengo que explicar lo del suelo del ruiseñor y he sentido que me ruborizaba al recordar con qué cariño lo expliqué ya en una ocasión, incluso dibujándolo. Es una de las cosas que me llamó la atención, tanto que aún no me explico cuál es el truco para que el suelo suene de esa manera. Sobre esto, si me acuerdo, pediré una segunda opinión.
En fin, mañana me levanto una hora antes, así que sería una gran idea pensar en ir a dormir, o al menos en ir a leer un rato a Stephen King hasta quedarme dormida. Kyoto tendrá que esperar.

El tiempo siempre es perfecto

Me voy a escribir sobre Kioto. Eso es porque no quiero que me pille la tormenta, aunque aceptaría que me pillara si fuera de una forma en concreto y si estuviera una persona conmigo. Eso me recuerda a que estando en Tokio alguien me dijo que el tiempo siempre es perfecto. Es una magnífica filosofía de la vida, porque los humanos siempre nos estamos quejando del tiempo: si hace calor porque hace calor, si llueve porque llueve... El caso es que el tiempo siempre nos tiene descontentos. Pero aquella persona tenía razón: El tiempo siempre es perfecto.
Así que hoy no me voy a tomar una cerveza porque el día no acompaña, pero me voy a casa antes.

Perfect weather to dream...

"Daybreakers"


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No es que sea un peliculón, pero entretiene. Es previsible, eso sí.

Corre el año 2019. Todo el planeta ha sido infectado por una misteriosa plaga en que casi todos los humanos han sido convertidos en vampiros. Sólo unos pocos humanos sobreviven escondidos; son una especie en extinción, pero saben que su sangre es de una riqueza incalculable y no pueden dejarse ver.
Edward Dalton (Ethan Hawke) es un hematólogo que investiga algún sucedáneo de la sangre humana para preservar la especie (vampírica).
Cuando salva a unos cuantos humanos de sus perseguidores, "Elvis" (Willem Dafoe) le hace llamar porque necesitan ayuda y la fidelidad de algunos vampiros que no quieren ser vampiros. La peculiariedad de "Elvis" es que fue mordido por un vampiro, tuvo su época de vampiro y volvió a convertirse en humano gracias a la conjunción de fuerzas naturales incontrolables. La luz del día y el agua son los ingredientes que utilizarán para que Edward, que nunca ha querido ser vampiro, use para volver a ser humano. Es cuando la plaga remite, pues cualquiera que intente morder a un humano que fue vampiro se convierte en humano de nuevo.

Lo que me gusta de la película es la diferenciación entre la carencia de moral de los seres vampíricos y el alto grado de conciencia que poseen los humanos. Ese contraste está muy bien marcado en la película.

"Cómo entrenar a tu dragón"


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No es que me gusten mucho las películas de animación. En vez de observar el argumento tiendo más a fijarme cómo están hechas técnicamente. Por algo estuve trasteando hace un tiempo con programas de 3D; algo de influencia siempre queda.
Esta película es para niños. A mí me aburrió, pero en ese momento me dio por elegir ésta y no otra.
Influye un poco que me gustan los dragones. Y aquí hay mucha ternura. Es normal, es una película para niños.

Enmarcada en una lejana isla llena de vikingos, la historia trata de unos vikingos que siempre tenían que ir a luchar contra los dragones, antes de que éstos asolaran sus tierras. Conocían muchos tipos de dragones, excepto uno. El Furia Nocturna era el más temido y nunca nadie lo había visto. Y mucho menos se atrevían a luchar contra él.
En este contexto vive Hipo, el hijo del jefe vikingo, al que todo el mundo teme incluso más que a los dragones. Porque es un chico muy torpe y siempre mete la pata en todo. Pero una noche en que atacan los dragones, él coge una ballesta y da a un Furia Nocturna, al que deja herido. Nadie le cree.
Sin embargo, al día siguiente él va a buscar al dragón, al que convertirá en su mascota.
Los guerreros se tienen que marchar a combatir a tierras lejanas a los dragones y los jóvenes del poblado se quedan al cuidado de Bocapodrida, el herrero que les entrena para ser buenos guerreros en el futuro y para luchar contra los dragones. Hipo es apuntado al entrenamiento, convirtiéndose de la persona más torpe en la más hábil. Todo gracias a observar al dragón Furia Nocturna, del que se ha hecho amigo, secreto que sólo compartirá con la joven Astrid.

Tan veloz...


Pues he entrado en facebook sólo para buscar fotos de la despedida del sábado. Lo que ocurre es que yo no tengo a esa persona como amiga y no voy a buscarla. Entonces me he encontrado con que por fin sale SD en Cuatro. Mañana. Yo pensaba que lo habían retransmitido mientras estuve de viaje, pero no...
Se me ha pasado la semana rápidamente. Es que mañana ya es viernes. A veces creo que debería encontrarme con él sólo para que se parara el tiempo.

Cambio de horario

Me han cambiado la hora de la peluquería. Eso quiere decir que tengo que volar para ir a todos los sitios. Tampoco es que me importe mucho, porque ya no tengo que quedarme a comer los jueves, ya que me la han adelantado hora y media y, por tanto, me da tiempo a ir a casa y volver.
De todas formas, me apetece ir a Correos andando. Será una de las pocas veces en que voy caminando. Cualquiera coge el coche ahora con lo que le habrá dado el sol. Me ha parecido ver su coche muy cerca, cuando estaba tomando el café, pero estaba lejos. Si hubiera tenido que coger el coche me hubiera fijado, pero mi coche también estaba lejos.
Aún tengo el regalo de mi mejor amiga en el coche. Ni siquiera lo saqué ayer cuando llegué a casa.
Me voy. Mientras camino pienso en él. Cualquier detalle que aparezca delante de mis ojos me lo trae a la memoria. Lo que pesa es pensar que por esas mismas calles también camina él.

Nara 奈良


Nara, Patrimonio de la Humanidad
El día que fui a Nara llovía muchísimo; fue el día que más llovió, con respecto a otros días lluviosos. Y, además, llovía sin parar. Había llegado a Kioto sin paraguas ni nada y en una hora tenía que estar preparada para salir hacia Nara.


Llovía sin parar…
Llovía de un modo incesante, cuando una guía de JTB me localizó me preguntó si quería un paraguas y le dije que no. Craso error. Ella me miró con cara de horror y es que en Japón todo el mundo lleva paraguas, incluso los que van en bicicleta.



Ciervos entre la gente
Cuando íbamos a bajar del autobús le dije al guía que no tenía paraguas; él intercambió unas cuantas palabras con el conductor del autobús y éste, como por arte de magia, sacó cuatro o cinco paraguas del maletero (hay que decir que no era la única que no tenía paraguas). Así que estuve con un paraguas azul con unas letras japonesas en amarillo para el resto del día, pero al menos no me mojé.
Pilón de abluciones
Nara es muy verde, es como un jardín inmenso lleno de templos. Y está lleno de ciervos, los enviados de los dioses, que corren en libertad entre la gente. Allí sí que los toqué.
Nara fue fundada en el año 710 en la llanura de Yamato y entonces se la conocía con el nombre de Heijo-kyo (‘ciudadela de la paz’). Fue la primera capital de Japón (mucho antes que Kioto). Es una de las ciudades más antiguas del país y por aquí pasaba la Ruta de la Seda. Hoy es una ciudad destinada a la tranquilidad.
Templo budista Todai-ji
En el centro de la ciudad se encuentra el Parque de Nara, con una extensión aproximada de 520 hectáreas, donde se encuentran la mayoría de los templos. El más importante y visitado de los templos es el Todai-ji, considerado uno de los templos de madera más grandes del mundo. De hecho, en el pasado fue más grande de lo que es actualmente.
Guardián que protege contra los malos espíritus
Antes de llegar al templo, nos encontramos una portada con dos guardianes que protegen el recinto del templo de los malos espíritus (esto es algo muy habitual en Japón). La estructura de esta puerta está construida en madera y se cree que es obra de artesanos chinos.
El Gran Buda de bronce
En el interior del templo está el Gran Buda de bronce (Daibutsu, 'ser iluminado'), de 16 metros de altura. Impresiona su grandeza. Los incendios y terremotos han provocado que la cabeza se le descoloque en numerosas ocasiones, por lo que han tenido que recolocársela e incluso hacerle una nueva. La mano derecha del Buda levantada significa protección.
Uno de los guardianes junto al Gran Buda
Alrededor del Gran Buda se encuentran los Tamonten, de talla más pequeña, son los guardianes celestiales.
Agujero tras el Gran Buda
Detrás del Gran Buda hay un agujero horadado en un gran pilar de madera. Cuenta la leyenda que quien consigue pasar a través de él alcanzará el nirvana. El agujero estaba invadido por escolares japoneses que alcanzarán el nirvana; yo vi pasar a dos por el agujero.
Estatua de Jizo junto a la puerta del templo
En muchos de los templos budistas se pueden encontrar estatuas de piedra con vestiduras rojas. Tienen un significado especial. Por lo general, esta estatua suele tener un niño en una de sus manos y, a veces, un talismán. Se trata de Jizo, guardián (bosatsu) de los que sufren, en particular de los niños enfermizos y de las mujeres embarazadas. Se cree que los niños que han muerto jóvenes o incluso los fetos abortados son ayudados por Jizo en su tránsito al otro mundo. Las madres afligidas y los enfermos colocan petos rojos en estas estatuas.


Puerta de acceso al santuario Kasuga
Volvimos al autobús para volver a bajar cinco minutos después en otro lado del Parque. Íbamos al gran santuario Kasuga. Lo primero que encontramos fueron enormes puertas sintoístas, muchas de color naranja, que franqueaban la subida hasta el santuario. Nada más entrar un ciervo de bronce te daba la bienvenida. De su boca salía un chorro de agua que caía sobre el pilón de las abluciones. Allí nos volvieron a explicar cómo había que hacerlas.


Faroles de piedra
A medida que íbamos subiendo los faroles de piedra nos iban secundando a los lados. Nos dijeron que hay unos 3.000 faroles de piedra y de bronce en los alrededores del santuario. Son donados por la gente, como símbolo de fe y agradecimiento; se encienden a principios de febrero y mediados de agosto durante los festivales. Yo me acerqué a uno para mirar en su interior: dentro había una vela pequeña, en ese momento apagada.
Santuario Kasuga
El santuario Kasuga es célebre porque, en el pasado, se demolía y reconstruía con la misma forma cada 20 años. En el siglo XIX se acabó con esa práctica. Con ello querían seguir las normas de pureza y renovación propias del sintoísmo y simboliza el hecho de que todo en la vida es transitorio.


Filas de faroles diversos en el santuario
Si el día no hubiera estado tan lluvioso hubiera merecido mucho más la pena la visita. No vimos más. La excursión era “Nara Afternoon” y duraba cuatro horas (de 13.00h. a 17.00h.).
Religiosa sintoísta
Pero hay algo en lo que debo hacer hincapié. Vi muchos campos de arroz allí, pero cuando mejor se veían era cuando llovía.
Arrozales japoneses

En el mes de julio

Comienza julio, que es uno de los meses de más calor del año, cosa que me encanta. Este año es un julio demasiado ajetreado. El 17 tengo boda y creo que nos quedaremos a dormir en Ezcaray; cualquiera coge el coche.
También este mes es el cumpleaños de alguien muy especial, pero este año cae entre semana, así que no sé si le llamaré o si le escribiré un correo electrónico. Lo suyo sería quedar con él a tomar algo.
Se cumple un año ya desde que le conocí. En este año he sentido muchas cosas, a veces he sentido que tocaba las nubes, sobre todo cuando él estaba delante, y otras veces me he sentido la persona más menuda del planeta. Pero han proliferado las risas, la alegría y la dulzura, y no recuerdo un día desde aquella noche en que me lo presentaron en que no le haya dedicado unos minutos. Si una persona aporta tanto con una única mirada o con una sola palabra la conclusión es que ha merecido la pena conocerle, que aquella noche mereció la pena acercarse a él. Si alguien es capaz de tocarte el alma como él me la tocó a mí, este año ha merecido la pena sólo por haberme acercado a él aquella noche.
Después de tanto vagabundear por mundos desconocidos, grises y carentes de vida encontré a alguien que merece mucho la pena. Desde entonces ha pasado casi un año y ese sentimiento se aviva cada día que pasa, el corazón se engrandece en su presencia y el mundo tiene un color diferente. Si existe una persona que lo llene todo con su presencia y que te haga olvidar el resto del mundo... el nombre de esa persona quedará grabado en piedra en tu corazón. Tiene que ser un ángel, como poco.
Comienza julio. Me encantaría volver a vivir ese momento del año pasado... Y como ese momento guardo como tesoros todos los instantes en que él estaba cerca: una mirada de soslayo, la dulzura de su voz, la textura aterciopelada de sus dedos, el rubor en sus mejillas... Tengo muchos, no puedo enumerarlos todos. Además estos son mis tesoros.
Podría decirse que ha sido un año de amor, pero no, porque yo hace un año no le amaba (todavía), aunque quererle... me da la sensación de que le he querido desde siempre, incluso cuando no le conocía aún.