Hacía por lo menos seis años que no le veía. Ella estaba con una amiga en una terraza, ejerciendo de cuidadoras de un bebé ajeno, y entonces el ruido de la gente, de los coches y de los bares ha dejado de sonar.
Como un resorte, ella se levantaba a saludar a la persona que tenía delante. Después de tantos años. Algo se le ha removido dentro. Y alguien ha interrumpido la conversación. "Es mi hermano, ¿no lo sabías?". Se ha obligado a mirar a la persona que le hablaba y entonces le ha perdido. Quizás para siempre.
Ella sabe que pasarán años hasta que le vuelva a ver y que nada habrá cambiado. Que da igual que él ahora haya formado una familia. Volverán a saludarse, volverá a pararse el tiempo y los dos sentirán que una ráfaga les sacude por dentro. Que pueden mirarse a los ojos sin que nadie pueda entender lo que dicen sus miradas.
Ella ha llegado abrumada a casa. Quizás por el cúmulo de emociones: las mariposas en el estómago, el amargo sabor de la pérdida y la diplomacia de quien sabe que nunca volverá a acercarse a él tanto como lo estuvieron en el pasado. Porque las circunstancias personales han cambiado.

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