
Cuando tenemos en las manos una novela histórica es muy importante que el narrador no sólo sea buen escritor, sino que además sea un magnífico historiador y, para esto, no es suficiente conocer la historia sino fundamentarla con abundante documentación.
Las novelas históricas, junto a los thriller psicológicos, son mis favoritas. Quizás es porque siempre he sido una afortunada al escogerlas, quizás porque siempre he encontrado a unos buenos narradores-historiadores que han sabido engancharme casi desde las primeras páginas.
En una novela histórica es muy importante que exista un buen trasfondo histórico, con unas descripciones exquisitas del ambiente y de los edificios, de la época histórica, y por supuesto es necesario que aparezcan personajes históricos reales. Del lector dependerá descubrir después, a través de la documentación si la historia le ha gustado, qué es lo verdadero y qué es lo ficticio.
A través de una novela histórica es relativamente sencillo profundizar en diversos aspectos históricos que con anterioridad conocíamos de manera ficticia. Reconozco que yo soy una de esas personas que investigan qué es lo real y qué es lo ficticio en una novela histórica.
Al coger una novela titulada Jerusalén, el lector es consciente de que no va a ser una novela fácil de leer, porque es obvio que va a entrar en la historia un asunto tan complejo como es la religión.
En esta novela hay dos momentos históricos diferenciados: año 70 después de Cristo, año de la destrucción del Templo de Jerusalén; y el año 1099, año de la primera cruzada que conquistó a los musulmanes la Ciudad Santa, después de haberla sitiado durante más un mes. Evidentemente, para la Historia de las Religiones son dos momentos históricos clave y, por ende, suscitan muchas preguntas sin respuesta.
En la novela, también aparecen personajes que existieron realmente. Menos fiables son los datos que se refieren a Santiago, supuesto hermano de Jesús, del siglo I después de Cristo. Pero los protagonistas, como en la mayoría de las novelas históricas de nuestro tiempo, son personajes ficticios, que envueltos en una época histórica relevante se entremezclan con los hombres que en verdad existieron. Y son estos personajes ficticios los que atraen nuestra atención, puesto que a nuestros ojos se terminan convirtiendo en unos héroes. Lo que me gusta de estos personajes es que no son del mismo bando, sino que hay cristianos, judíos y musulmanes, así como seres considerados marginales (una prostituta o un religioso dedicado a hacer el bien, en contradicción con los buitres de su condición –religiosa- que se codean con la aristocracia); seres marginales pero íntegros, con un alma buena y pura.
Durante el siglo XI de nuestra era se produjo una enorme movilización de personas en dirección a Tierra Santa. Es el comienzo de las cruzadas. Con el ejército (mal denominado) ‘de Dios’, no sólo van soldados, caballeros y señores, sino que una recua ingente de gente de todo tipo les acompaña (esposas e hijos, sacerdotes, prostitutas, etc.). Ese vasto movimiento de tropas y todo tipo de gente camina lentamente y se tiene que detener a luchar contra los musulmanes en otras ciudades antes de llegar a Jerusalén.
En el año 1099 Jerusalén está bajo el poder del gobernador Iftikhar Al-Dawla y la Ciudad Santa está llena de mezquitas, pero también de sinagogas, porque los musulmanes conviven pacíficamente con los judíos. Cuando los cruzados al mando de aristócratas normandos, loreneses y francos llegan a las murallas de Jerusalén e intentan entrar en la ciudad, consiguen atravesar una primera muralla, pero muy pronto se tienen que batir en retirada, comenzando así un largo asedio, donde los cruzados subsisten en unas condiciones pésimas, ya que carecen de agua.
Ricardo es un guerrero normando que, tras salvarle la vida al conde Raimundo de Toulousse (uno de los comandantes más importantes), se convierte en guardaespaldas del conde. Unos años antes, cuando aún no habían partido a Tierra Santa y con la purga de los judíos en Maguncia, había salvado a dos hermanas hebreas de caer en las garras de los soldados cristianos, Sara y Rebeca. Es un hombre honesto, aunque no cree en las palabras de los religiosos.
Emanuel es un guerrero griego, repudiado por el resto de las facciones del ejército. Pierde a sus compañeros en la primera batalla contra Jerusalén. Cree que tiene que purgar sus pecados por una batalla anterior, pero nunca es suficiente. Se convertirá en un amigo fiel de Ricardo. En batallas anteriores conoció a un turco y crearon un vínculo de amistad que les volverá a unir en el futuro.
Inés es una prostituta francesa, bellísima y sinuosa, que se prenda de Ricardo. Acompaña al ejército hasta las puertas de Jerusalén. Por más que lo intenta, no consigue llevar a su tienda a Ricardo. Es lista y aprenderá a luchar como un soldado.
Anselmo es un orondo religioso que intenta sacar a Inés de ese mundo de lujuria y depravación, sin éxito. Es un verdadero religioso que cree realmente en la empresa de Dios. Pero, a la hora de la verdad, cuando tiene que elegir entre Dios e Inés, da la vida por salvarla a ella.
Rebeca y Sara son dos hermanas judías que habían huido a Jerusalén desde Maguncia, donde habían visto morir a su padre a manos de los cristianos. Rebeca porta unos pergaminos que habían pertenecido a su padre, que contienen los escritos de Santiago, el supuesto hermano de Jesús, y opositor de las enseñanzas de Saulo de Tarso (San Pablo), que demuestran que no fueron los judíos los que mataron a Jesucristo. Rebeca, que posee una gran inteligencia y mejor oratoria, sabe lo importante que son esos textos para la Humanidad. Sara, en cambio, es una víctima de las circunstancias, bellísima pero estúpida, dependiente de su hermana en todas las circunstancias. Un caballero normando y un emir musulmán perderán la cabeza por ella.
Jamal es un emir musulmán que vive en Jerusalén. Cuando ve a Sara se enamora de ella y, pese a la indiferencia de la joven y bella hebrea, él dará su vida por salvarla.
Firuz es un turco que se convierte en lugarteniente de Jamal, tras haberle salvado la vida. Pese a que debería haber sido enemigo de Emanuel, creará tal vínculo con él que, cuando se cruzan, se perdonan siempre la vida, aunque saben que están en bandos diferentes y que llegará el día en que uno tendrá que matar al otro.
Rebeca le confiesa a Jamal la existencia de los manuscritos y deciden salir de la ciudad para esconderlos en las cuevas que rodean Jerusalén, en el valle de Cedrón. Cuando salen, son capturados por los cristianos, entre los que se encuentra Ricardo, que reconoce a Rebeca y la protegerá mientras ésta es prisionera.
Firuz, en cambio, consigue escapar, pero volverá al campamento cristiano para salvar a Jamal y Rebeca. Ella prefiere quedarse, porque no puede huir sin los pergaminos.
Unos y otros lucharán por esos pergaminos, mientras los señores los buscan con ansia, porque saben que podrían destruir los fundamentos de la Iglesia cristiana.
“Perdonadme todos. Toda esta historia ha sido una locura. Anselmo ha muerto porque se ha dado cuenta de que sólo con la muerte podía resolver su conflicto interior. Pero la causa primera de este conflicto ha sido mi egoísmo. He servido a una causa improbable, nebulosa, abstracta, con la soberbia de una mujer insatisfecha que se creía una agua estudiosa. Y lo he hecho en detrimento de seres humanos, personas de las que he aprendido a apreciar el coraje, y una lealtad que no era ni siquiera lícito pretender de un grupo de desconocidos. Ahora me avergüenzo de mí misma, porque sé que, en un mundo en el que la gente no tiene escrúpulos para usar los ideales para perseguir sus propios fines, existen individuos dispuestos a renunciar a sus propios ideales para ayudar a los otros. Personas de todo tipo de nacionalidad y fe religiosa, capaces de no dejarse influir por la común voluntad de estar por encima de nadie, sino de pensar y actuar de forma autónoma y coherente, no siempre por una ventaja personal, terrenal o ultraterrenal. Es más, a veces en contra de una ventaja personal propia… Te pido perdón. Tú, Anselmo, Ricardo, Emanuel, Jamal y Firuz sólo merecéis un enorme respeto, cualquiera que sea la motivación que os ha llevado a ayudarme”.
En el año 90 después de Cristo, el Templo de Jerusalén fue destruido definitivamente (el primer templo, levantado por el rey Salomón, es el que se describe en la Biblia; el segundo templo fue reconstruido por Herodes). En la ciudad se conservan los documentos escritos por Santiago, el hermano de Jesús y enemigo acérrimo de Pablo. Zoker se cuela en la ciudad en llamas para recuperar los pergaminos, pero morirá a manos de Pablo.
“Una religión tiene que unir, no dividir. Una religión tiene que salvar, no condenar”.
La novela termina con los pergaminos en mano de la Iglesia cristiana y nunca salieron a la luz.
Jerusalén: Muro de las Lamentaciones
Es un libro que me ha gustado mucho, con el que he disfrutado, pese a que no soy amante de las descripciones de batallas, aquí considero que son lo suficientemente amenas como para engancharnos a una frugal lectura.
Una de las cosas más impactantes de este libro es que el autor no se limita a ponerse a favor de unos u otros, sino que se mantiene neutral y da todos los puntos de vista de las tres religiones monoteístas, que siempre han rivalizado entre ellas, añadiendo que Jerusalén no sólo es la Ciudad Santa de los cristianos, sino también para el Judaísmo y el Islam.