
Cuando mi hermano pequeño contaba con 12 años todavía no sabía nadar y tenía realmente pánico al agua. Había estado los veranos anteriores de acampadas junto al mar, en piscinas públicas y creo que tenía un enorme complejo con respecto a este tema, viendo que él era uno de los pocos que no se atrevía a ir a la piscina grande, le daban terror las aguadillas y ponerse a intentarlo en medio del agua.
Recuerdo que siempre conservó un flotador de unos dinosaurios que salían en alguna serie infantil de dibujos animados, un flotador que todavía sigue en mi casa.
Recuerdo que se metía a la piscina a refrescarse y en el momento en que veía que alguien de mi familia se acercaba al borde salía corriendo del agua.
Así que ese verano se la jugué, y quizás desde entonces me debe un favor porque gracias a mí aprendió a nadar y gracias a mí se le quitó el complejo, o dejó de rechazar invitaciones con amigos para irse cualquier tarde de domingo a la piscina a ver niñas.
Llegué a casa y le dije: "Bueno, ¿qué? ¿ya has aprendido a nadar?". Él me miró aterrorizado, y me saltó que nunca iba a aprender porque le daba miedo ahogarse. Lo que realmente le daba miedo era el agua. "Bien, entonces mañana te apunto a los cursos de natación que dan en la piscina municipal. Allí te tiran al agua y tienes que defenderte y salir a flote..."
Su cara era de pánico mientras yo le amenazaba con estas cosas. Mi familia se reía y me seguía el juego. Mi padre siempre le había dicho que debía intentarlo, pero mi hermano nunca lo intentó, tenía realmente verdadero pánico.
Me pidió que por favor no le apuntara al cursillo de natación, me lo suplicaba entre lágrimas. Estuvo un rato llorando. Yo no decía nada, aunque me daba mucha pena verle así. Pero mi padre le contestó: "Sí, sí, tienes que aprender a nadar que ya eres mayorcito".
Entonces le dije: "Hay otra solución, te enseño yo, pero tienes que fiarte de mí". Me contestó que perfecto.
Así es como esa tarde le expliqué cómo debía ponerse en posición horizontal sobre el agua y mantenerse, cómo debía mover los brazos y las piernas. Le enseñé varias formas de moverse bajo el agua, le enseñé a tirarse de cabeza de tal forma que la tripa no chocara con el agua, le enseñé a meter la cabeza y aguantar la respiración, a hacer piruetas bajo el agua, a hacer el pino... Al final le dije que rodeara el borde de la piscina nadando y si veía que no aguantaba podía aferrarse a la piedra. Y lo hizo. Después me preguntó dónde había aprendido yo a nadar. Se lo conté.
Tenía 9 años y estábamos en unas colonias de la parroquia. Dormíamos en la escuela de Torrecilla en Cameros. Las piscinas estaban al lado y casi todos los días estábamos allí. Aquel pueblo no tenía más que cuestas y fuentes. Pero lo mejor para refrescarse eran las piscinas, donde entrábamos libremente.
Había dos grupos: los mayores y los pequeños. A los mayores les dejaban acercarse a la piscina grande pues la mayoría sabían nadar. A los pequeños nos mantenían bajo vigilancia en la piscina de los niños, donde el agua estaba demasiado caliente. A mí se me hacía chica esa piscina. Un día decidí quitar el miedo y me acerqué a la piscina grande, bajé las escaleras y decidí nadar. Me la recorrí junto al borde, intentando mantenerme a flote. Cuando me cansaba me agarraba al borde. Eso lo estuve haciendo durante el resto de días que estuvimos en Cameros. No se puede decir que aprendiera a nadar bien, pero al menos aprendí a sobrevivir en el agua.
Cuando quitas el miedo terminas alejándote del borde de la piscina. Y cuando das cuatro brazadas e intentas llegar a tu salvación... llegas, claro que llegas. Aprendí a nadar sola porque yo misma me lo propuse. Luego pulí mi estilo. Nunca necesité clases de natación porque yo misma me propuse mantenerme a flote en el agua, sin que nadie me enseñara.
Después llegaron las piruetas, los chapuzones en el agua, etc.
El miedo se quita, sino que te lo digan a ti. ¿Hubieras pensado hace un mes que aprenderías a nadar tan rápido?
Hoy en día, varios años después, mi hermano nada más rápido que yo, supongo que es porque tiene más fuerza. Ya no huye de la piscina cuando nosotros nos acercamos e incluso nos invita a entrar en ella. Alguna vez me ha hecho aguadillas (no me las merezco). Lo importante es que gracias a mí quitó sus miedos y ahora goza con lo que aprendió aquel día.
Recuerdo que siempre conservó un flotador de unos dinosaurios que salían en alguna serie infantil de dibujos animados, un flotador que todavía sigue en mi casa.
Recuerdo que se metía a la piscina a refrescarse y en el momento en que veía que alguien de mi familia se acercaba al borde salía corriendo del agua.
Así que ese verano se la jugué, y quizás desde entonces me debe un favor porque gracias a mí aprendió a nadar y gracias a mí se le quitó el complejo, o dejó de rechazar invitaciones con amigos para irse cualquier tarde de domingo a la piscina a ver niñas.
Llegué a casa y le dije: "Bueno, ¿qué? ¿ya has aprendido a nadar?". Él me miró aterrorizado, y me saltó que nunca iba a aprender porque le daba miedo ahogarse. Lo que realmente le daba miedo era el agua. "Bien, entonces mañana te apunto a los cursos de natación que dan en la piscina municipal. Allí te tiran al agua y tienes que defenderte y salir a flote..."
Su cara era de pánico mientras yo le amenazaba con estas cosas. Mi familia se reía y me seguía el juego. Mi padre siempre le había dicho que debía intentarlo, pero mi hermano nunca lo intentó, tenía realmente verdadero pánico.
Me pidió que por favor no le apuntara al cursillo de natación, me lo suplicaba entre lágrimas. Estuvo un rato llorando. Yo no decía nada, aunque me daba mucha pena verle así. Pero mi padre le contestó: "Sí, sí, tienes que aprender a nadar que ya eres mayorcito".
Entonces le dije: "Hay otra solución, te enseño yo, pero tienes que fiarte de mí". Me contestó que perfecto.
Así es como esa tarde le expliqué cómo debía ponerse en posición horizontal sobre el agua y mantenerse, cómo debía mover los brazos y las piernas. Le enseñé varias formas de moverse bajo el agua, le enseñé a tirarse de cabeza de tal forma que la tripa no chocara con el agua, le enseñé a meter la cabeza y aguantar la respiración, a hacer piruetas bajo el agua, a hacer el pino... Al final le dije que rodeara el borde de la piscina nadando y si veía que no aguantaba podía aferrarse a la piedra. Y lo hizo. Después me preguntó dónde había aprendido yo a nadar. Se lo conté.
Tenía 9 años y estábamos en unas colonias de la parroquia. Dormíamos en la escuela de Torrecilla en Cameros. Las piscinas estaban al lado y casi todos los días estábamos allí. Aquel pueblo no tenía más que cuestas y fuentes. Pero lo mejor para refrescarse eran las piscinas, donde entrábamos libremente.
Había dos grupos: los mayores y los pequeños. A los mayores les dejaban acercarse a la piscina grande pues la mayoría sabían nadar. A los pequeños nos mantenían bajo vigilancia en la piscina de los niños, donde el agua estaba demasiado caliente. A mí se me hacía chica esa piscina. Un día decidí quitar el miedo y me acerqué a la piscina grande, bajé las escaleras y decidí nadar. Me la recorrí junto al borde, intentando mantenerme a flote. Cuando me cansaba me agarraba al borde. Eso lo estuve haciendo durante el resto de días que estuvimos en Cameros. No se puede decir que aprendiera a nadar bien, pero al menos aprendí a sobrevivir en el agua.
Cuando quitas el miedo terminas alejándote del borde de la piscina. Y cuando das cuatro brazadas e intentas llegar a tu salvación... llegas, claro que llegas. Aprendí a nadar sola porque yo misma me lo propuse. Luego pulí mi estilo. Nunca necesité clases de natación porque yo misma me propuse mantenerme a flote en el agua, sin que nadie me enseñara.
Después llegaron las piruetas, los chapuzones en el agua, etc.
El miedo se quita, sino que te lo digan a ti. ¿Hubieras pensado hace un mes que aprenderías a nadar tan rápido?
Hoy en día, varios años después, mi hermano nada más rápido que yo, supongo que es porque tiene más fuerza. Ya no huye de la piscina cuando nosotros nos acercamos e incluso nos invita a entrar en ella. Alguna vez me ha hecho aguadillas (no me las merezco). Lo importante es que gracias a mí quitó sus miedos y ahora goza con lo que aprendió aquel día.
















